Una necesidad creada

Por Brandon Ramírez

 

Pese a que la semana pasada pensaba más en un contexto nacional, los días siguientes, leyendo algunas noticias en distintos medios y dentro de distintos ámbitos, el tema seguía dando vueltas en mi mente, aunque en términos más generales. 

El siglo XX fue considerado el siglo de las guerras mundiales; pero el actual, con el auge de los movimientos terroristas y los conflictos promovidos por distintas potencias en búsqueda de sus intereses geopolíticos, de momento, no se queda atrás. No podemos obviar el hecho de que los atentados en Europa hace unos meses, o en Estados Unidos ponen de manifiesto lo expuesta e insegura que se encuentra cualquier persona.

El término de la última guerra mundial de la que fue testigo la raza humana, trajo consigo la promesa del progreso, se entendía como un futuro prometedor que se extendería a todo el globo. Aunque quizá, ha tomado el sentido totalmente opuesto en un mundo caracterizado por la velocidad y sus constantes avances por el riesgo y vertiginoso ritmo del cambio actual. Asumiendo esto, el papel de los individuos ha sido el de tratar de influir para minimizar los riesgos; tomamos precauciones para no ser víctimas del propio mundo.

Podemos decir (entendiendo las dimensiones del concepto) que la guerra contra la inseguridad es la nueva guerra mundial del siglo XXI; se libra en el interior de la ciudad y dentro de ella se definen los frentes de batalla, además de que ha introducido una necesidad nueva en el ser humano. Tanto en los programas políticos, como en muchas campañas de marketing, la necesidad de seguridad se ha convertido en un (si no es que el más) importante argumento de venta, así las amenazas para la seguridad personal han sido un recurso fundamental para algunos intereses.

Los nuevos frentes de batalla y las armas con las que se lucha son totalmente diferentes, en muchos casos invisibles, se hacen parte del paisaje, lo que contribuye a normalizar el estado de emergencia en el que vivimos como habitantes de la ciudad adictos a la seguridad. El ejército y los cuerpos de seguridad movilizados son más constantes, las cámaras de video en cada esquina, la posibilidad del rastreo GPS en nuestros dispositivos y el espionaje de los correos electrónicos, llamadas y mensajes, son unos cuantos ejemplos.

En algún momento, al finalizar las guerras, las ciudades fueron creadas como espacio de refugio, era un espacio en el que se encontrarían oportunidades de crecimiento y sobre todo, de seguridad. Las formas que la ciudad ha adoptado para resguardarse han sido muchas, como la intervención del espacio público (que es cada vez menos público pues se prefiere lo privado, sinónimo de seguridad). Por ejemplo, las zonas residenciales o hasta las unidades habitacionales de acceso restringido que cuentan con vigilantes propios y centros de monitoreo; en estos lugares el énfasis está puesto sobre la vigilancia, que significa seguridad, y no en la vida comunitaria que ahí se desarrolla (o desarrollaba).

El espacio público fue la primera víctima colateral de la guerra contra la inseguridad, la privatización y rediseño son los efectos de la misma. Otra consecuencia es la convivencia, que también se ha transformado. Se ha demostrado que los habitantes de la ciudad viven en angustia constante y en general, son más infelices que los habitantes del campo, sufren con mayor frecuencia ataques de depresión, ansiedad, neurosis, etcétera. La sociedad concibe los unos a los otros como extraños (están fuera del círculo familiar y de amigos), que significa que son potencialmente riesgosos, generando dificultades para convivir pues la desconfianza es la primera actitud defensiva que mostramos frente a ese extraño.

La tendencia a retirarse de los espacios públicos hacia las islas de uniformidad se convierte, con el tiempo, en el mayor obstáculo a la convivencia por la diferencia, porque hace que las aptitudes para el diálogo y la negociación languidezcan y se acaben perdiendo.

La inseguridad genera temor; el enemigo a atacar es el miedo de los habitantes, quizá no sólo ya de las ciudades, ni de un país específicamente, sino asegurarnos que lo que suceda en otras partes del mundo no nos alcanzará, que no sufriremos consecuencias de lo que haga tal o cual país; y no sólo en lo que se refiere a la guerra dentro de un espacio delimitado con armas visibles e identificables, sino a los nuevos espacios que se están abriendo como frente de guerra, con armas y enemigos no visibles o tangibles.


Imagen:  http://costazuldigital.com/costazuldigitalprod/wp-content/uploads/2015/02/Camaras-de-vigilancia-Niza.jpg

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