Una recreación juvenil

Por Fernando Rocha

Durante la inauguración del 5° Observatorio Juvenil de la Ciudad de México, un joven, ante los consecutivos aplausos después de la presentación de cada inaugurador, manifestó “Compañeros: somos jóvenes. Abstengámonos de reproducir las costumbres de los adultos”. La idea potencial en esas palabras no era un antagonismo entre la juventud y la adultez sino la necesidad de recrear la realidad, facultad que, aunque es natural, puede correlacionarse su diversidad y efectividad con la edad. Quizá los niños vivan en un mundo metafórico: 

 …y a veces echaba a la mar mis barcos,
por entre las mantas subiendo y bajando;
o si no, sacaba mis casas y árboles
y por todas partes montaba ciudades. 
Yo era aquel gigante enorme que estaba
sentado sobre una montaña de almohadas,
y que contemplaba desde el rompeolas
el apasionante mundo de la colcha.¹

y, por ser creadores y solitarios habitantes de su realidad, su voluntad sea ilimitada: 

Nombras el árbol, niña. 
Y el árbol crece, lento y pleno, 
anegando los aires, 
verde deslumbramiento, 
hasta volvernos verde la mirada…²

Quizá la poesía sea la reminiscencia de la infancia porque el concepto no existe allí, y si la adultez tiende a la definición parsimoniosa del mundo, la juventud, compañera de realidad de aquella, sería la redefinición de todo. “Rebeldía” le pueden llamar a este deseo de recreación, pues el rechazo o negación de lo establecido es el comienzo de su modificación, pero siempre será más justa que la pusilanimidad. 

Cuando asisto a alguna actividad instructiva o colaborativa, además de dudar socrática y cartesianamente, descubro a jóvenes representantes de costumbres o normas innecesarias y potencialmente absurdas. Lo estulto no es su vestimenta, su conducta o la organización para que un evento sea lo más servicial posible, sino la continuidad de esta apariencia, consabida su invalidez. ¿Es menester un palacio para escuchar y preguntar a sabiondos?, ¿un banquete para asegurar el aprendizaje de los oyentes?, ¿un bolígrafo y un cuaderno para garantizar su instrucción? Si la selección de los participantes es aristocrática, sus cualidades deben confirmarla, pero la virtud jamás fue apariencia: Zenón de Citio consideró que consistía vivir conforme a la naturaleza y Rousseau en su Primer Discurso demostró la inautenticidad del humano basada en adornos. 

Siempre ha sido banal el lujo, considerando que lo sensible y singular es más valioso que lo inteligible, siempre ha sido absurdo que los ignorantes guíen, pero es triste que lo innecesario e inútil se reproduzca. Si la juventud es la recreación de todo, uno de sus objetivos puede ser la forma de atender los asuntos públicos: trocar las alfombras por el césped, los atavíos por la libertad, las paredes que ocultan estulticia e ingenio por brisas que ayuden a refutarla o a propalarlo, los asientos somníferos por un andar estimulante, como los peripatéticos. Trocar los servicios por la autosuficiencia, que cien secretarios y mil asesores jamás formarán un líder justo y sabio, sólo a un amo inútil y a mil cien esclavos. Convertir los reglamentos minuciosos en confianza y asumir todas las actividades relativas a una responsabilidad, pues los líderes no lo son por decidir sino por hacer, crear o destruir. Convertir las sedes de deliberación en voluntad de resolución, pues en lo público sólo existe lo impostergable e interminable. Trocar los ingenios ajenos en discursos por la propia osadía. 

Para que los jóvenes asuman esta recreación simbólica no es necesario que sean sabios. La imaginación y los sentimientos bastan. Quizá podría argüirse que algunos lujos son necesarios por los elementos involucrados del suceso: palacios y corbatas jamás serán suficientes para acompañar un segundo a los símbolos patrios o para portar los poderes públicos. No obstante, eso sería considerar una vez más que la excelencia únicamente es sensible. ¡Cuántas veces estos objetos han estado presentes durante el origen de perjuicios nacionales! Más valioso es un humano desnudo pero virtuoso que uno ataviado pero vicioso, y más honra le dará aquel a un Estado. 

Si alguien desea recrear la realidad y comienza con la forma de atenderla, antes que con la sustancia de sus soluciones, nunca estará equivocado. 


¹Stevenson, “El país de la colcha” en Jardín de versos para niños. 

² Paz, “Niña” en Libertad bajo palabra.


Imagen: https://www.flickr.com/photos/eugenia_loli/13301189685/

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