Una forma para la norma

Por Fernando Rocha

Si la preocupación de un ciudadano fuese más humana que cívica y, si fuese honrado con una atribución legislativa directa, intentaría que la voluntad de su pueblo participase de la justicia que pudiera haber en su imaginación y razón. 

Sobre la necesidad de la virtud en un pueblo

Desde que el Estado Mexicano asumió la democracia como régimen político y el liberalismo como teorías para orientar su forma de gobierno, el pueblo es su fundamento y principal agente, no sólo porque éste sea su autor debido a que es un Estado por institución y no por adquisición, sino porque lo necesita: si las leyes proceden de su voluntad, si los gobernantes son elegidos por él, el gobierno será conforme él lo sea. Esto distingue un Estado democrático de uno aristocrático, monárquico o despótico, donde el pueblo no es condición del gobierno y su cuidado sólo es por obligación o capricho.  

El civismo es la primera cualidad de un pueblo siempre soberano, esa unidad que obedece sus leyes no como súbditos sino como propietarios, no obstante, es una virtud insuficiente para la justicia pues ésta no es inherente a las leyes. Entonces, para la humanidad no basta la ciudadanía pues cualquier régimen político no garantiza que sea obra de justos o vuelva justos a sus ciudadanos. Cualquier Estado debe aspirar a ser temporal (el mexicano ha perdurado hasta ahora más de dos centurias) pues es resultado de vicios (basta rememorar las teorías contractualistas de Hobbes, de Locke y de Rousseau), por lo que su continuación infiere también la de aquéllos. Siendo así, toda ley debería ser un medio para desarrollar la educación del pueblo. Las condiciones educativas, manifestadas en el artículo 3 de nuestra Constitución y en la Ley General de la Educación, son las requeridas para una educación consistente entre un educador y un educando, en modo escolarizado, abierto o a distancia, y aunque consideren y pretendan formas de aprendizaje autónomo, les es inseparable una jerarquía. Estas leyes son para que alguien eduque al pueblo, sin considerar una alternativa para que el pueblo sea educado por sí mismo sin convertirse necesariamente en autodidacta; alternativa que no puede obligar al estudio pues es inviable que una ley pretenda ser el sustituto de una virtud. 

Derogar la obligación de cursar la educación básica para que esto sea un acto voluntario del pueblo mexicano, sería absurdo pues: ya es una costumbre pero imperfecta, y uno de los fines de cualquier ley es la perfección de las costumbres, como dijo Montesquieu. Siendo inviable la derogación, es menester un medio que incentive la educación del pueblo sin educarlo directamente, un medio que estimule su libertad para educarse.

Sobre la educación mediante la invención y el ejercicio

Se consiguen humanos mediante la educación, y sólo será eficaz aquella que sea la armonía entre la educación de la naturaleza, la humana y la de los objetos. Es cierto que Rousseau, en Emilio, imaginó que la educación más importante es la primera (aquella que, para el pueblo mexicano, es parcialmente abarcada en el preescolar) y que los niños deben percibir solamente un educador durante todo su desarrollo, lo que inferiría que el sistema educativo mexicano es incompatible con la teoría del ginebrino, mas la sustancia de cualquier idea puede ser independiente de su forma si se le sabe distinguir y obtener. Entonces, si el fin es formar humanos ―lo que no es opuesto a formar ciudadanos― y para ello es menester conducir al educando en vez de instruirlo para que aprenda a descubrir, criticar y crear más que a solicitar, obedecer y recordar, todo medio que le permita probar y aprovechar su libertad, es viable. 

Es verdad que aquellos educandos que cursen otra escolaridad que no sea preescolar o primaria y que sean menos prudentes que cuando nacieron, pueden ser más necios y estar corrompidos por una pésima instrucción inicial, pero esto no los exenta de volverse virtuosos en cualquier instante, pues felizmente la virtud, como el vicio, es siempre potencial. 

Certámenes públicos y recreativos, consistentes en la competencia entre obras artísticas o destrezas físicas, emplearían las pasiones humanas para formar virtudes. Puede objetarse que hacer que los educandos se vuelvan adversarios los incitaría quizás a la enemistad, a la avaricia y a la mentira, pero sería muy equivocado; hasta hoy los gobiernos e instituciones ya han realizado numerosos certámenes desde locales hasta nacionales y los fallos, injustos o justos, jamás han desembocado en violencia. El fin de estas actividades no sería la armonía platónica del alma, donde lo racional gobierna a lo irracional mediante este mismo, sino que establecería las oportunidades para que el educando compita, ya por ambición, ya por moda, ya por volver perdedor a otro, ya por ocio, y para que inadvertidamente se obtengan las cualidades educativas declaradas en la fracción I y II del Artículo 7 de la Ley General de Educación: el “desarrollo integral del individuo” y su “desarrollo de facultades para adquirir conocimientos, así como la capacidad de observación, análisis y reflexión críticos”. 

Cuando el educando compita, ineludiblemente probará la autoría y el ejercicio, imaginará y jugará sin que la tecnología pueda sustituir sus fuerzas creadoras o corporales; esta situación, si es un descubrimiento para él, podrá incitarlo a continuar las actividades recreativas; y si no fuese un descubrimiento, entonces podrá ser su esperada coyuntura para cualquier otro fin. Finalmente, tales actos podrían ser premiados simbólica y no materialmente para evitar la avaricia e incentivar el aprecio de lo inteligible. 


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