Transcurriendo en el tiempo

Por Hugo Sánchez

 

Si la manecilla avanza es porque mi huella ha
sido plasmada. Para cuando esto ya no suceda,
lo mejor será partir. Lucho por transcurrir en el
tiempo, no quiero que sólo él transcurra en mí.
Este es mi tiempo, mi oportunidad.

Sé perfectamente que él transcurre en mí: el desgaste, los cambios y el cada vez más penetrante olor a muerte, me lo confirman a cada instante. Saturno, Cronos, el tiempo, se hace presente en mi ser, me devora y pulveriza sin ningún remordimiento. Desconozco su esencia: quizá un término, acaso una fuerza o tal vez un patrón. No lo sé. Tan solo estoy cierto de su aplastante paso, de su irónica existencia, de su divina gracia. ¿Qué hacer ante semejante perogrullada?

El tiempo transcurre en mí, pero… ¿yo transcurro en el tiempo? Muchos no son capaces de advertir esta diferencia: el tiempo, qué duda cabe, siempre representa algo para nosotros –ansia, melancolía, dolor, placer, felicidad, temor, incertidumbre, etc. – sin embargo, no sucede lo mismo a la inversa. ¿Qué somos para el tiempo? casi siempre nada. Por ello, debemos transcurrir en el tiempo, hacernos parte del tiempo, convertir nuestro tiempo en el verdadero sentido de la vida. De lo contrario este tránsito terrenal derivará en extinción y no en transición: qué penoso es nacer para desaparecer y no para trascender. Qué penoso es ser tan sólo uno más.

Y es que al devorarnos el tiempo nos brinda la oportunidad de quedarnos en él: nos consume, nos mata, pero nos inmortaliza según qué tan valioso haya sido nuestro andar. Al tragarnos, cual Cronos a sus amenazantes hijos, el tiempo nos hace parte suya, máxime cuando suponemos alimento vital, cuando ciertamente hemos contribuido y sumado. Si así lo queremos, permuta vida de esfuerzo por muerte de gloria: nos consagra y nos incrusta en la memoria de la humanidad. Pero si a causa de nuestra pasividad existencial nos convertimos en piedras, el tiempo nos terminará escupiendo, nos descartará de la eternidad que nos acerca a los dioses –como sucede con la mayoría–. Justo destino. Orgánica función digestiva.

Lo importante reside en hallar el equilibrio dentro de la paradoja temporal, no en pocas veces pasada por alto. Tiempo es alimento, pero también actividad que desgasta; tiempo es oportunidad, pero también pérdida; es presente, pero también pasado y futuro; es vida, pero también muerte; es instante, pero también eternidad. Quien no asimile la verdad oculta detrás del tiempo, vive sin ritmo, desordenado, fuera de la armonía cósmica. Después de todo, tiempo y vida no son sino condiciones recíprocamente necesarias: sin tiempo no hay vida; sin vida el tiempo carece de sentido. Por eso la vida se prolonga sólo por determinado tiempo. Gracias a la finitud de nuestro tiempo la vida es valiosa; gracias a la unicidad de nuestra vida cada instante tiene un valor específico. Si la vida fuese eterna, no habría necesidad de contar el tiempo. Si el tiempo no se acotara por la vida, ni siquiera tendríamos noción de él. Tiempo y vida, potencia y acto, leña y fuego, perpetua atadura de nuestros actos.

¿Por qué interesarse en el tiempo? Llegué hasta aquí a consecuencia de un tiempo que está muerto. Estoy aquí debido a un tiempo que vive. Seguiré aquí por un tiempo que está por nacer. Se nace, crece y muere en, para y por un tiempo. Nada se escapa del tiempo y por eso se le obvia. Yo prefiero hacerle un trato: quiero navegar a su lado, no dejar que me disipe sino que me funda en él. Así el tiempo sabrá un poco a mí. Así el tiempo valdrá la pena. Si bien no puedo pausarlo, estoy consciente de que puedo controlarlo, modificarlo y hasta extinguirlo. El tiempo importa, por eso vivo, sufro, lucho y disfruto.

Más allá de su percepción universal, el tiempo es interno, subjetivo y, por tanto, distinto. Danza en cada uno de nosotros de manera diferente: cinco minutos son para el enfermo una tortura, para el amante un trozo de paraíso, para el preso una bocanada de libertad, para el obrero más gotas de sudor, para el magnate miles de pesos, para el niño una cosa de adultos y para el adulto un recuerdo de cuando era niño. Para mí, el tiempo es oportunidad de seguir recordando, de seguir aprendiendo, de seguir construyendo y, sobre todo, de seguir errando. Hay que aprovechar y multiplicar cada instante, no dejarnos imbuir por la inconsciente rutina ni malgastar este recurso con personas vanas. El tiempo es nuestro y de nadie más: se comparte mas no se vende y mucho menos se regala.

No dejan de sorprenderme quienes se muestran desinteresados para con el tiempo, como si estuviesen exentos de sus efectos: a veces me pregunto qué rasgo podría diferenciarlos de las hojas de un árbol. Al menos éstas, frente al frenético paso del tiempo, saben en qué preciso momento hay que cambiar de color y en qué otro deben darse por vencidas para caer y quedar presa de la sequedad. La terquedad humana, por el contrario, no sólo perpetúa toda miseria u obra malograda, sino que por encima la convierte en una virtud ante los ojos de la sociedad. Los hombres deberían aprender del mensaje que en el fondo representan las hojas de los árboles, so pena de secarse como muchas de ellas.

Pero más sorpresa me incitan los que todavía conciben linealmente al tiempo, descartando toda manifestación cíclica y mediata. El movimiento circular o regresivo del tiempo es un hecho innegable que vivimos día a día. El tiempo está sujeto a un eterno retorno –como sostenía Nietzsche- en función del cual todo acto se realiza para la eternidad, de ahí que tengamos que soportarlo una y otra vez. Lo que en alguna ocasión fue otra vez será. Esto es, pero también fue y será. Somos presos de nuestras acciones o, para ser más precisos, de la responsabilidad sobre la que se sustenta el libre albedrío: la elección. Caminamos en una Cinta de Moebius: hoy aquí, mañana también. Esta es una de las más temidas cualidades del tiempo cíclico: nos carea ante nosotros sin cesar. Desenmascara nuestra parquedad.

Entre los hombres aprendí que el tiempo es mi mejor aliado: con su ayuda he madurado, descansado, perdonado y entrenado. Y lo mejor: he trascendido mis fronteras. Que el tiempo me devore: algún día mi tiempo será el de la humanidad.

Este es mi tiempo, ¿cuál es el tuyo?


Imagen: http://www.periodicodecrecimientopersonal.com/apuntes-sobre-curacion-y-sanacion/

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