Una mezcla de experiencia y juventud

Por Samantha González

 

Fueron las palabras de mi compañero de viaje en la última noche que nos quedaba al grupo y a mí para estar juntos y divertirnos.

Bienvenido querido lector, en esta ocasión me apetece compartirte una experiencia totalmente diferente a lo que suelo escribir y que tiene mucha relación con el aprendizaje que la vida tiene para cada uno de nosotros.

Hace algunas semanas un familiar me invitó a un viaje a Durango que duró 5 días, todo sonaba genial y además tenía años sin ir de vacaciones a un lugar tan lejano de la ciudad en la que vivo. Lo curioso es que por mi mente sólo pasó el llegar a un hotel, registrarse y estar todo el día paseando por los lugares más turísticos del estado, ¡vamos! es lo que te imaginarias ¿no crees?

Pero la verdad fue diferente a lo que esperaba, ya que no llegamos a un hotel sino a un asilo, así es, un “asilo” que parece una mini colonia donde encontramos casitas pequeñas (también las nombraban como cabañas) adecuadas para las personas de la tercera edad y donde nos tocó hospedarnos.

Las personas que nos recibieron eran jóvenes que trabajan ahí y tres universitarios que estaban brindando su servicio profesional, dos de ellos ya habían terminado su carrera y la más pequeña llevaba un año en la Lic. en Trabajo Social.

¿No te he contado sobre mis compañeros de viaje verdad?, todos son maestros jubilados, pocos con menos de un año y otros hasta más de 25 años. Solo hubo dos jóvenes mujeres que acompañaron a su madre en el viaje. Pero en un momento regresaré a contarte más sobre ellos, que en verdad tengo mucho que escribir.

En el viaje hubo de todo, desde actividades grupales en las que me reí como nunca (aunque he de confesarte que no son de mi agrado pero si no hay de otra le entro); pláticas agradables donde aprendes lo pequeño que es el mundo, una cena encantadora en un restaurant ubicado en el centro que me gustaría se repitiera por la compañía y la belleza de haber podido caminar en la noche, acompañada de una brisa refrescante mientras me deleitaba por la admirable arquitectura en cantera que nos presume sus mejores ángulos con la ayuda de la iluminación. Hasta disfrutar de la energía, alegría, amabilidad y ocurrencias tan divertidas que jamás me hubiera imaginado pero que dejaron huella en todo el viaje.

Aunque no lo creas había días en que decía “todavía no se cansan”, todo el día era caminar, subir y bajar y a pesar de tener un día largo en el camión no recuerdo haber escuchado el silencio. El ambiente era alegre; nunca faltaban los chistes, las risas, una buena plática, los bailes pero sobre todo la carilla, y vaya que aquí se lucían, hasta tenían su canción inédita para quienes subían al último pero que no lo voy a transcribir por algunas palabras altisonantes que incluyen jajajaja.

Al final fue más divertido de que me imaginé y en lugar de sentirme extraña me sentí cómoda, pero lo mejor de todo no termina aquí, ya que me falta contarte el por qué del título de este post.

En todo el viaje, los lugares que visitamos, la comida, las actividades y las sorpresas fueron organizadas por los jóvenes que nos recibieron. Y gracias a ellos, su dedicación y esfuerzo en la organización de todo el tour, el grupo se divirtió como nunca.

Los detalles en la vida pueden ocurrir cuando menos lo esperemos y no siempre provienen de personas que queremos y conocemos. Así fue como nos despidieron en la última noche que nos quedaban y que muchos lo recordarán con cariño.

Nos encontrábamos en una habitación, todos quietos y en silencio formados en seis filas y con las manos en los ojos sin poder ver nada, solo escuchábamos en silencio las ordenes de uno de los organizadores que nos transporto a un bosque silencioso en la oscuridad de la noche donde podíamos admirar las estrellas en todo su esplendor; en ese momento sentí que algo fresco tocó mis manos y me desconecté de lo que estaban escuchando tratando de pensar qué era aquello que sentí.

Cuando nos dijeron que podíamos bajar las manos y abrir los ojos, pude ver pequeñas y grandes manchas que brillaban en la oscuridad de la habitación. Aquellas estrellas que nos contaban eran las que nos habían caído, las podíamos observar en la ropa, el suelo y en nuestras manos.

Para mí fue una gran sorpresa al ver como el líquido de las luces de neón pudiesen significar un detalle tan grande y especial. Aquel momento se llenó de gratitud y agradecimiento por aquellos jóvenes que fueron amables, atentos y serviciales.

Aquí fue donde uno de los maestros mencionó la frase “una mezcla de experiencia y juventud”, donde la experiencia nos enseña y la juventud nos sorprende, ¿el resultado? todo un viaje diferente y divertido.

Así que mis pequeñas vacaciones no resultaron ser del todo como lo había imaginado, mis compañeros resultaron ser más divertidos de lo esperado, no creí realizar actividades en grupo, aprendí,  me enamoré del trabajo de cantera y de una bella noche en el centro de Durango.


Imagen:  https://pixabay.com/es/hombre-old-man-sesi%C3%B3n-sentado-1577160/

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