Y escucho con mis ojos a los muertos

Por Dante Noguez

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Comencemos con el espléndido y a la vez muy modesto ejercicio de erudición que Sarah McDaniel realizó hace una semana en Instagram. En él, la modelo de magna inteligencia y heterocromía nos recuerda aquella añeja tradición que va desde el antiguo Egipto, los hebreos, la antigua Grecia, el medievo y algunas culturas precolombinas hasta el siglo XVII en Inglaterra, y que consiste en creer que alma, mente, razón, memoria, sensaciones, emociones y/o voluntad, etcétera, residen en el corazón. Todavía hoy —espero que metafóricamente— se habla del corazón como si fuera el lugar donde los sentimientos y pasiones radican. Podemos ver, de entre los abundantes ejemplos, las representaciones del Juicio de Osiris, donde Anubis pesa el corazón (Ib) del difunto contra la pluma de la Verdad en la balanza de Maat; a Platón en sus Diálogos (también hace mención de Esquilo, Píndaro, Sócrates y Homero) hablando de cómo en el corazón se ubica el alma mortal; a Aristóteles (recordando a Arquíloco) en su Política, diciendo que el corazón es la facultad del alma por la que derivan la libertad, la amabilidad, el amor y el sentido de autoridad; al Deuteronomio 32:46. «Fijad en vuestro corazón todas las palabras con que os advierto hoy, las cuales ordenaréis a vuestros hijos que las obedezcan cuidadosamente»; al De claustro animae de Hugo de San-Victor; a los tzeltales de Cancuc, para quienes en el ch’ulel (una de sus almas ubicada en el corazón) residen la memoria, el lenguaje, los sentimientos y las emociones; o a Henry More diciendo que no se encontrará más razón en el cerebro que en un tazón de cuajada, y (aludiendo a Aristóteles, Epicuro y los estoicos) que el corazón es el depositario del alma y el sentido común.

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Quizá valga hacer mención de un par de curiosidades. Por ejemplo, llama la atención que para los griegos el cerebro fuera simple y sencillamente «lo que está en la cabeza» (enképhalos). El latín cerebrum recupera esa misma idea. Dice un tal Liberman que brain viene de bragna, término de origen celta que significa «desecho» o «basura». O también están Minsheu y Kaltschmidt, que sugieren que brain viene del sustantivo φρήν (phrēn), que tenía varios significados: diafragma, pecho, corazón, pensamiento y mente. Nosotros, a día de hoy, tenemos el llamado nervio frénico, y los anglosajones al phrenic nerve. La forma אמר בלבב, que podemos leer en Génesis 8:21, significa «decir en el propio corazón». Si se presta atención, dicho sintagma incluye la forma לבב (leb), que significa «mente» y «corazón». En la Septuaginta se le traduce por εἶπεν διανοηθείς, y San Anselmo utiliza el dicere in corde.

En fin, la vastedad del asunto es tal, que es de venerar la exquisita prudencia y magistral proceder de Sarah McDaniel, quien seguramente tiene al Teatro crítico universal de Feijoo por su vademécum, pues ahí se pondera, con erudición y entusiasmo, el arte de introducir lo máximo en lo mínimo, como bien hicieron Mirmecides, Fray Alumno, Jerónimo Taba y el Caballero Spanucho. Para no desahogar un eructo de pedantesca prolijidad bibliográfica, McDaniel nos ha legado esta modesta pero docta y bella imagen, que enuncia con un simple gesto aquello mismo que encontraría bastantes trabajos para pronunciar el ángel del Corán que tenía setenta mil cuerpos, y en cada cuerpo setenta mil cabezas, y en cada cabeza setenta mil bocas, y en cada boca setenta mil lenguas y cada una hablando setenta mil idiomas diversos.

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¿No también Borges practicó aquel ejercicio al concebir El Aleph? ¿No vio al cosmos entero al encerrarse en un sótano? Pero, hablando de El Aleph… En el Himno a Miss Proserpine Garnett, allá por 1914, Alfonso Reyes escribía: «Lo ha sabido amar con más misterio, con cierta divina torpeza». Borges, a mi parecer, lo cita —torpemente— de memoria en su famoso oxímoron del Aleph. Y digo torpemente porque en la figura «graciosa torpeza», el epíteto no contradice a la palabra sino todo lo contrario. ¿A quién no le parecen graciosas las torpezas de los hermanos Marx? Estimado Georgie: no, no es tolerable el oxímoron.marx

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Resulta interesante cómo los libros no son relevantes para los humanos sino hasta la llegada de los textos religiosos: el Corán, la Torá, el Pentateuco. Séneca mismo escribió una de sus Epístolas a Lucilio dirigida contra un individuo vanidoso, quien decía tener una biblioteca con cien volúmenes; y quién —se pregunta Séneca— puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Al menos, los libros no fueron respetados sino hasta la llegada de las escrituras sagradas. Del Corán se dice, por ejemplo, que es una parte de Dios; algunos alcoranistas juran que el arcángel Gabriel dictó el Corán signo por signo. Nada hay más cercano a nosotros que la idea de que los libros son una obra divina. La primera palabra revelada a Muhammad fue iqra, es decir, «recita» o «lee»; los protestantes únicamente obtienen el favor de la Gracia Divina a través de la lectura.

Pero del otro lado de la moneda está Platón, que en el Fedro nos dice que los libros son un phármakon, y en su séptima carta alega que «un hombre grave que estudia cosas graves se guardará bien de escribir jamás para la multitud y de atraerse la envidia y otros mil disgustos. De donde debemos concluir, cuando encontramos un libro de un legislador sobre las leyes o de otro sobre cualquier otro objeto, que el autor no ha hablado seriamente aunque sea un hombre muy serio, y que se ha reservado la mejor parte». Incluso llega a decir en otra carta que los libros que se le atribuyen fueron, en realidad, escritos por el joven Sócrates.

Ya nos demostraba Camús en su famosa carta aquello del phármakon, pues para poder citar al Barón de Verulamio y a tantos autores le venían a la mente, tenía que sacar aquellos «librotes» de su estante. Hacia el final, relata: «Pero si debo de empezar luego, ha de ser con la expresa condición de que vuelvan al estante todos esos librotes que me obligaron á sacar de él; que ha de quedar cerrada hasta la gramática. ¡Afuera libros!». O el mismo Borges, que en su valioso artículo sobre John Wilkins confiesa, muy a su manera, lo que sigue: «he interrogado, para redactar esta nota, The life and Times of John Wilkins (1910), de P. A. Wrigh Henderson». O yo, yo mismo y mi mismidad, que algo de lo mismo he tenido que hacer para auxiliar mi memoria y redactar esto. Ya lo decía Alfonso Reyes. Con su memoria de colodión, claro, podía quejarse de aquellos que consultaban sus libros como yo hago ahora: «Y aquí no llamo aficionados a leer a todos los que pasean perezosamente la mirada por las hojas diarias, buscando el amargo tónico de los rencores políticos; ni siquiera a los que, por oficio, escarban hasta los rincones de los libros y transforman en frío objeto de consulta un volumen de palpitantes versos. No; unos y otros van a la lectura, o por profesión o por utilidad, o por manía o por aburrimiento».


Imágenes:

 https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Mosque_of_Amr_ibn_al-As.jpg

Imagen del autor

Escena de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx

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