Sonidos de desigualdad

Por Alexis Bautista

«Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de
fierro… (completa, lector, la frase)».
Muy probablemente, mientras leías el pregón anterior, lo hacías con el mismo ritmo
y hasta el tono con que solemos escucharlo casi a diario en plenas calles de la ciudad de
México. En un principio, pensé que la ya celebérrima grabación del pregón de esta niña era
exclusiva de los suburbios del valle de México, pero más tarde comprendí que no, pues
también en colonias cercanas al primer cuadro de la ciudad se puede escuchar dicha
grabación.

Y a propósito del primer cuadro de la ciudad, un sonido muy característico que podemos escuchar en calles aledañas al zócalo capitalino es el de los melancólicos (o al menos así es como yo percibo ese sonido) organillos manuales, de los que, aunque frecuentes de escuchar por esa zona, casi todos podemos augurar su eventual desaparición como mero recuerdo del instrumento que bien te hacía caer en cuenta de estar en el corazón de la ciudad, junto a los tradicionales organilleros uniformados de color caqui, claro está, quienes los hacen sonar.

Otro de los ruidos característicos que se pueden escuchar en esta caótica ciudad es el
de la clásica campana que anuncia que puedes deshacerte de tus residuos. Con suerte, para
los pobres animalitos (y para quienes somos amantes de ellos), lo que se avecina cuando se
escucha esa campana es un camión para recoger la basura y no más bien un flaco y débil
caballo o burrito famélico, en paupérrimas condiciones, que apenas puede sostenerse a sí
mismo en pie y que, sin embargo, va jalando con dificultad, de esquina a esquina, la basura
generada en las casas aledañas a la tuya (sugerencia, no depositen su basura en esos carros,
el animalito que va jalando se los agradecerá infinitamente —quien lo conduce no tanto,
pero al menos este tiene menos reducidas las oportunidades de acción que aquel).

Y qué decir del clásico: «hay tamales oaxaqueños, tamales calientitos» o el típico
sonido espantoso que parece tiene su origen en una escandalosa flauta desafinada, pero que
más bien anuncia la venta de camotes. Si bien no son todos los ruidos que a diario
escuchamos en esta ciudad, creo son los más comunes. Lo que sí afirmo es que todos estos
sonidos que describo son, tristemente, tan comunes que puedo asegurar que cualquiera que
haya vivido en esta ciudad, o la haya visitado, los ha escuchado alguna vez y por lo tanto
sabe de lo que le hablo.
Si se me pidiera la opinión de estos (y aunque no sea el caso, este es un buen
momento para hacerlo), bien pudiera decir que evidentemente —a excepción del sonido
generado por el organillo— todos son ruidos espantosos y desagradables que en nada
benefician a la salud mental y nervios de quienes residimos en esta ciudad. Por el contrario,
estos ruidos contribuyen a la de por sí grave contaminación auditiva que a diario nos toca
sufrir, pues, por supuesto que no tienen nada de armónicos; claro que no son agradables a
nuestro sentido auditivo y las más de las veces, por no decir siempre (al menos a título
personal) terminan por desconcentrar de la actividad que se realizaba, al grado de tener que
esperar a que el sonido mitigue con forme se aleja, para poder continuar en lo que se estaba.
Pero, a excepción del sonido del organillo, que por lo demás, siempre habrá a quien
le disguste, de un tiempo a la fecha me he dado cuenta de que todos estos sonidos tienen
una característica en común: todos son ruidos sombríos, lúgubres, melancólicos; porque
más allá del gusto o disgusto que provoquen, estos descubren un estado de desigualdad que
literalmente pide a gritos ser escuchado. Detrás del pregón de la niña que compra
colchones, etc.; detrás del sonido de organillo; detrás del ruido de la campana y de los
demás sonidos que he descrito (y de los que no, también) se revela la falta de oportunidades
para poder desempeñar un mejor oficio. No debiera ser motivo de gracia escuchar que en
más y más colonias de la ciudad son más frecuentes estas grabaciones, porque ello se
traduce en que cada vez más personas se encuentran en estado de desigualdad, quienes,
para ganarse la vida, tienen que hacerse oír de una u otra forma. Tienen que
desconcentrarnos de nuestras actividades diarias para recordarnos que no todos corrimos
con la misma suerte; para sacudirnos (al menos por un pequeño instante) y poder
preguntarnos desde nuestra posición, ¿qué estamos haciendo como sociedad para cambiar
este infortunio de algunos, que son los más? ¿Qué estás haciendo tú, que me lees, para que
eventualmente dejemos de escuchar estos sonidos de desigualdad?


Imagen: https://drive.google.com/drive/u/2/folders/0BydbL6KctwdCWE1pRXJDelBJaUE

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