Tradiciones

Por Brandon Ramírez

 

Comenzaré con una obviedad: esta semana inicia el último mes del año. Usualmente el periodo vacacional de invierno, durante el que se dan muchas celebraciones, suele acercar a las familias en torno a cenas, intercambio de regalos o fiestas.

Cuando se es niño y las familias comparten la tradición de festejar la Navidad, incluyendo los regalos puestos bajo el árbol el 25 de diciembre, o bien el 6 de enero cerca del Nacimiento, sin duda lo que más se espera son dichos obsequios. Vivir esa sensación de asombro, o verla reflejada en otros, es una razón suficiente para hacer de dichas fechas memorables.

Conforme crecemos, los regalos que aparecen ante nosotros como respuesta a una carta en la que depositamos nuestra fe, desaparecen, pero igualmente disfrutamos de la temporada decembrina. En primer lugar, porque suponen vacaciones de la escuela y por las reuniones organizadas muchas veces con el pretexto de las posadas con nuestros amigos o familia.

Mientras más tiempo pasamos en la vida, sufrimos pérdidas y vamos madurando (unos más, otros menos), y podemos apreciar más la razón por lo que muchos de nuestros padres seguramente nos repetían: la familia es primero.

Diciembre, desde niños, es una temporada que suele generar calidez en la mayoría de los hogares, más allá del ponche y las chimeneas: una época sólo recibimos los regalos, otra nosotros somos quienes los ponemos bajo el árbol; pasamos de golpear las piñatas a ser quienes las hacemos o compramos, y quienes las movemos de un lado a otro mientras los ahora niños las rompen, mareados y desorientados; y en todo, lo que siempre se mantiene es que estamos con nuestra familia.

Otras culturas suelen ser distintas, los jóvenes tienden a dejar su hogar pronto, mientras aun estudian, y estas feches suelen ser de las pocas ocasiones en que les es posible reunirse con sus familiares. Para nosotros, lo más cotidiano es ver familias conviviendo en el mismo techo diariamente, a veces no sólo en el círculo nuclear, sino con tíos, primos o abuelos, y en ese sentido ver menos significativo las cenas entre todos.

Y para bien o para mal, nos acostumbramos a esas tradiciones propias de cada familia, al grado de que podemos echar de menos cuando no las llevamos a cabo. Algunas familias mantienen el sentido religioso de las festividades, que incluyen los rezos y cánticos, así como las piñatas de siete picos. Otros, como suele suceder también con el día de muertos y halloween una mezcla entre celebraciones de distintos orígenes culturales, y otros más, simplemente adoptan algunas prácticas tradicionales como las piñatas, que han dejado en su mayoría aquellos siete picos para adoptar formas de temporada, como los personajes de películas animadas del momento, superhéroes o prácticamente cualquier otra (además, creo que un buen número de nosotros hemos hecho nuestra propia piñata, con una olla de barro o globo recubierto con papel periódico); se dejan de lado los cánticos religiosos para simplemente amenizar la convivencia con la música de temporada.

Igualmente lo hacemos el último día del año, quienes acostumbran realizar una cena para conmemorar el inicio de uno nuevo. Las uvas en las que depositamos un deseo o propósito, los intercambios de regalos, las listas muchas veces demasiado ambiciosas de cosas por hacer en los siguientes doce meses, etcétera.

Hasta donde recuerdo, el significado del término meme dado por Richard Dawkins se refería a los medios por los que se transmiten las prácticas culturales, como los genes hacen con información biológica a los nuevos seres humanos. Hoy en día utilizamos dicha palabra para referirnos a cualquier viñeta o fotografía con texto, casi siempre cargadas de ironía o humor; pero en el sentido original, todas las prácticas enlistadas hasta ahora: las cenas, posadas, piñatas, brindis, cánticos, intercambios, etcétera, son precisamente las formas que cada familia adopta y adapta tradiciones culturales en las que busca incluir a los niños, jóvenes, o miembros nuevos de la misma.

Hay familias que año con año asisten a sus iglesias en fechas específicas con carga religiosa, otras que asisten a los desfiles militares, quienes cada fin de semana conviven con sus padres y abuelos, otros que en las vacaciones siempre van de viaje, otros más que no festejan nada en el mes de diciembre, y en general ninguna celebración ni religiosa ni civil. Al final, los memes, a diferencia de los genes, transmiten información y buscan influir en nuestra formación social, pero en última instancia decidimos cuáles adoptar, no como nuestro color de cabello u ojos.

Los modelos propios de familia, que antes eran guiados por aquella frase “hasta que la muerte los separe”, cada día es más obviada como algo simbólico que como un imperativo moral. La propia figura del matrimonio lo es. Afortunadamente, hemos avanzado incluso en lo que aceptamos como parejas, obviando cada vez más que no todos los seres humanos, igual que muchas otras especies animales, son heterosexuales. Porque al final, nuestra cultura va modificándose cada día, generando nuevas definiciones de lo que es normal y no. Ahí han fallado algunas religiones, que parten de la idea de imperativos eternos, que se suponen deberían seguir tan vigentes hoy día como lo fueron hace siglos, cuando la realidad social era distinta.

Terminaré con otra obviedad: nuestra familia es la única formación social a la que siempre pertenecemos. En un principio no la elegimos, como a nuestros amigos, algunas tienen más problemas que otros; otros adoptan a sus amigos y los hacen su familia. Aunque también hay quienes renuncian a ésta, cambiándose incluso los apellidos, pero, por muy romántico que suene, siempre la llevamos dentro, en la información genética que nos trasmitieron nuestros padres y las prácticas que, para bien o para mal, nos inculcaron. Y si bien cada día es una oportunidad de acercarnos con nuestra familia, el pretexto de la temporada decembrina es bueno para hacerlo aún más.

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