Sobreviviendo a la Prepa #7: apuntes con propósito

Por Elisa Horta

La cultura asiática, Japonesa, principalmente, realiza la práctica del Ikigai (生き甲斐) como una de las principales herramientas de desarrollo personal y profesional en la vida diaria. El Ikigai se traduce a la “razón de vivir” o ser, en la que uno realiza una búsqueda profunda y generalmente prolongada de cuatro cosas importantes: lo que uno ama, lo que el mundo necesita, aquello por lo que pueden pagar y para lo que uno es bueno. Combinando estas características, en pares, obtenemos las pasiones, las misiones o incluso las vocaciones. Pero, combinando los cuatro se obtiene el propósito, esa razón de vivir, por lo que se supone que estamos aquí.

Ahora, yo no soy nadie para hablar de estos temas tan trascendentales, pero como estudiante de mi último año de bachillerato considero que puedo hacer unas anotaciones pertinentes, casi gestadas por la presión del día a día que atravieso, que podría compartir. 

El Ikigai fue una de mis primeras actividades de autoconocimiento que realicé en este semestre, una de las tantas que haría buscando qué es lo que debo hacer con mi vida (lo que cualquiera a los diecisiete o dieciocho años se pregunta, ¿no?) y de las pocas que realmente me han dado alguna especie de calma, y dirección. 

Muchas veces, en varios puntos de la vida, por muy larga o corta que sea, nos enfrentamos a esa horrible sensación de duda en la que nos preguntamos: ¿qué hago aquí? Y es totalmente válido, después de todo, nunca se obtiene una respuesta concreta ante cualquier clase de crisis existencial. Pero lo más cerca que se obtiene a esa especie de respuesta es la propia intención de la búsqueda de un propósito. 

Es fácil predecir que quizás nunca lo encontremos, yo estoy prácticamente resignada a ello después de hacer, deshacer y rehacer esta actividad del Ikigai, pero el intento y la búsqueda de él mismo es lo que muchas veces nos puede acercar a una especie de explicación sobre nuestro verdadero motivo de vida.  La razón por la que estamos, y seguimos, aquí. 

Escribiendo día con día, durante semanas, en una libreta o cualquier hoja suelta y hasta servilletas, un punto de cada apartado del Ikigai me he dado cuenta de que la mayor parte del tiempo uno ya hace las cosas que complementan este diagrama. 

Los pasatiempos, los talentos, aquello que siempre te llamó la atención en la escuela y lo que te dio tus mejores calificaciones, es lo que te lleva hacia tu propósito. Lo que más tiempo le dedicas, lo que siempre dijeron que deberías hacer más seguido, aquello que en cuanto lo intentaste te calmó de una extraña manera que hasta la fecha sientes al hacerlo, lo que no puedes dejar y por lo que siempre vuelves, lo que quieres conocer más, lo que te gusta aprender… Todo eso, pequeños pedazos de actividades y acciones que han progresado con el tiempo, es lo que ha dado la más grande descarga de energía a nuestra razón de ser. 

Las pasiones, los sueños y los talentos viven en unión armoniosa con la felicidad, pero también la dedicación y la disciplina. Podrían conformar una carrera concreta, una profesión exitosa, una vida satisfactoria.

Creo yo, que mi más grande miedo es precisamente no hacer lo que amo, lo que me apasione, por fingir que hay cosas mejores que me harían más competente, más seria, que me ayudarían a asentarme o a concentrarme. No me gustaría pasar mi vida arrepentida de haber dejado de lado lo que más me gusta, lo que me llenaba tan solo con hacerlo, y es lo que me lleva a repetir día con día esta sencilla actividad solo para demostrarme, un vez y otra, que sé, que de verdad sé, que es lo que vine a hacer en este corto tiempo que se llama vida. 

La presión social puede ser enorme, la familiar incluso más grande y peligrosa. El mundo entero podría estar diciendo lo contrario, exigiéndote algo diferente a lo que quieres, diciéndote que debes ser quien no debes ser, pero el punto del propósito es identificarlo para nunca dejarlo ir. Se trata de aferrarse a ello porque, con dedicación, esfuerzo y mucho trabajo, la vida de uno de verdad podría girar en torno a él. Sería, con todas las letras, lo más importante de nuestras vidas. 

Muchas veces las actividades escolares son tan importantes como nos plantean que son. Sólo me queda mencionar que, si vuelvo a leer esto en un año, me gustaría decir que me escuché, que voy en buen camino. Si me toma más tiempo retomar estas palabras, en cinco o diez años, pueda sonreír y darme cuenta de que, en efecto, soy tan arraigada como me considero y que he hecho lo correcto con mi vida. 


Imagen: rebloggy

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