Un sueño (no) cualquiera

Por Guillermo Alvarado

 

Por un error cósmico atribuible a los dioses, amanecí convertido en cerdo.

Alguna vez en mi vida, patética y llena de lujos, me imaginé en una situación como ésta, quizás fue en mi infancia, o tan sólo hace una hora cuando desperté en este inconveniente estado.

Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue piel marrón agrietada, después un tufo espeluznante llegó a mi nariz, quise cubrirla pero mis extremidades, cortas e inútiles, no me sirvieron; vi con horror el suelo tan próximo, distinguí cerdos, decenas de ellos, me incorporé de mi cama de excremento y lodo, resbalé, pues nunca había andado en patas de cerdo, caí de trompa y sorbí por ella suficiente lodo como para asquearme, pero no pude vomitar; el miedo me contenía de malestares menores. La realidad era que estaba convertido en un cerdo y debía saber cómo despertar, pues evidentemente era un sueño, pero el sueño se tornó pesadilla cuando descubrí dónde estaba realmente.

Happy Meal Farm, decía un letrero de lámina oxidada, el lugar era tan estrecho que apenas podían moverse los cerdos, con trabajo pude acercarme a una orilla, la cerca estaba suficientemente alta para que ningún cerdo saliera, pero temía aun más que ningún hombre podría saltarla tampoco, en dado caso que me transformara a mi forma original.

No quise moverme de allí, desde ese punto podía reconocer casi todo el lugar, veía los postes de luz, algunas personas moviéndose a lo lejos, y entonces, el verdadero motivo de mi terror: el matadero.

Sentí cada parte de mi cuerpo prestado, grité, sólo un chillido salía de mi hocico, algunos otros chillaron también, quizás eran otros hombres transformados en cerdos, quizás ellos también entendían mi miedo; me movía nervioso, empujaba a los otros cerdos, pero ellos se limitaban a mover sus orejas y gruñir de manera pasmada.

Al caer la noche, las luces se concentraron en un solo lugar, aquel edificio, y los chillidos alertaron a los demás, aquellos sonidos no se borran nunca de tu mente, el sonido de una muerte cruenta y dolorosa.

Corríamos de un lado a otro de las sombras, por fuera de las cercas salían manos de hombres empujándonos, corriendo sin sentido; de pronto un bastón me golpeó directo en la cabeza y me dejó aturdido, corría pero no sabía hacia dónde, de mi lomo comenzaba a caer un líquido caliente y espeso. De pronto estaba de frente al temible edificio, olía a sangre, los chillidos eran aun más fuertes, me movía desesperado hacia cualquier otro lado, llorando, gritando, pero otro bastón me empujó a un canal hecho de rejas de acero con una puerta corrediza que se cerraba tan pronto ingresaban diez cerdos aproximadamente.

Del otro lado se abría otra compuerta y algunos cerdos intentaban correr, pero eran atajados por grandes brazos de hombres, que los acribillaban con un cuchillo directo en el cuello y los colgaban de una pata en un gancho; el resto del lugar era demasiado terrible para describir. El olor a excremento, sangre, sudor, era penetrante, y aun más, se distinguía otro aroma, quizás el que se desprende del manto de la muerte implacable y sistemática de aquel lugar.

Mis lágrimas me nublaron, jadeaba, berreaba, me escondí hasta el final, pero la pared de la cerca empezó a empujarme más y más al otro lado, sentí mis intestinos vaciarse, sentí una mano tocar mi pata y jalarme fuera del lugar, supliqué a todos los santos y dioses, exclamé un ¡NO! tan fuerte que logró despertarme, sudando a mares. La fiebre por indigestión de carne de cerdo estaba bajando, el doctor sostenía mi mano pues empezaba a jalar la sonda donde tenía conectado el suero. Lloré como un niño esa noche, me dieron de alta al día siguiente. Me volví vegetariano y me uní a toda asociación en defensa de los derechos de los animales. Algunas noches tengo esta pesadilla recurrente y me limito a sollozar y esperar a despertar.

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