Todos juntos

Por Brandon Ramírez

 

El pasado fin de semana concluyeron los Juegos Olímpicos, a los que a priori se les veía con recelo por todos los problemas internos y organizativos del país anfitrión. Sin embargo, en términos generales, no decepcionaron, e incluso ganaron un grado de emoción al ser las últimas competencias de este tipo en que participaran Michael Phelps y Usain Bolt.

Fuera de todo lo deportivo; este evento, al reunir a participantes de todo el mundo, y en el que a diferencia de otros, como el mundial de futbol, hay múltiples ganadores, y los himnos nacionales que resuenan en cada premiación, enfatiza la pertenencia nacional de cada atleta o espectador.

Este tipo de eventos siempre hacen que vengan a mi mente ideas sobre el devenir de nuestro mundo. La interacción entre personas de culturas tan distintas, con idiomas diferentes, pone de manifiesto un problema que el esperanto trató de paliar, que es la barrera de la comunicación. El inglés se ha impuesto desde hace décadas como un estándar para los entornos internacionales, y aunque los avances en la tecnología ya han brindado alternativas disponibles de traductores instantáneos (que permiten hablar a través de él y emitir nuestro mensaje en el idioma de nuestro interlocutor), todo parecería indicar que terminará imponiéndose como segunda lengua de todo el mundo no anglosajón.

Esto no parece que vaya a ocurrir en el corto o mediano plazo. Como ejemplo tenemos a la Unión Europea, que entre la multiculturalidad de las sociedades que la componen, aún no parece existir un proyecto de unificación idiomática. Más difícil será que ocurra a nivel global, donde incluso se carece de una estructura política e institucional de tal nivel.

Para que esto ocurra, probablemente tendrá que existir en un contexto en el que, por fin, nos asumamos a todos como especie humana, un “nosotros”. Históricamente, algunas naciones han surgido precisamente tras una identificación de la otredad con otras sociedades (para que ocurra a nivel planetario, probablemente necesitaríamos conocer una especie extraterrestre que podamos identificar como la otredad, que nos defina por oposición como un “nosotros”, algo que quizá nunca suceda) o bien, cuando una estructura política fomente dicha construcción.

Sabemos que uno de los papeles de los Estado-Nación modernos, es precisamente fomentar la creación de un sentimiento nacionalista. A través de la propaganda, mitificación de la historia y adopción de elementos culturales para este fin, logran naturalizar una serie de valores simbólicos y culturales dentro de la sociedad, y crear dicho sentimiento.

Algunos trabajos historiográficos señalan que lo que hoy llamamos México, por ejemplo, vio pasar el siglo XIX sin que una nación surgiera en su territorio, a pesar de que el movimiento de independencia se dio a comienzos del mismo. El Estado mexicano comenzó a consolidarse tras el proceso revolucionario de principios de siglo, y con ello, haciendo uso de la influencia estatal, y la omnipresencia del gobierno, así como hegemonía de un solo grupo político, el discurso revolucionario sirvió de base para la creación de una nación, así como la adopción de nuevos elementos culturales, que fueron asimilados y aceptados por los distintos grupos de forma gradual.

Evidentemente, la globalización ha puesto los primeros pasos hacia este camino, aunque aún sean ínfimos e imperceptibles. Si llegásemos a ese punto, seguramente será dentro de algunos siglos más, construyendo una sociedad global, multicultural, pero con un idioma y valores generalizados, con una organización política planetaria. También está el escenario de la continuación del estado actual de las cosas, con conflictos internacionales irresolubles que eviten una integración. O bien; la extinción de nuestra especie antes de llegar a dicho punto, lo que podría ser más próximo con el cambio climático y deterioro general del medio ambiente.

Personalmente, me gusta pensar que la primera idea llegue a ocurrir, aunque evidentemente sea imposible que la viva. Tras todos los siglos de guerras, y la situación actual, pensar que esto pueda llegar a ocurrir es algo emocionante.


Referencia: Pérez Bejo, Tomás; “Construcción de las naciones como problema historiográfico: el caso del mundo hispano”; Revista historia mexicana, COLMEX, III, 2, 2003, pp. 275-311.


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