Una utopía llamada sostenibilidad

Por Erick Alberto Rodríguez

“Una respuesta aproximada a la pregunta correcta vale mucho más que una respuesta precisa a la pregunta equivocada”

John Tukey (1962)

Quien pretenda definir la sostenibilidad, estará intentado definir lo inconmensurable. La trillada referencia del informe Brundtland: “Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades”. Resulta ser una simple guía moral que dista mucho de facilitar una compresión acerca de la complejidad del tema.  ¿Por qué la sostenibilidad es inconmensurable? La respuesta se encuentra en que intenta integrar y dirigir los intereses de toda la humanidad, sin considerar las diferencias sustanciales que existen entre una población que vive en los altos de Chiapas y un suburbio de New York.

Estas diferencias entre los países, localidades e individuos, obliga a que los hacedores de proyectos sostenibles tengan que elegir un marco de referencia que les permita facilitar la ejecución de su trabajo.

Actualmente se reconocen tres posturas para concebir e instrumentar la sostenibilidad: la corriente ecologista conservacionista, el ambientalismo moderado y la corriente humanista crítica. La corriente ecologista conservacionista está basada en las ideas ecocentristas de Leopold (1949) de promover una “estética de la conservación” y una “ética de la Tierra” o “bioética”. Tiene una importante referencia filosófico-política en la ecología profunda, cuya formulación principal la hizo Arne Naess (1973). El ambientalismo moderado se expresa teóricamente en la llamada economía ambiental que es neoclásica y keynesiana; básicamente proponen una sinergia entre sostenibilidad y crecimiento económico, con ciertos márgenes de conservación. La corriente humanista crítica – alternativa a las anteriores- tiene sus orígenes en las ideas y movimientos anarquistas y socialistas, se coloca del lado de los países pobres y subordinados; entendiendo que la sostenibilidad requiere un cambio social radical, centrado en atender las necesidades y calidad de vida de las mayorías, con un uso responsable de los recursos naturales. Las tres posturas tienen implicaciones y alcances distintos. Cada una con sus acepciones y menoscabos.

En el contexto de un mundo en creciente globalización de lucha económica, resulta evidente que múltiples actores saldrán a defender sus propios intereses y visiones acerca de la sostenibilidad vista desde sus condiciones y necesidades. Un conflicto de sostenibilidad o “problema perverso” surgirá en la yuxtaposición de visiones divergentes acerca del uso/aprovechamiento de un recurso en disputa. Resulta importante aclarar que la sostenibilidad siempre “sobrevuela” espacios de conflicto entre actores de distinta naturaleza, los cuales dificultan su “aterrizaje” y ejecución.

En una democracia estándar todos los individuos tienen el derecho de proponer y defender las soluciones que mejor les convenga. De tal forma que nunca existirá una única o mejor solución.  Siempre habrá una gama de posibles soluciones, cada una de ellas con sus implicaciones negativas y benéficas para determinado sector. En este contexto el hacedor de proyectos sostenibles tiene que justificar porque la solución que está proponiendo es la mejor y debe exponer su decisión a la crítica pública para poder legitimarla. Por consiguiente, es posible afirmar que es poco útil intentar definir a la sostenibilidad. No obstante, resulta indispensable discernir los intereses de los actores involucrados en el conflicto; y enmarcar el mismo en una escala espacio-temporal para poder reducir al máximo la incertidumbre que acompaña al hacedor de proyectos sostenibles.

 


 

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