Una vida entre muertos

Por Hugo Sánchez Mestizo

Tal y como acostumbraba hacerlo desde hace 30 años, encendió el estéreo antes de comenzar con sus labores. Una rapsódica melodía, perceptible con el volumen justo, invadió hasta el más oculto y sucio rincón de la morgue. Incluso los cadáveres, hospedados contra su voluntad en las cámaras de refrigeración, adoptaron una vibración distinta, menos lóbrega, ante el mudable ritmo musical.

Abotonó su bata, se colocó las antiparras y tras tronarse los dedos atendió la solicitud de necropsia número 183/2017. Se trataba de un cadáver putrefacto: el aspecto hinchado y refulgente de su rostro, propio de lo que se conoce como cabeza de negro, indicaba que la causa de muerte seguramente era asfixia por sumersión. Leyó el informe del Ministerio Público:

… De acuerdo a la narración circunstanciada de los hechos delictuosos, se presume que la ahora víctima fue envenenada y posteriormente abandonada en un terreno baldío.

“Qué imbéciles”, pensó. Otro informe discordante con la realidad que era necesario corregir. La medicina forense, una vez más, echaría a perder la teoría del caso del órgano investigador, o tal vez alguna treta ilegal, así se lo decía su intangible pero valiosa experiencia.

Se ajustó los guantes de látex. Encendió la videocámara y procedió a serruchar el cráneo. Extrajo el cerebro: lo pesó, fragmentó y observó a través del microscopio. “Un cerebro típico y nada terminante”, concluyó.

Continuó con la exploración del testigo mudo, como él gustaba llamar a los cadáveres. Hizo un pronunciado corte en i griega a lo largo del tórax. Al abrir la piel recién cortada para acceder a las entrañas, un oscuro y hediondo líquido salpicó su cara y parte de la bata. “Debiste seguir dedicándote a la academia. En estos momentos serías un profesor emérito”, se decía cada que estos repulsivos accidentes ocurrían. Pero sólo bromeaba consigo mismo, pues estaba consciente de que haber abandonado su vida académica, y con ello su tierra natal, fue una de las mejores decisiones en su vida: la práctica forense y la ciudad lo acogieron como a pocos. Sin duda, era un auténtico transterrado, y eso lo llenaba de orgullo.

Sabía que la información se la darían los pulmones, sin embargo no quiso descartar ningún órgano de la zona anatómica en que se hallaba. Siempre se ajustaba al método y aborrecía el proceder aleatorio de muchos de sus colegas. Analizó el corazón, también el timo. Ninguna pista fiable le proporcionaron dichos órganos. Por fin llegó a los pulmones: como lo esperaba, éstos se encontraban llenos de petequias purpúreas, signo inequívoco de que la persona había muerto por asfixia. El rompecabezas estaba armado: las petequias pulmonares explicaban la asfixia y la cabeza de negro la sumersión.

Apagó la videocámara: el peritaje había concluido. Lo que ahora importaba era darle, en la medida de lo posible, una apariencia digna al cadáver, en cuyo interior los órganos, o lo que de ellos quedaba, se encontraban de manera totalmente farragosa. Mientras suturaba las nada estéticas aberturas en la piel, advirtió que los huesos del occiso tenían una pigmentación fuera de lugar, una coloración ebúrnea, derivada de algún incipiente problema en los huesos. Nada relevante para los efectos del dictamen, pero sí algo sorprendente debido a la corta edad que tenía la persona.

Terminó de redactar su dictamen. La causa de muerte había dejado de ser una incógnita. Miró el reloj y se dispuso a comer.


Imagen: https://symbolreader.net/2014/02/26/famous-paintings-anatomy-of-the-heart-by-enrique-simonet-y-lombardo/

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