Sobreviviendo a la prepa: la camisa amarilla (#3)

Por Elisa Horta

Los parciales tienen algo que vuelven a los parciales en esta especie de desalmados seres que no tienen otra cosa en mente que no sea pasar. La sangre está ahogada en adrenalina, el cuerpo con cafeína al máximo y los sentimientos al borde de la explosión. Un pequeño error, una hora menos de sueño o esa mala calificación que ya te está condenando a una vida sin futuro es todo lo que se necesita para querer rendirse.

Es horrible, sí.

Hablo de experiencia propia y mis compañeros. Espero que no sea así en todos los bachilleraros del país. Eso sería triste.

Así que dejando perspectivas apocalípticas de lado, puedo confirmar que la imagen que he descrito anteriormente es una muy acercada a mi realidad.

Y eso que aún quedan las presentaciones.

Cada materia tiene su nivel de complejidad y el mismo número de créditos, ninguna vale más que otra (incluso cuando creemos que así sea) y todas merecen el mismo nivel de esfuerzo y dedicación. Pero las presentaciones pueden ser tanto las mejores como las peores, todo depende de la materia.

Hace ya unos días me levanté tarde, corría por la casa para alistarme mientras los nervios bullían en mi estómago. Sentía muy poco aire en mis pulmones y el cuello me dolía horriblemente, no era una buena mañana pero no podía dejar de pensar en esa presentación de psicología que tanto me emocionaba. El mejor equipo del grupo exentaba el segundo parcial y la competencia en el salón estaba prevista para ser feroz.

Excepto, que aún no lo era.

Falta de motivación no había, pero de cualquier modo todos deseábamos no tener que hacer ese examen por todo lo que valían nuestras pobres mentes estudiantiles. Pero por alguna extraña razón (yo la llamo conformismo) habían pasado los primeros cuatro grupos y aún no se veía uno digno de ser librado de la evaluación.

Claro que yo,  alumna y ser humano ridículamente competitivo, estaba listo para jalar y arrastrar a mi equipo al primer lugar a cualquier costo. No iba a dejar que perdiéramos.

Algunos dicen que tengo una ética de trabajo agresiva, demasiado intensa para ser práctica, pero hasta la fecha funciona más de lo que falla. Así que la conservo.

Volviendo a mi ajetreada mañana, me cambié y salí rápidamente de mi recámara para buscar mis zapatos antes de terminar de alistarme. Pasé volando por la cocina y lo primero que escucho es la voz de mi papá.

“Esa camisa está bonita.” Me dice mientras se encargaba del desayuno.

“Si.” Contesté, entretenida en el refrigerador por un momento. “Mi abue me la regaló.”

“Ponte una camiseta abajo.”

“No, así.” Claramente siempre estoy ignorando comentarios sobre mi apariencia. “No tengo.” Mentira, pero no quería ponerme nada abajo.

“Pues primero deberías conseguirte una y luego ponerte la blusa.”

Rodé los ojos, como buena adolescente que soy y me di vuelta sin decir mas.

De nuevo en el baño observo mi reflejo con curiosidad. La camisa, de un amarillo pálido y un estampado de lo que yo consideraba girasoles contrastaba con los pantalones negros y hacía ver mi piel más dorada de lo que era. Estaba pensada para combinar con mi porción de las diapositivas del Power Point que me pasé una semana diseñando. No veía el problema.

Hasta que encendí la luz del espejo.

Ah.’ Pensé. ‘Se me ve el brassier.’

Igual no me iba a poner nada abajo. Tengo el cuerpo de una mujer, mi anatomía indica que necesito ropa interior de acuerdo al desarrollo de mi cuerpo desde hace ya varios años. Yo no entendía qué había de malo, pero claro que sabía que era lo que otras personas podían ver.

Era exactamente lo mismo que veían las personas que le decían a mis compañeras que se les veían los tirantes de sus propios sujetadores, lo que veía la prefecta cuando llevábamos blusas de tirantes porque la primavera había llegado y hacía demasiado calor. Era precisamente lo que las tías de mi mamá vieron ese día de verano cuando llegué a su casa con una blusa muy “descolletada” (tuve que buscar la palabra, mi yo de trece años se sorprendió mucho cuando descubrió que para las hermanas de mi abuela era imposiblemente inapropiado que se me viera la garganta y las clavículas).

Se trataba de la base y fundamento de todo código de vestimenta de cientos de miles de escuelas alrededor del mundo. Ese mismo que en las sociedades occidentales decía que las niñas no pueden mostrar sus hombros, su estómago y las piernas más allá de las rodillas. Los que prohibían los vestidos de verano y el que le puso una amonestación a una de mis amigas en segundo semestre un día de junio cuando pensábamos en ir a nadar después del examen final de etimologías grecolatinas por haber llevado shorts a una evaluación de menos de una hora.

Siempre he considerado estos códigos absurdos, la ropa nunca me ha parecido un objeto de clasificación ni objetivación, pero conforme he ido creciendo me he dado cuenta de que parece ser exactamente eso.

Todos sabemos, y muy bien, de que estoy hablando.

La idea se coló en mi cabeza, y mientras presentaba frente a la pantalla y mis compañeros en el salón olvidé unas tres o cuatro oraciones completas por haber estado pensando en que muy probablemente alguien, dentro de esos veintiséis metros cuadrados, veía con ojos desaprobadores mi blusa porque se podía ver exactamente el color y la forma del sujetador debajo de la blusa.

A mi seguía sin importarme, pero claro que no pude ignorarlo hasta que llegué a mi casa.

Esa simple camisa amarilla, aquella que yo consideraba una de las  más bonitas que tenía desde que me la dio mi abuela la misma semana de mi presentación, se convirtió en la inspiración de esto que estás leyendo ahora mismo. Se trasformó en el núcleo de todo un debate con mis amigos después de clase por exponer las inseguridades de todos aquellos que nos atrevíamos a usar lo que se nos diera la gana porque entendíamos que no era más que tela usada para cubrirnos y que a veces podía fallar en esa misión y mientras estuviéramos cómodos con ello, estaba bien.


Imagen: http://www.womenworking.com/bad-day-heres-restart-time/

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