Transcribiendo el silencio: discurso político para unos cuantos

Por Hugo Sánchez

Tras la muerte del auténtico discurso, he renunciado a escuchar.
Cada vez somos más los sordos voluntarios: insatisfechos espíritus
rebeldes para quienes la voz multitudinaria deviene absurda.
Va por nosotros: destinatarios del silencio político
contemporáneo; antihéroes de la realidad.

Sencillo, común, breve, emotivo, falaz y hasta demagógico si es preciso: así debe ser el discurso político con miras a cosechar el alienado aplauso social. Dentro de lo que hoy se entiende por política, la voz –quiero decir, la opinión y su consecuente postura– se impulsa y fluye gracias a los intensos vendavales de lo comúnmente aceptado como verdadero. El orador político, cual avezado marinero, sabe perfectamente que para avanzar es necesario, aún contra su voluntad y hasta en respuesta al instinto de supervivencia, colocar sus velas en la misma dirección en la que sopla el viento comunitario. En detrimento de cualquier tipo de progreso, y por desgracia para los más versados oídos, desde que la política fue sustituida por la simulación es la dinámica social quien marca la pauta del discurso político –como si la misma fuese un parámetro verdadero o cuando menos válido-.

Tradicionalmente, pues, los discursos políticos están dirigidos a las masas, a las mayorías y, por definición, no a todos. Existe un reducido –aunque no por ello menos importante– sector social que, al apartarse del común denominador, esto es, al ser distinto, no interviene –si quiera como espectador– en el “proceso comunicativo” pobremente sostenido en los distintos escenarios políticos. Quienes forman parte de este sector y, en medio de la espesa oscuridad social, prescinden del alumbrado colectivo para abrirse paso con luz propia, son injustamente olvidados por la discursiva política de nuestros días: después de todo –dirían los politiqueros por excelencia– ellos no son sino el costo del beneficio, la débil oposición, la minoría electoral, la parte inconveniente, los destinatarios del silencio político. Tal parece que en política, así como en las recalcitrantes religiones, pensar diferente –o sea, de forma impopular– constituye uno de los más graves pecados.

Más allá de que la naturaleza del discurso político moderno desenmascare, además de una población acomodaticia, a nuestra praxis política rodeada de cuanta pantomima exija la coyuntura social, tratándose de los destinatarios políticos es preciso preguntarse: ¿qué sucede con todas las personas cuya definición se encuentra en categorías diversas y hasta opuestas al populismo? Simplemente, hasta el día de hoy, no tienen cabida alguna dentro del tablero político nacional, pues basta con apegarse a las convicciones personales y perseguir la verdad, la corrección o el progreso –fines que, por cierto, son altamente impopulares– para ser desterrado de la “cosa pública” (en México, hacer lo correcto y mear contra el viento, es lo mismo: no entender esta equivalencia es pecar de ingenuidad).

A esto obedece la necesidad de extender el discurso político hacia todos aquellos que, por cargar con la “culpa” de no ser uno más, se ven impedidos para involucrarse activamente en la política mexicana –sobre todo en la de carácter partidario–. La auténtica y verdadera voz –esa que se apodera del ambiente, no para persuadir, sino para convencer– tiene la característica de tocar a todos sin excepción alguna, máxime cuando alude a temas de relevancia política. Por ello, es momento de entintar y transcribir el mensaje contenido en el prolongado silencio del que constantemente es objeto el “costo social”. Es momento de convertirnos en el megáfono de lo impopular, en la voz de aquella minoría que no comulga con ninguno de los discursos políticos diariamente divulgados, en la oportunidad de que la intrínseca autonomía de los seres distintos no se traduzca en aislamiento y en el aliento del pesimismo sistemáticamente instalado en las mentes más genuinas.

Me refiero a ustedes: a ti que eres indiferente, no por falta de talento o mérito, sino por discrepar del resto de los individuos; a ti que eres objeto de crítica, no por vivir indigna o deshonestamente, sino tan sólo por defender a toda costa tus ideas y mantener tu dignidad; a ti del que todos se burlan, no por actuar graciosa o estúpidamente, sino por honrar la corrección y el esfuerzo personal, despreciando la ley del menor esfuerzo; a ti, el sumergido en la infelicidad, no a consecuencia de cuadros depresivos ni de reflexiones existenciales, sino por haber nacido en un mundo donde nada reconforta; a ti que elegiste la soledad, no por inseguridad u odio a la humanidad, sino por el saberse nacido antes o después de tiempo; a ti que te encuentras en la estrechez económica, no por conformismo o pereza, sino por carecer de un apellido reputado y haber rechazado la vía del compadrazgo; a ti que en más de una ocasión has experimentado un profundo enojo, no por envidia o arranques deliberados, sino por contemplar cómo inmerecidamente otro porta la corona que en justicia te pertenece; a ti que estás loco, loco enfermo de cordura, no por enajenación o debilidad mental, sino por supervivencia; me dirijo a todos ustedes, a nosotros, los olvidados, por paradójico que para un político parezca.

Escuchemos con atención como el silencio político nos habla: “algún día los valores dejarán de ser simples ornamentos morales y cobrarán plena vida; algún día todo será distinto, los menos serán los más, y los hombres superiores gobernarán” –nos advierte suave pero firmemente–. Y es que el silencio político, más que un acto de exclusión, para nosotros, sus destinatarios, representa el campo fértil en el que nuestras semillas –venidas al mundo en forma de acciones– rendirán sus frutos: es el vacío espacial dispuesto a ser ocupado por nuestros discursos, por la política que tanto ansiamos. Prestemos interés al silencio político: disfrutemos cada tramo de ese sosiego donde la demagogia es inexistente, donde el gobierno no es tarea de todos, donde el progreso humano es el centro de gravedad político, donde el mérito es reconocido y no minado, donde la gente va al discurso y no a la inversa, donde las personas dependen de sus actos, donde la desigualdad se afirma y se regula, y donde, en fin, la simulación es tan sólo una palabra más en el diccionario. Sintámonos dichosos, pero sobre todo comprometidos, por ser destinatarios del actual silencio político.

Tal vez este llamado, proveniente de alguien que se dice ser político, sorprenda a más de uno, pues hasta el momento no existe voz que unifique la valía de quienes, deliberadamente y en términos políticos, residen en la opacidad social –pocos son los que no temen al fusilamiento de la mayoría, los que renuncian a los beneficios de la “normalidad”–. En los discursos diametralmente opuestos a toda clase de populismo, se halla el germen de una política superior. Por eso estoy cierto de que el silencio político hasta ahora transcrito algún día será colmado por mensajes, aunque impopulares, de gran provecho social. Tan sólo es cuestión de que los menos alcemos la voz y así conquistemos cada segundo, cada minuto, de escrupuloso silencio político.

Escuchemos y conservemos cada trozo de silencio: llegará el momento en que el mismo será la premisa de una mejor política y de una mejor realidad. Todo cuanto existe previamente tuvo que ser su opuesto, es decir, nada.


Imagen: http://www.forbes.com.mx/tag/politica-ficcion/#gs.OQOHFbQ

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