Solo

Por Guillermo Alvarado

 

Contaba los días, no, primero contaba las horas. Al estallar la guerra contra los no-muertos, fuimos llevados a refugios. Era joven en aquel entonces, pude resistir el comer poco, el dormir poco, el pensar poco en el futuro. De antemano supuse lo peor, viviría poco.

Oleadas de muertos eran inmediatamente incineradas, el poco tiempo que se permitía salir de los refugios se percibía un olor calcino, cenizo, el cielo lo cubrían nubes grisáceas, el sol parecía estar también encerrado. Así fue mi infancia. Contaba las horas para que el día durara menos y se volviese otro día nuevo, y cada vez pasara más tiempo y nos alejara del presente, el terrible presente que nos sumía a todos en decadencia.

Las horas se volvieron días, los años se llevaron a mi familia, mi hermana menor, mis padres, habían muerto en los primeros ataques, no me gusta recordar lo que sucedió. Ese día mi padre regresó temprano del trabajo, estaba agitado, luego él y mi madre discutieron en la sala, pero desde nuestro cuarto se escucharon sus palabras, nos iríamos, ese mismo día, teníamos que escondernos, la amenaza se había disparado en la ciudad vecina; estábamos a tiempo, las noticias intentaban contener la alarma, sólo había películas o música en la televisión, mi padre entró por nosotros, mi madre lloraba, mi hermana, asustada, tomamos una mochila, metimos allí lo que nos daban, un poco de ropa, lámparas, documentos, dinero.

Salimos, atardecía, subimos al auto, de pronto vi acercarse al vecino, el Sr. P tenía sangre en su boca, no pude decir nada, estaba asustado, mordió a mi madre mi padre le reventó la cara con una pala, nos empujó en el auto para que no miráramos. Mi madre lloraba agitadamente, mi padre estaba con sangre en su camisa, se miraron, no dijeron nada, el subió al auto, ella se alejo unos pasos, encendió el auto y puso los seguros, mi madre solo nos miraba de lejos y desapareció con la distancia. Por nuestro camino vimos situaciones similares.

Mi padre fue a la guerra, nos dejó a cargo del director del refugio, el plan era quedarnos con mi tío A. pero nunca llegamos, en la radio nos enteramos que su ciudad había sido puesto en cuarentena, en la carretera nos desviaron al refugio próximo.

Llegamos y sólo el primer día, fue atacado dos veces por los no-muertos, el refugio necesitaba hombres para defenderlo, mi padre fue elegido, por un tiempo estuvo bien, mi hermana y yo ayudábamos en la comida o en otras tareas, al paso de la semanas, nos acoplábamos a la rutina, a la costumbre de tener miedo.

Mi padre murió dos semanas después de llegar al refugio. Lo incineraron en el campo y nos dieron una banda de tela con su nombre en ella. Pasamos a ser miembros activos del refugio, mi hermana fue llevada a un internado apartado de los puestos de mando y las grandes concentraciones de gente. Nos despedimos, le di la banda con el nombre de nuestro padre, la abracé y la besé, lloramos. Se sumó con un grupo de niños y niñas de su misma edad y tomaron un camión custodiado por un convoy de militares, no volví a saber de ella, en el refugio se contaban cosas, cosas horribles, la versión oficial es que llegaron y estaban a salvo cerca del monte T, otros dicen que nunca llegaron, que fueron atacados por los no-muertos, otros dicen que fueron interceptados por rebeldes, gente desesperada por recursos; y ambiciosa, algunos otros dicen algo peor, que fueron los mismos militares quienes llevaron a los niños para sus propios propósitos y necesidades.

Al principio me cubría los oídos, ignoraba los rumores, al paso del tiempo, deje de escucharlos, y deje de escuchar muchas cosas más, solo hacía lo mismo una y otra vez, día y noche; dormía poco, hacia mis deberes, comía poco, bebía poco, poco a poco veía a la gente ir y venir; dejaron de venir, y sólo se iban, el refugio tenía cada vez más camas disponibles. Al final pasaron años y fui electo para participar en la vigilancia y protección de los no-muertos. Para entonces quedábamos pocos, muy pocos.

Olvidé nombres, rostros, lugares, me olvidé de mis padres y de mi hermana, olvidé todo, olvidé a las personas en el albergue, me convertí en un no-muerto más. Al final, tras un descuido de la guardia en turno, algunos semi-infectados entraron al refugio, no era algo que no hubiera pasado en otros lugares, fue así como la guerra se perdió, descuidos o sabotajes, ganó la muerte.

Los no-muertos no podían celebrar una victoria, ellos terminaban de pudrirse al cabo de un mes, su actividad era errática y agresiva las primeras semanas, pero al fin cuerpos sin vida, caían al suelo por su descomposición y la naturaleza terminaba el trabajo, el cuerpo regresaba a la tierra.

Por alguna enfermiza razón no morí, algún resquicio de supervivencia salió dentro de mi y me empujó a esconderme en la cocina del refugio, allí permanecí por un par de días. Al salir no quedaba nadie, tampoco tenía noticias sobre algún refugio cercano con actividad. Me quedé, aseguré las cercas, limpié el lugar y amasé las provisiones en una sola sección del refugio; tendría comida para mucho tiempo, no lograba calcular cuánto tiempo.

Contabilizar el tiempo ya no me era familiar, jamás pensé en llegar a viejo, y ahora me disponía a serlo. Pasaron muchas lunas, sin actividad, los huertos crecieron desproporcionadamente, los caminos se borraron cuando se cubrieron de pastos y maleza, los árboles llenaron sus copas y yo crecí y mis raíces jamás se plantaron, olvidé como hablar, olvidé el sonido de las voces, y las palabras, crecí con libros como leña, con un jardín lleno de vida por arriba y de muerte por abajo, comía frutos y semillas, con sabores intensos y el espíritu de quienes dieron su vida por la mía. Y no morí.

El ruido creció, se hizo más intenso, más definido, eran diferentes tipos de ruidos, zumbaban, chapoteaban, penetraban la tranquilidad y la espesura del bosque, eran voces, encontraron mi refugio.

Había pasado tanto tiempo sin ver personas, sin escuchar voces, me asusté horriblemente, no recordaba siquiera porqué estaba yo allí, pensaba que siempre había sido así, sólo yo, solo en la nada, solo como Adán en un nuevo edén, ellos me encontraron, escondido en la cocina, alguien entró, nos miramos desconocidos, el uno del otro, él con uniforme y yo con la piel arrugada y apenas un trapo que me cubría el cuerpo. No hubo palabras o movimientos en falso. Él dio la media vuelta y salió de la cocina, escuché algunas voces y el sonido de pasos alejándose, sonidos de motor alejándose, hombres alejándose, salí despacio y apenas pude ver siluetas alejándose.

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