Vocación: un suicidio social

Por Hugo Sánchez

 

Para Benjamín Sandoval Córdova.
Que las rectas, puntos, ángulos y perspectivas
os deparen la inmortalidad.
Nos vemos en el punto geométrico conocido:
nos vemos en “Planotitlán”.

Ni siquiera la estrambótica disposición de aquel sombrío y silencioso apartamento, cuya baja temperatura –propia de los bosques sureños de la Ciudad de México– daba la impresión de congelar en el tiempo todo cuanto en él se hallaba, fue suficiente para distraer y contrarrestar los inteligentes movimientos con los que poco a poco, al ritmo de la excentricidad y del lento caminar de ese generoso reloj, la realidad adquiría tintes un tanto geométricos, un tanto metafísicos. Era evidente que en la memoria de este recinto destinado a la creatividad, había algo más que glorias pasadas y sueños abortados, que recuerdos familiares y olvidos escondidos: era posible respirar pasión y esperanza hacia la intangibilidad de nuestros anhelos, hacia nuestra vocación de vida; en esto consistía el singular misticismo que acicalaba los bigotes dalinianos de mi amigo, cuya desprendida dedicación a la geometría y al lenguaje me hizo reparar en el nocivo abandono donde hoy se ubica la vocación: llamado personal que ha sido desterrado por la enajenación capital.

La voz interior creada, cuando no es para autoreprendernos y sí para conducirnos por el camino correcto –esa voz que surge como un eco anticipado de nuestra misión de vida–, ha sido silenciada por la voz capitalista (materialista) de la mayoría, cuya elevada estridencia –que, por desgracia, no mantiene relación alguna con el estridentismo inmortalizado en nuestro país durante los años 20´s– desde tiempo atrás permutó, quizá impulsada por la seductora simplicidad, lo esencial por lo accesorio, lo fundamental por lo vano. De ahí que hasta el lenguaje se haya contraído por cuanto hace a la sinonimia del término “dinero”, el cual semánticamente hoy día equivale a éxito, poder, respeto, grandeza, bondad, liderazgo y admiración, entre otras numerosas palabras que de antaño, cuando el ser humano no era tan humano y la congruencia no caía en desuso, se correspondían con las nociones de conocimiento, sabiduría, humildad, integridad, disciplina, sinceridad y esfuerzo.

Gracias a la enajenación por el dinero –o, para ser más precisos, a la enajenación por lo que en el mundo “moderno” podemos hacer con el dinero–, nos hemos olvidado de los retos, de los sueños, de los fines trascendentes de la vida. Cada vez son menos las personas con una sólida dirección ideológica: la mayoría hace de la improvisación su más conveniente derrotero existencial. Tal parece que los pulmones de las personas se reducen a cada momento: ya no es necesaria una gran cantidad de oxígeno puro para activar la inspiración, basta con que una bocanada de aire perfumada por la usanza los recorra. Y este es el más grave de los problemas: más allá de formar parte de un sistema acondicionado para acrecentar las arcas de unos cuantos, más allá de convertirnos en depredadores consumistas al servicio del placer efímero, la verdadera crisis de nuestra actual dinámica social estriba en que ésta se mueve de forma tal que, por incomprensible que parezca, nos olvidamos de lo más valioso: de la vida misma, y más aún, de nosotros mismos.

A simple vista, lo dicho hasta aquí parecería ser una suerte de reflexión subjetiva de alcances meramente filosóficos, pero no es así. Es claro que el hombre gregario, al haberse insertado voluntariamente en la dinámica social –fundiendo, con ello, su personalidad con la de los demás–, desempeña un rol celular de resonancias colectivas ondulatorias. Bajo este prisma, la conducta individual de cada ejemplar humano adquiere una relevancia común, pues si el organismo social depende de la función de sus componentes celulares, lógico es que éstos determinarán el rumbo de aquél. Así, la sordera pecuniaria que en lo particular le impide a cada persona escuchar su llamado interno, es decir, su vocación, constituye una problemática de interés general que debe ser atendida desde todos los frentes ideológicos.

Tratando de encontrar una explicación lógica a la crisis vocacional latente en nuestros días, he arribado a la conclusión –que no es justificación– de que la huida que las personas emprenden de sí mismas para ocuparse en actividades contrarias a sus aficiones, obedece principalmente a una razón naturalística: supervivencia social; instinto humano que permea en todos los rincones de la propia sociedad. Es una regla no escrita el que para “crecer” o “prosperar” en sociedad necesariamente debemos servir al capital, bien sea desde la perspectiva de los poderosos –quienes, motivados por una supervivencia que raya en la ambición, buscan incrementar su capital usando la fuerza productiva de otros–, bien desde la más precaria trinchera de los seres ordinarios –quienes, arrastrados por una supervivencia reflejada en la aceptación social, buscan convertirse en consumistas saciados poniendo en movimiento la riqueza de otros–, pues en caso contrario –se nos dice con tono autoritario– nos dirigimos a nuestro propio ocaso. Hoy, más que nunca, el asumir nuestra vocación representa un suicidio social.

No es menor la crisis que esto supone. En la medida en que el dinero siga siendo el blanco al que se dirigen todas las existencias, la inestabilidad del tejido social, la falta de vocación en las personas, se hará más patente: la estimulación de los “trabajadores inteligentes” –entendiendo por tales a los profesionistas que, a pesar de su formación disciplinaria, no han logrado desprenderse de las ocupaciones mecanicistas– continuará traduciéndose en la falta de oportunidades reales para el talento y la innovación. Por otro lado, esta problemática también acarrea una significativa pérdida de valores: desde el momento en que el materialismo cosifica la vida misma, todo cuanto nos rodea –incluyendo a nuestros pares– se reduce a un simple costo monetario, susceptible de ser tratado bajo las reglas del comercio. De esto se sigue que como tarea de primer orden debemos reformar al reformador desde la médula, erradicando en él todas estas nebulosas concepciones capitalistas.

Uno de los pasos para revivir la vocación en nuestros contemporáneos, según pienso, deberá estar orientado a destruir el aciago concepto que se tiene sobre el éxito; término que, al estar ya bastantemente contaminado por las enajenantes prácticas capitalistas, habrá de ser sustituido por una noción menos material y más apegada a nuestro natural impulso de superación. Basándonos en la distinción que José Ingenieros hizo entre éxito y gloria en su insigne obra “El hombre mediocre”, los líderes ideológicos encargados de configurar el imaginario social de nuestros días –refiriéndome a los líderes formales mas no a los reales, pues por desgracia estos últimos están representados todavía por las televisoras– tienen la encomienda de sembrar en el subconsciente colectivo la aspiración, no del éxito, sino de la gloria, de la trascendencia intelectual que prescinde de cualquier existencia material. De esta forma, podremos sacar a las personas del letargo mental que les impide ocuparse de las cuestiones fundamentales, o sea, de sí mismos. Sólo así la vocación será un llamado invaluable y no un llamado al suicido social.

México es la mejor coartada para quienes veneran al capital como el más elevado propósito. Por ello, mientras el anhelo antes expresado cobra vida real, estemos conscientes de que sólo los suicidas asumimos nuestra vocación de vida. A la manera en que Mozart, Cervantes, Nietzsche y Revueltas, consagraron su vida a la satisfacción de su llamado interno no obstante la pobreza, el delirio y la prisión, así nosotros, mártires de nuestras ideas, sentemos las bases del ejemplo para las futuras generaciones. Despertemos el interés por la vocación, el resto únicamente es pose.

Algún día los menos seremos los más: ninguna riqueza perdurará más que las ideas.


Imagen de: blog.cancun-online.com

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.