Yo no soy guadalupano

Por Jimena Cerón

 

Yo no soy guadalupano, no pretendo parecer antipática ante la celebración de las fechas decembrinas que se avecinan, pretendo por el contrario y me esfuerzo en recalcar y sensibilizar la tolerancia hacia las tradiciones libres, complejas y diversas de cada uno de los individuos con los que convivo en diferentes espacios: casa, trabajo, amistades, proyectos personales y determinar a partir de eso, cuáles son las costumbres en las que participaré. Rodeada de adornos navideños y un centenar de luces de colores me encuentro cuando recorro cada uno de mis lugares de contemplación y sólo puedo pensar en la cantidad de inversiones que se requieren para hacer eso posible, no solo económicas, sino sentimentales y morales que requiere reinventarse de manera personal para darles continuidad.

Que tremendamente liviano parece ser la forma en que se reproduce la alegría al colocar el árbol de navidad, la tranquilidad con la que se desempacan las figuras que representan el nacimiento de Jesucristo y más aún la fe con la que se celebran las distintas remembranzas que la iglesia católica y cristiana ofrecen a los fieles. Fieles, “México siempre fiel”, aseveró el papa Juan Pablo II en sus recurrentes visitas a nuestro país, tras verse siempre rodeado de un sin fin de fieles que esperaban horas bajo condiciones climáticas desfavorables acompañadas de desgastes físicos además de una carencia económica que se hace visible en sus vestimentas y formas de llegar a presenciarlo, para obtener después de varias horas una bendición de lejos, seguros y felices de con ello cubrir un acercamiento religioso profundo con Dios, Jesucristo y cualquier santo que cumpla sus necesidades metafísicas requeridas, claro, sin olvidar a la “madre de los mexicanos”, la “Guadalupana”, la “virgencita morena”, la “reina de México”: la Virgen de Guadalupe. 

Cada año, el día 12 de diciembre se celebra la aparición, día en que de acuerdo a la historia teológica se apareció en 1531 por cuarta vez al indígena Juan Diego, razón por la que desde otra perspectiva social es una muestra de los alcances de la conquista española, donde la imposición religiosa es una de las características que más predominan, si de control social se debe hablar, carácter que sigue vigente al ver la falta de coherencia de algunos de los fieles al saber que llegan con muy escasos recursos a alabar una imagen dentro de una de las instituciones más poderosas del mundo: la iglesia católica, y que da a sus siervos de rango más alto una vida llena de riquezas exuberantes muy diferente a la que viven los fieles siempre dispuestos a apoyar con limosnas y diezmos su creencia religiosa.

Tan sólo un aproximado de dos millones de fieles acuden al cerro del Tepeyac para pedir de manera más cercana llenos de fe, ayuda a la solución de sus problemas, salud, consuelo y por supuesto tranquilidad interna. La forma en la que llegan la mayoría de ellos es acompañados de personas que creen al igual que ellos en esa vida espiritual y en forma de peregrinaciones, de cualquier parte del país (inclusive de otros) llegan caminando, en bicicleta, en carros, de rodillas, o como les sea posible para ofrecer su manda a cambio del manto de protección santísima que obtendrán al saludar a la virgen morena. En sus pertenencias se pueden ver veladoras y flores para entregar como ofrenda a la virgen, zapatos desgastados, pocos pesos en  la bolsa y una sonrisa (de sufrimiento y gratitud) en el rostro.

Por otro lado el caos vial, la generación de basura y la saturación de personas en la ciudad y las rutas de llegada a la Basílica de Guadalupe aumenta creando un descontento social de quienes habitan ahí, aunque también existe quien no se suma a las peregrinaciones pero brinda víveres a los peregrinos para que concluyan su llegada al recinto religioso, las calles además de verse invadidas por miles de personas, se acompañan de desechos de basura y comida que se generan al caminar de los peregrinos e inclusive de desechos fecales humanos, así también de la basura de los cohetes.

Yo nos soy guadalupano, no porque no tenga una creencia metafísica en algo superior, extraterrestre, omnipotente y omnipresente que ayude al equilibrio de mi persona así como de mi entorno, no porque no crea en un leviatán, en un Dios e inclusive en un Mefistófeles que se empeñe en ponerme a prueba en ocasiones, yo no soy guadalupano, pues mientras no se me permita generar un cambio que se vuelva tangible, no sólo sostenido en promesas y esperanzas, haré la diferencia de donde pueda por la seguridad y estabilidad de aquellos que osan en caminar para solucionar los problemas que les acongoja, replanteando siempre la posibilidad de cambiar de tradiciones y creencias para hacer posible una mejora en el bienestar ciudadano de cada uno de los habitantes de este país. Yo no soy guadalupano, mas sí mexicano, y sí fiel, a mi.


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