Unos cuantos pasos más

Por Brandon Ramírez

 

Tras las elecciones que se vivieron en nuestro país, y el resultado en algunas de éstas que tomó a más de uno por sorpresa, he leído y escuchado distintas opiniones en medios sobre cómo las alternancias en estados donde nunca habían ocurrido y también en las que ya las habían experimentado, suponían un duro golpe para el poder de algunos gobernadores y sus estructuras político-electorales.

Con todo ello, me vino a la mente un artículo que leí hace unos años, escrito por Joy Langston, titulado La competencia electoral y la descentralización partidista en México, en el que explicaba cómo el reacomodo de poder, tras la alternancia del año 2000, benefició, entre otros, a los gobernadores de nuestros estados.

Básicamente describe cómo con el proceso de descentralización del poder político que ha vivido el país con el término del presidencialismo (la figura de Presidente como eje de todo el sistema político, con un legislativo y judicial supeditado a ésta), ha tenido un ganador, o más bien, un grupo de figuras ganadoras en los gobernadores. Como sabemos, no existen vacíos de poder, y ahí donde una figura deja de ostentar tanto poder, como el Presidente mexicano llegó a concentrar, habrá nuevas figuras que concentrarán parte del mismo.

Algunas de las prerrogativas que el Presidente antes del año 2000 concentraba eran por ejemplo, la de ser líder de facto de su partido (el Revolucionario Institucional), y por tanto, tener decisión sobre las candidaturas del partido a los distintos puestos federales. Al no haber otra alternativa para acceso de dichos puestos, los políticos acataban las decisiones aún cuando no les favorecieran, esperando en el futuro correr con mejor suerte. Ello aunado a la no reelección consecutiva en los legisladores, hacían del Presidente la figura de la que dependía el futuro de las carreras políticas ascendentes de los políticos.

Sin embargo, con la pérdida de dicho poder y una mayor liberalización política, con cada década nueva, que conllevó a una contienda electoral, para cada puesto, realmente competitiva. El Presidente fue perdiendo atribuciones como las anteriormente descritas con el fin de buscar mejores perfiles, es decir, mejores candidatos que garantizaran posibilidades de triunfo en las elecciones. La manera de buscar al mejor candidato en áreas locales, fue recurrir a la figura del gobernador como líder subnacional, y quien conoce a sus correligionarios de zona.

Este proceso ha concentrado figuras del tipo presidencialista que otrora operaba, ahora en un nivel estatal, dotando de poder a los gobernadores que manejan recursos discrecionalmente, y pueden influir y decidir las carreras políticas de correligionarios estatales, impulsándolos a nivel federal.  El caso que Langston trata es el de los senadores del PRI, para ejemplificar y demostrar lo anterior, teniendo como resultado senadores que realmente velan por intereses estatales, a diferencia de antaño, donde la visión era solamente federal, según los interés del presidente y el comité nacional de su partido.

Durante la hegemonía priista: la reelección no consecutiva debilitaba los vínculos entre el votante y el político del partido, lo cual, combinado con el control partidario sobre las nominaciones, hacía que los políticos obedeciesen los dictados de sus dirigentes y no a sus votantes estatales. El presidente de México y líder de facto del partido era, en última instancia, quien asignaba los beneficios selectivos del partido en que se refería a los puestos de elección y a los cargos por designación. En ciertas circunstancias el Presidente podía eliminar a políticos que habían sido electos.(Langston, 2008)

La conclusión a la que llega Langston, es que la realidad es otra en los últimos años. Si bien en los primeros momentos que siguieron al 2000, las reglas formales de selección de candidatos a senadores por el PRI, no cambiaron, sí lo hicieron las prácticas informales. Los senadores comenzaron a jugar un papel preponderante en la selección, debido a su conocimiento de los cuadros locales. Esto ha conllevado a un fortalecimiento de las estructuras locales para el posicionamiento e impulso de una candidatura al Senado de la República.

Antes los políticos debían viajar a la CDMX para entablar relaciones y tener peso en el escenario nacional, a fin de buscar una carrera ascendente. Ahora, el político que busca un lugar, en el Senado, por ejemplo, obtendrá más probabilidades de serlo si hace carrera local: presidente municipal, legislador local, etc. A mayor competencia electoral, mayor cuidado hay en la selección de candidatos y, por ende, mayor peso se da a la figura del gobernador.

Para el caso del proceso electoral reciente, es notable que algunas notas destacarán, cómo más de 30 senadores declararon su intención de competir por la candidatura a la gubernatura de su estado, a través de los partidos más grandes que tenemos. De igual forma lo es que los procesos de selección de candidatos en cada caso, provocó en algunas entidades que los partidos de oposición decidieran apoyar a disidentes del partido en el gobierno en cada caso, como en Quintana Roo. Aunque ello no impidió que, en algunos otros, las cúpulas locales decidieran optar por candidatos que desde un inició, y según los sondeos de opinión, no contaban con mucho apoyo, a diferencia de otros, como en Oaxaca o Veracruz.

En suma, la rotación de élites que suponen las alternancias en el poder, como ocurrió a nivel federal en 2000, trae consigo y suele ser motivada por una aspiración de cambio: una búsqueda de refrescar tanto el camino, como a quienes toman y ejecutan las decisiones políticas y administrativas que afectan a los electores. El cambio por sí mismo no garantiza nada si no satisface en un buen grado aquellos anhelos. Ocurrió ya que lejos de llevarse a cabo las transformaciones que muchos esperaban, el resultado fue que aquello que se quería cambiar se replicó en todas las entidades del país, quizá, con mayor fuerza, en las figuras de los Gobernadores. Ojalá estos cambios resulten ser pasos más hacía aquella consolidación democrática, que muchos dicen que seguimos construyendo, y no, como se dice, más de los mismo. Y que en aquellos estados donde aún no han existido alternancias, o llevan muchos años sin ocurrir nuevamente, esto sea por decisión de los electores y no por una imposibilidad estructural de que la oposición logre abrirse paso.


Referencias: Langston, Joy, “La competencia electoral y la descentralización partidista en México”, en: Revista Mexicana de Sociología, vol. 70, núm. 3. Julio-septiembre 2008, PP. 457 – 486.


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