(Tal vez) Allá nos recuerdan también.

Por Guillermo Alvarado

 

6:17 marca el reloj, una hora común en un mundo común. Las aves buscan frenéticamente donde pasar la noche, las aves son amantes provisorios, es parte de su naturaleza el cambiar de nido constantemente, cambiar la rutina, un día están en un parque y al siguiente en otro, y así, sus nidos varían según su humor, he conocido personas que tienen similar actitud al elegir morada, pareja o trabajo.

El sol se fragmenta, la luz se deflacta, un millón de colores se opacan mientras la noche va tomando posesión de la tierra prometida, la iluminación artificial se hace presente, convierte todo objeto en una farsa de lo que a luz de día es, un cesto de basura se convierte en un deposito de ideas desechadas, un televisor apagado en un enorme espejo negro, una navaja en el mejor confidente.

El sonido detrás de las ventanas, llega a mis oídos como el murmullo de mil voces, cantando la eterna letanía indistinguible, un rezo idiota e inútil, un pregonar a través de teléfonos celulares, tabletas electrónicas, llantas de autobús, frenos de automóvil, timbres de bicicleta. La vida se convierte en un ridículo espectáculo y su banda sonora es agridulce y tristona.

La luz natural es por fin vencida por la falsedad que emiten las bombillas. Un trajinar de camiones va y viene, todo tiene su ritmo, cada cara es iluminada por la falsa luminiscencia  de la pantallas, un mundo encerrado en cristal, un mundo ficticio donde la gente es quien desea ser pero jamás será.

Hombres y mujeres grises, sin edad, sin ambiciones, caminan penando una vida que no desean, penando su desgracia sin hacer nada para mejorar, tampoco pueden empeorar, la vida es un eterno camino al Mictlán. Un camino infinito a lo imposible.

Aquel viejo camina lento, luchando contra el peso del tiempo, sus huesos frágiles como el viento arrastran los despojos de una vida, un saco de huesos y carne tullida. La noche lo cubre, le maquilla las arrugas, le acentúa la figura, de repente las sombras lo asfixian, su mirada se proyecta y entre la penumbra busca ayuda, el auxilio no se hace esperar, unos brazos y manos lo tienden en el suelo. El viejo no pronuncia palabra alguna, tan solo un gesto de gratitud para aquellos que lo ven expirar justo en la calle. Una muerte fulminante, unos ojos que se apagan y un cuerpo que se enfría, un cuerpo débil y cansado.

Entonces en otro punto del universo, o quizás en otra dimensión o tiempo, aquel hombre viejo, abre los ojos dentro de un útero, ve sus diminutas manos, ve las paredes colapsando, escucha gemidos y gritos huecos, una voz que no dicta órdenes, su cuerpo entero es expulsado del cuerpo de su madre, nace con el grito de la vida, con el llanto que delata la tempestiva razón de vivir.

Y mientras en aquel otro lugar donde partió, su triste cuerpo, despojo de carne es sepultado, con un mal epitafio tallado en una lápida donde apunta fecha y nombre del extinto, un pequeño grupo de personas le lloran amargamente, la lluvia ayuda a asentar la tierra de su modesto sepulcro. En otro lado sus labios tiernos y hambrientos reciben el seno materno, y con el primer chorro de leche, los recuerdos de una vida/muerte anterior desaparecen.

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