Vida Cotidiana

Por Brandon Ramírez

Hace unos días escuchaba un programa de radio, en el que se preguntaba cómo llamarían a esta época en la que estamos viviendo en el próximo siglo. A nivel mundial, el siglo XX se caracterizó por las guerras mundiales y la posterior guerra fría, y aunque apenas vivimos la segunda década del siglo XXI, pensar en ese tema me pareció curioso, ya que, al vivir en cierta época, no tenemos la perspectiva que da el tiempo de todos los cambios, y la relevancia que algunos acontecimientos pueden tener en la historia y en la vida específica de cada persona.

En nuestro país, el siglo XIX comenzó con la Independencia, y se mantuvo un ambiente de conflicto y cambios a través de sus décadas. El siglo XX comenzó de manera similar, con un conflicto armado que conllevó a la redacción de una nueva constitución y la creación de instituciones que ayudarían a evitar que nuevos conflictos de ese tipo estallaran, y se mantendrían casi inmutables, (con sus respectivas correcciones internas). Hasta las últimas décadas, en que los cambios políticos, económicos y sociales, que produjeron esas instituciones, demandaron nuevos cambios que serían englobados en la idea de la democracia y el cambio de partido en el gobierno que traería consigo.

Todo aquello, relatado en los libros de historia, obvia lo que en sí corresponde el motor de todas estas transformaciones. Las guerras, los conflictos, las instituciones y constituciones son construidos por personas. El tiempo y la victoria de unos crean discursos que enaltecen a ciertas personas como líderes de los grandes cambios, y a otros los señalan como los villanos, tachándolos como un mal al que debía detenerse.

Sin embargo, para que el llamado de aquellos líderes y villanos, en torno a tomar las armas para defender una idea o bandera, su voz debe tener sentido en el resto de las personas que les rodean. La independencia o la revolución no hubieran ocurrido si el discurso de quienes la promovieron no hubiera hecho sentido en un número importante de ciudadanos.

En este sentido, la literatura logra darnos retratos que los libros de historia obvian, y que sin embargo, constituyen el mayor soporte para que todos los hechos, que ahí se narran, hayan ocurrido de la forma que ocurrieron: las personas.

Por tomar un caso que sirva de ejemplo: José Emilio Pacheco destacado poeta, traductor y cuentista, logró catapultar su carrera gracias a la genialidad y vehemente forma de relatar las historias de los personajes que protagonizan su amplio repertorio literario.

Con una narrativa coloquial que transmite cercanía y permite la rápida y fácil comprensión de la vida cotidiana de la época o periodo que narra, consiente que el lector sea partícipe de la memoria que guardan miles de historias entre las calles y paredes de México, a través de una mirada de retrospectiva, que se convierte en un pasado no tan lejano para todos aquellos que disfrutamos de leerlo.

Para hablar de un caso específico, la correlación que realiza entre el contexto y el entorno social, político y cultural en contraposición con el crecimiento de un niño entrando en la adolescencia, es la esencia de su obra “El principio del placer”,  en la que si bien los elementos más marcados son el  primer acercamiento al amor, la amistad y el despertar sexual, se puede explorar más a fondo y hallar puntos fundamentales para analizar y visualizar los roles tan marcados que existían entre hombres y mujeres; la corrupción como medio para ser partícipe de las esferas más altas y privilegiadas en el entorno social y cómo este factor, al igual que la influencia y el prestigio, eran la base de la funcionalidad del sistema político que se estaba construyendo a la par de la nueva cultura social y política.

Contextualizando un poco, durante la época porfiriana, hubo diversas rebeliones a causa del despojo de tierras, mismas que eran sofocadas usando la fuerza y la violencia. Además de que el número de personas que sabían leer eran contadas; y la iglesia sostenía un fuerte vínculo con los individuos, gracias a la fortificación del discurso que les transmitía, con lo cual lograba que toda acción por parte de los fieles fuera precedida por algún tipo de oración o santificación, además de que la obediencia al cura era inmediata.

Previamente a la lucha armada, la vida tanto en la ciudad como en el campo era prácticamente similar, ya que en ambos eran notorias las desigualdades en aspectos como infraestructura y servicios, así como en aspecto más sociales; el hecho de que los hombres salían a trabajar y las mujeres usaban la mayor parte o todo su tiempo en el ámbito doméstico.

Y pese a que los rumores con respecto a que Porfirio Díaz dejaría el poder tomaban cada vez  mayor fuerza, los comerciantes acaudalados usaban como punto de reunión los diferentes zócalos de sus respectivas localidades y se agasajaban con vinos importados, pasteles, platillos regionales y nieves cuyos vendedores eran generalmente indígenas que no podían darse el lujo de probar tales exquisiteces; al igual que no podían disfrutar de los pasatiempos de los que la clase media y alta llevaban a cabo, tales como ferias, carreras de caballos, circos y zarzuelas.

Al término de la revolución, muchas familias quedaron desintegradas, aunque muchos de estos vínculos se vieron fortalecidos debido a la ayuda mutua que se brindaban entre sí para protegerse, ponerse a salvo o simplemente ayudarse.

Esta situación pudo verse a lo largo del periodo posrevolucionario, cuando comenzó a gestarse el nuevo régimen político; los años de reconstrucción del país fueron testigos del nacimiento y ascenso de una nueva clase burguesa “revolucionaria” los vencedores, generales, antiguos políticos o ex combatientes, la revolución les hizo justicia”, ya que lograron  una posición económica y social sumamente ventajosa, lo que les permitió llenarse de lujos y congraciarse con la vieja aristocracia, dando pie a nuevas empresas y negocios.

Por otro lado, el cine comenzaba a posicionarse entre los pasatiempos y distracciones de la sociedad, aunque los seguidores y fanáticos del mismo no lo consideraban más que un espectáculo, representaba un promotor de conductas, ya que, a través de éste, era posible influir en las conductas y comportamientos sociales. Ello no era sólo en aspectos de índole política, sino que también instauraba nuevas conductas con respecto a temas que anteriormente eran de aspecto conservador en el seno de la familia mexicana; temas como el amor, el matrimonio y la monogamia se narraban como eventos que debían percibirse más parsimoniosamente y de los que se podía prescindir con facilidad. Todos estos elementos eran inculcados a través del entretenimiento y en ello, radicaba la facilidad para ignorar la influencia que tenían sobre la sociedad.

Este no es más que un breve ejemplo de una idea más general: conocer los grandes acontecimientos de la historia a través de los libros de historia, videos en YouTube a lo Wikipedia, puede ayudarnos para conocer el camino que en términos generales hemos recorrido como país, pero si lo que buscamos es conocer como todo ello afectó a las personas que vivieron aquí antes que nosotros, incluso a nuestros padres o abuelos, hay muchísimas novelas que pueden sernos más útiles.

Agradezco a mi amiga Sofía R.M. que me ayudó enormemente a escribir esto.


Imagen: https://bicitando.files.wordpress.com/2012/11/corredor-peatonal-madero-ciudad-de-mexico-bicitando.jpg

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