Una egipcia soledad

Por Dante Noguez

El ya conocido libro Sinuhé, el egipcio (Sinuhe egyptiläinen) de Mika Waltari fue publicado recientemente por Debolsillo. Más de 700 páginas en octavo mayor —obra maximalista— comprenden esta novela que narra en primera persona la vida de un hombre que vivió en el Antiguo Egipto. Michael Curtiz se basó en ella para hacer su película The Egyptian, allá por 1954. Analicemos lo que de memorable tiene.

Telas de lana, joyas de marfil, olor (¿o diremos hedor?) a pescado, faraones, casas de lenocinio, sicómoros, jeroglíficos, colas de león, plumas de avestruz —los mil ojos de que hablaba Reyes—, casas de barro, pesaje de corazones, el río Nilo —oh Heráclito inconstante, que es el mismo y es otro, como el río interminable; oh Valéry:  La mer, la mer, toujours recommencée !—, convite de formas, imágenes y costumbres que nos transportan milenios atrás.

Se han cruzado, por casualidad, mi lectura de Waltari con la de Visión de Anáhuac. Vaya la sinceridad por delante: la prosa de sobremesa de Waltari está muy lejos de esa poesía en prosa de Alfonso: ¡Los gritos de los papagayos, el trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, le dard empoisonné du sauvage! En estos derroches de fuego y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan seguramente otras regiones meridionales. Apenas podría lograr una imagen como la de Moctezuma derroche de chocolate, de oro, de mujeres y de más oro; reverencias amenísimas, paredes de mármol, museo de leones, de tigres, de albinos, de enanos y de corcovados el buen Waltari, pero no seamos tan duros; no renunciaremos —digámoslo con Keats— a ningún objeto de belleza (tal es la historia egipcia), engendrador de eternos goces. La bondad que tiene su prosa es que, por sencilla, se deja leer, y no resulta trabajoso navegar por las calles de Egipto y conocer su historia a través de este libro.

Aterricemos un poco: retomando aquello de conocer la historia a través de su libro arte de Tolstói y Goethe, Galdós y Stendhal, Eco y Flaubert—, hablemos un poco de Akenatón, el faraón que reinaba durante la vida de nuestro protagonista Sinuhé. Es bien sabido que el arte egipcio varió casi nada hasta la llegada de Akenatón, quien impuso a su dios Atón, mismo dios que hizo grabar simbolizado por un sol, lanzando rayos de luz dotados de manos. En aquella piedra caliza, debajo de Atón y siendo bendecidos por él, se encuentran Akenatón sentado —actitud que debió escandalizar a los puritanos y rígidos artesanos egipcios— frente a su mujer Nefertiti, también sentada. Más tarde, también su sucesor Tutankamón sería retratado de manera similar, y se le ve recostado en una madera tallada, siendo tocado en el hombro por su esposa e iluminado también por Atón y sus rayos con manos. Es probable que aquella reforma artística de la decimoctava dinastía fuera facilitada por el faraón al importar obras de la isla del Egeo, Creta, pues las obras de aquel pueblo eran mucho menos conservadoras y rígidas que las de los egipcios, además de que los cretenses gustaban de representar el movimiento.

Continuemos por nuestro paseo lectivo, y fijemos nuestra atención en la soledad del narrador. Tanto el último como el primer capítulo insisten en un hecho: que Sinuhé lo narra todo, desde su torre de marfil, nada más porque sí. Dos cosas hay que decir al respecto: primero, que aquello de la torre de marfil recuerda a Montaigne, pero también a su fiel lector, nuestro queridísimo Quevedo, y es fuerza recitar lo que nos escribía desde su torre:

Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Ahora lo segundo: resulta un poco contradictorio que Sinuhé escriba más de 700 páginas nada más porque sí, además de que anota líneas como: He aquí la obra de Sinuhé y, a menos que le consideremos demente, aquel clamor debe estar dirigido a alguien. Entonces no se llega a entender esa insistencia, por mucho que nos sugiera su parentesco con los libros sagrados de Thot.

Pero pasemos a otra cosa: hacia el final, en su cansancio y vejez, canta la monotonía y el tedio de la vida. Eso no está nada mal, y sobre todo nos recuerda los intensos versos de Mallarmé: La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres. Aunque claro, no se entiende cómo con esos ojos cansados y casi ciegos —como los de Dante, que de tanto estudio comenzó a cansársele la vista hasta el punto en que ya no reconocía las estrellas— escriba esta obra maximalista, de la que probablemente Borges —otro escritor de vista cansada— diría que su dilatada longitud no coincide con la brevedad de la vida.

Digamos, por último, que llaman mucho la atención estas líneas: Cada día el mar se extiende delante de mí y lo he visto rojo y negro, verde de día y blanco de noche. ¿A qué hará alusión Sinuhé? ¿Será que Waltari nos ha descubierto un rico secreto? ¿Será que los antiguos, con Homero y su vinoso ponto, veían el mar del color que se les antojaba, según su estado de ánimo? No lo sabemos y, como Sinuhé, hemos llegado al final con más preguntas que respuestas.


Bibliografía: Waltari, M. (2017). Sinuhé el egipcio. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: Akenatón y Nefertiti con sus hijos, 1345 a.C. Relieve en piedra caliza de un altar, 32,5 x 39 cm; Sección Egipcia del Museo Nacional, Berlín.

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.