Te pido perdón

Por Alexis Bautista

Tengo una abuelita, tengo a mi madre, tengo tías, primas, amigas, y hasta una novia, a quienes amo. Será por eso, o vayan ustedes a saber por qué razón, que luego de la estremecedora noticia del último feminicidio que conmovió al país —que no el último que ha ocurrido, y segura y lastimosamente no el último que ocurrirá— provoca que cuando salgo a la calle me invada una irremediable vergüenza si por casualidad cruzo la mirada con alguna mujer.

Pensándolo bien, quizás esta sensación no tenga tanto de misterio. Es entendible que si en mi vida cotidiana estoy rodeado de mujeres a quienes no solo amo, sino que admiro, sea para mí vergonzoso ser identificado en la calle como un individuo representante del género que las está matando a diestra y siniestra. En ocasiones, por pura demostración de respeto y dignidad que quisiera demostrar hacia ustedes las mujeres, me pienso en la calle pidiendo perdón en nombre de aquel que les dirigió una mirada lasciva mientras conducía imprudentemente su vehículo; en nombre de aquel que se acercó —también lascivamente, para no variar— a ustedes en el metro con la infantil y primitiva creencia de que esa acción les provocaría algo agradable y no más bien la repugnancia que les causa; en nombre de aquel que fatídicamente las secuestró, primero, para violarlas, después y finalmente asesinarlas; en nombre de aquel que (igual de imbécil que los otros) hizo caso omiso a las denuncias y consideró que magrear a una mujer contra su voluntad no es un acto violatorio si no existe la penetración; en fin, una disculpa a título personal por haberme referido hacia ustedes, en otro tiempo, de la forma: «está bien buena esa vieja» o «qué buenas nalgas» y no haberme dado cuenta sino hasta tarde que por ahí se empieza con la violencia de género; con la violencia hacia ustedes, porque claro, al estar sumergido en un ambiente machista no es fácil notar lo violento de esos comentarios y desprenderte de ellos.

Sin querer justificar estas conductas, admito que de pronto resulta un tanto complicado darse cuenta de lo mal que hacemos con un “simple”, y hasta en apariencia, “inocente” comentario cuando crecemos oyéndolo de nuestros familiares, vecinos, amigos, etc. Se requiere de un poquito de esfuerzo reflexivo (y en ocasiones, aprender a la mala, cuando de quien se expresan así es de tu propia madre, hermana o alguien para ti querida), para realmente comprender que estos patrones acarrean mucha de la culpabilidad en cada uno de los feminicidios que hay en este país. Nos cuesta trabajo entender que la repetición de prácticas patriarcales y machistas de dominación nos afectan tanto, no solo por la ya terrible violencia incontenible hacia las mujeres, sino porque cada una de estas muestras de violencia hacia ellas (y quiero aquí subrayar que los “inocentes” comentarios antes mencionados también son formas de violencia) nos arrastran cada vez más e inexorablemente, al empobrecimiento, la degradación, bajeza, barbarie y cualquier otro adjetivo de grado inferior a los de la virtud, de nosotros los hombres mexicanos que parece equivocadamente vivimos en este siglo XXI.

La “normalidad” establecida en sociedad que vemos cientos de veces con respecto a cómo nos referimos a ellas, cómo se les mira, cómo se les trata, ¡cómo se les cosifica!, no nos permite ver que esa misma aceptación, por “normal”, conduce a la lamentable asiduidad con que se les está matando: en promedio cinco mujeres asesinadas a diario, según informes oficiales (vayan ustedes a saber todos los casos que no se saben).

Pero si es complicado apartarse de esa configuración machista en la sociedad, una vez logrado ese desprendimiento consciente, creo que podemos, con acciones pequeñas y sencillas, afrontarla. Comencemos, por ejemplo, por dejar de decir a los pequeños que el sexo débil son las mujeres o que los niños no lloran, solo las niñas; o dejémosles de inculcar que solo las niñas hacer labores domésticas y no los niños. Ya más grandes, dejemos de festejar al compañero que pudo llevarse a la cama a más chicas del salón en una fiesta; dejemos de repetir esos pronunciamientos que cosifican a la mujer cuando se les percibe como objeto sexual: «qué buena está». En lugar de ello, tratemos de ver como irresponsable ese que alardea de tener a tantas chicas en una noche; hagamos que se avergüence aquel que por error y primitivamente se exprese de forma sexual de una mujer, lo mismo que quien en la calle vuelve la mirada y casi se tuerce el cuello por ver las nalgas de una chica. Comencemos, pues, de a poco, tratando de cambiar esas prácticas en uno mismo para generar conciencia de lo crítica que es la situación de las mujeres en México y lo responsable que cada uno de nosotros somos por permitirlo.

Es una pena que tú, mujer, cuando sales a la calle y por pura coincidencia cruzas mirada conmigo, veas en mí a un hombre potencialmente peligroso por ser un posible violador, un posible asesino; y no te culpo, a pulso lo hemos ganado. Pero quisiera que luego de esto que escribo me puedas ver más bien como un cómplice que le preocupa lo que vives a diario y de una u otra forma combate junto a ti esta terrible situación. Estas líneas interprétalas como un PERDÓN por todo esto. Y si por casualidad nos cruzamos en la calle, ojalá logres ver en mí, ya no a un amigo, sino por lo menos a un aliado, pues no te prometo más que el trato digno que mereces.


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