Una defensa más de la política

Por Hugo Sánchez

 

Divinas edificaciones hechas de pasado, interesantes síntesis temporales; eso son los seres humanos vistos desde una perspectiva vigente, vistos desde el ahora. De suerte que si a nuestro semejante deseamos comprender, un surco sumamente orientador está constituido por su pasado. Por ello, al momento de interpelarme por qué constantemente, y en distintos foros, experimento la necesidad de realizar una férrea defensa de la política, me veo obligado a visitar –ligera y emotivamente– mi pasado.

Frente a la pétrea y espinosa coraza que envuelve el criterio del Homo Politicus contemporáneo, reacio –por desconocimiento– a su innegable naturaleza política, no puedo evitar recordar aquellos primeros años de la vida en los que comenzaba a germinarse con desorientada fuerza, y sin siquiera darme cuenta, mi inclinación hacia esta noble tarea cotidiana –como decía Jesús Reyes Heroles– llamada política. Ninguna parte de mi ser pondría en duda que fue en la profundidad de mi infancia donde se gestó el respeto hacia la política como una excelente y civilizadora actividad humana; sentimiento que a la postre se convirtió en ordenada dedicación y apasionada entrega, premisas que hoy le dan sentido y fuerza a mis palabras.

Todavía recuerdo como el goce de la vida digna, las alegrías que en cascada se descubren durante la niñez. El sosiego que propicia la “normalidad” familiar, la salud mínima que se logra a través de un decoroso plato de comida, el correcto desarrollo mental amparado por los juegos infantiles y no por preocupaciones económicas, la justicia que rige tanto el actuar de las personas como el derrotero de nuestros destinos y demás manifestaciones sociales, eran preconcepciones utópicas que contrastaban con mi entorno, pues las mismas estaban reservadas sólo para unos cuantos, para los privilegiados que, por cierto, no eran quienes me rodeaban en muchos kilómetros a la redonda. En esos tiempos, ¿quién no se sintió extrañado ante la atípica seriedad o tristeza de quien estaba al lado?, ¿quién no se cuestionó por qué entre semejantes existe tan marcado trato diferenciado?, ¿quién no se vio orillado, no digamos a compartir el plato de comida, los medicamentos o el color de piel, sino a compadecerse del hambriento, del enfermo o del discriminado?

Yo por ejemplo, a los tres años aprendí que la delincuencia no hace ninguna clase de excepciones, al grado de que mi padre estuvo a punto de perder la vida en manos de ella. A los cinco años, al fracturarse mi familia, logré apreciar el valor que ésta tiene tanto a nivel individual como colectivo; a los ocho años observé maravillado los “actos de magia” por virtud de los cuales mis abuelos multiplicaban el capital para satisfacer nuestras necesidades; a los once años viví la relatividad de nuestras existencias y comprendí que la nula cultura vial propicia la generación de accidentes en los que podemos quedar atrapados. De igual forma, aprendí que un adecuado sistema de salud puede salvar millones de nobles y valiosas vidas; a los quince años supe que una correcta política pública en materia de prevención de adicciones, pudo haber preservado la salud de muchos conocidos; a los dieciocho años, experimenté la sigilosa y, por ello, más peligrosa discriminación de la que son víctima en nuestro país quienes pertenecen a cierto estrato social; a los veintiún años viví en carne propia la podredumbre del sistema de justicia penal en México, gracias al cual por poco se socava injustamente mi libertad; y a los veintitrés años advertí que el boleto de acceso en las esferas de poder se llama, no conocimiento, ni siquiera empeño, sino amistad o compadrazgo.

En fin, han sido múltiples e incisivas experiencias las que me han permitido llegar a una conclusión: desprecio gran parte de la realidad nacional que me ha tocado vivir y estoy cierto de que ésta, a través de la política, puede cambiar en beneficio de mi sociedad.

Así, cuando en defensa de la política debo alzarme, no puedo sino aseverar categóricamente que la política, antitética al egoísmo y máxima expresión de la filantropía, es el arte de moldear la materia humana en su beneficio; es la máquina creadora de civilización y transformadora de realidades. La política, lejos de lo que se piensa, es una actividad cuya función consiste en preservar y transformar una sociedad que, por su excesiva complejidad, no puede ser preservada ni transformada de otra forma. La política es el uso legítimo de la fuerza, único medio que hace posible la coexistencia entre la libertad y el orden.

La política no es poder, partidos políticos, despotismo, luchas, desprestigios o politiquería; la política es un tipo de actividad moral: es una actividad libre, creativa, flexible, agradable y humana. Aunque sus métodos suelen ser imperfectos, el resultado siempre es preferible al de los gobiernos autocráticos, totalitarios o anárquicos, puesto que con la política no se obtiene lo óptimo, sino lo posible.

Por ello, para eminentes constructores de realidades –como deben ser los jóvenes– la política representa el mejor de los aliados para alcanzar sus cometidos. A sabiendas de que la política no sólo sirve para acceder y vigilar el poder, sino también para protegernos y armarnos contra el mismo, debemos echar mano de nuestras capacidades políticas en todo momento. Afirmar lo contrario es negar nuestra naturaleza incendiaria: quien se mantiene reacio a su naturaleza política, deja entrever su profundo egoísmo.

Estemos conscientes de que la política –noble oficio patriótico y apasionante– la hacemos nosotros o se hace en contra de nosotros. Emprendamos la acción dirigida a la necesaria y urgente transformación de nuestro país. Sé que muchos, al igual que yo, no están conformes con nuestro entorno.

Seamos políticos con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestra comunidad, con nuestro país. Actuemos y no pongamos excusas. Hay que recordar las sabias palabras de Mahatma Gandhi cuando decía: “Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podemos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear”.

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