Subliteratura y superliteratura

Por Fernando Rocha

 

Distinguir otorga identidad: para que haya literatura no debe haber subliteratura ni superliteratura pero sí deben existir éstas pues, de lo contrario, no habría nada. La esencia literaria deviene por su contraste con sus coterráneas.

Más acá de una gradación de la literatura para propósitos elitistas y más allá de una tipología literaria para estudios académicos, distinguir las mutaciones de la literatura maximizará sus apreciaciones estéticas y fines metafísicos.

La literatura se fracciona conforme a la magnitud de su areté —combatir la angustia por la finitud humana—: o se minimiza en la subliteratura o se maximiza en la superliteratura. Anteriormente se mencionó que toda obra literaria está constituida por un fondo y una forma, donde la areté literaria descansa sobre el fondo al éste presentar una historia que relegue la angustia o una idea que la afronte; y donde la forma consiste en la normativa, técnica y estilo empleados en la obra.

La subliteratura o paraliteratura no es una degradación literaria ni es literatura degradante, su fin no es un consumo masivo y su causa no es comercial, porque la subliteratura continúa siendo arte de la expresión verbal. Todo lo que cumpla la areté literaria mediante la palabra, es literatura, por lo que el fin de la subliteratura es el mismo que el de la literatura: combatir la angustia por la finitud. Asimismo, se ha considerado que los textos dirigidos al público infantil y juvenil pertenecen, por antonomasia, a la subliteratura. No obstante, este aprecio es de un elitismo intelectual que considera que el contenido textual para niños y jóvenes es inferior por ser menos erudito y especulativo, cuando estas cualidades son genéricas pero no esenciales de la literatura infantil y juvenil (LIJ), cuando esto es meramente cualitativa a LIJ pero de ello no depende su funcionalidad.

Si la areté literaria descansa en el fondo de la obra, la distinción descansará en la forma.

Una obra es subliteraria cuando su normativa, técnica y estilo (principalmente estos últimos) minimizan su areté literaria, cuando minimizan la capacidad de su historia para amenizar la angustia por la finitud o la capacidad de la idea para afrontarla. Esto sucede debido a que el fin de la subliteratura —a pesar de ser el mismo que el de la literatura— se realiza con mayor determinación, es decir, no da cabida a la multiplicidad, por lo que en estas obras no hay interpretación. El autor detalla en la obra lo suficiente como para que exista un reducido número de lecturas posibles. De esto se infiere que las obras subliterarias buscan—dentro de la areté pero más que a ella— ser comprensibles, se buscan. Y las obras, al buscarse, limitan al lector.

Si la subliteratura hace manca a la imaginación del lector y, por lo tanto, minimiza la historia o idea que aquél pueda emplear contra la angustia, la superliteratura es el extremo opuesto.

Una obra es superliteraria cuando, por sí misma, es capaz de maximizar su areté al  multiplicarse mediante su deconstrucción. Si las obras literarias tienen una interpretación en cada lector, las superliterarias tienen un infinito en cada uno. Las obras superliterarias multiplican su infinito pues su forma permite una inmensa diversidad de interpretaciones de las historias y/o ideas presentadas. Ejemplos de ellas son Rayuela de Julio Cortázar y Blanco de Octavio Paz donde incluso se emplea tinta roja para dar identidad a una parte del poema para que éste pueda conjugarse con la parte de tinta negra o autonomizarse de ésta. El fin de las obras superliterarias se realiza con mayor libertad, con más posibilidades, por lo que posee mayor potencial para efectuar la areté literaria. El autor, mediante la forma, no específica un fondo para la observación del lector. Por último, se infiere que en las obras superliterarias el lector se busca. Y el lector, al buscarse, hace ilimitada a la obra.


Imagen: https://abooknirvana.files.wordpress.com/2015/10/book-774837.jpg

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