Sobreviviendo a la Prepa: Desde Cero (#2)

Por Elisa Horta

Las aventuras del bachilleraro (bachillerato) continuarán después de una bien merecida pausa comercial de casi dos meses.

Como he contado antes, el tiempo es el más grande aliado, y enemigo, que uno tiene en este crucial momento de la vida, y aunque no perdona definitivamente pasa.

No como varios de los profesores que pueden andar por ahí en los pasillos.

En fin, a pesar de que falte una considerable cantidad de tiempo para reanudar clases y comenzar con cuarto semestre me ha resultado prácticamente imperativo redactar otra reflexión que ha surgido en los pasados días de ocio.

Tengo una nueva oportunidad.

Yo y cualquier otro estudiante de cualquier otro nivel escolar que vaya a regresar a clases este enero.

Sea en bi, tri, cuatri o semestre tenemos que tomar el regreso de vacaciones como un comienzo nuevo, de los buenos. más que una especie de condena.

En el último mes me he estado preocupando por varias cosas que quizás no tengan mucho sentido, pero como siempre no falta el nuevo problema que surge y roba mi atención por completo… como seguramente le pasará a muchos. Ahora, mientras paso mi tiempo sopesando estos inconvenientes, a veces puedo llegar a perderme en mis propios pensamientos y comienzo a divagar por las profundidades de mi mente, encontrándome con toda clase de secretos y sorpresas.

Mi más reciente tesoro, enterrado entre cálculos olvidados de promedios y las notas mentales de las faltas que llevo y que me quedan, es la extraordinaria realización de que después de sobrevivir a un semestre, siempre vendrá otro.

Al menos por ahora.

Un nuevo ciclo escolar se parece mucho a un año nuevo, por lo que me ha parecido muy atinado cerrar el 2017 con el presente artículo.

Sin tener que escribir doce propósitos, aunque siempre es bueno tener metas; sin ahogarse intentando comerse doce uvas en menos de dos minutos, recordando que es importante tener siempre al alcance algo que llene nuestros estómagos; y exentos de otras tradiciones  que a veces no tengan mucho sentido para nosotros; pero no de los exámenes que están por venir… se vale sentirse como si lo que está a punto de iniciar fuera un año completamente nuevo. Prácticamente pasamos de nivel y tenemos otro día de nuestro lado que comienza con un amanecer que nos toca ver y que nos dice lo mismo a todos nosotros: empieza de nuevo.

Se aprende de los errores ya cometidos, o al menos se supone que uno se encarga de esa retrospectiva que le brindará mejora personal… supongo. Tenemos otras materias en muchos de nuestros casos, con suerte cambiamos de profesores y puede que hasta de compañeros con una que otra partida y varias llegadas. Si no cambiamos necesariamente de salón podemos “mudarnos” de lugar y hacer de nuestra nueva banca un pequeño refugio en el que sin duda atravesaremos y sobreviviremos desde las más pesadas tareas y los más brutales exámenes hasta ataques de risa incontrolables o alguna que otra sesión de llanto (porque, ya saben, un estudiante tiene que externar sus emociones de vez en cuando, ¿no?)

Lo que más nos gusta del año nuevo lo podemos tener dos veces al año (o más, para quienes llevan otros planes de estudio. Suertudos.) y pretender como si lo que pasó hace algunos meses ya estuviera más que atrás de nosotros. Después de todo eso es lo que siempre estamos haciendo en estos días, lo que nos empuja a hacer más y comprometernos con nuevos retos que puede que antes no habíamos pensado. O que ya nos habíamos impuesto y terminamos ignorando; es decir, ¿cuántas veces hemos visto a la amiga que dice que se va a poner a dieta y por ahí de los primeros días de enero la vemos muy ocupada con una rebanada de rosca y un chocolate caliente? Es prácticamente lo mismo a cuando decimos que mantendremos el mínimo absoluto de faltas y en la segunda semana ya perdimos la tercer y cuarta hora porque nos atrasamos en las tareas. ¿Y qué? No importa, no es por juzgar, pero es otra realidad de tantas que atravesamos.

Lo que trato de decir, con quizás más analogías y comparaciones de las necesarias, es que no tenemos porque temerle a otro regreso a clases como no tenemos que huir de 2018.

Se vale preocuparse, está bien ponerse nervioso y temer un poco más de lo necesario… siempre y cuando no sea precipitado y mucho antes de lo requerido. No pasa nada, es normal, además de que a uno nunca le faltará la tranquilidad y el confort de un pensamiento maravilloso que me ha ayudado bastante a conciliar el sueño: “Acabará tan pronto como haya comenzado, y luego vendrá otro nuevo.”

Y podemos recurrir a la primer entrega de esta mini serie, con estos seis, cuatro o “los que sean” meses por delante que tendremos de nuestro lado para aprovechar, porque sigue importando mucho el cómo utilizamos lo que tenemos en nuestras manos y lo que haremos con ello a partir del primer día.

Con esto espero que podamos ver con ojos comprensivos y entusiastas a la primer mañana en la que llegaremos con las mejillas heladas y la nariz enrojecida, o la tarde soleada y fresca que nos recibirán en nuestro respectivo turno. Espero que podamos tomarle cariño al profesor o maestra que nos de la primer hora, por muy gritón o estricta que parezca y que aprendamos a apreciarlos desde ese momento porque tenemos unas ochenta horas con él o ella a partir del instante en el que comience a pasar lista… y habrá que agradecerle al final de todo. Tendremos semanas enteras con nuestros compañeros y viviremos una vez más con la pequeña familia que hemos formado dentro y fuera del salón de clases.

Y así es como se inicia y cómo se sobrevive día tras día, una vez que el reto comienza.

Y estará bien. Siempre lo está.

Solo hay que dar el primer paso, comenzando desde cero.


Imagen: https://jakebowkett.deviantart.com/art/School-Hall-in-the-Afternoon-439311910

 

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