Sobreviviendo a la Prepa #5: aprendiendo de los errores

Por Elisa Horta

Es probable que con el tiempo uno tienda a dejarse ir, está dentro de nuestra condición humana el tomarnos un descanso cuando pretendemos que no necesitamos tal cosa. No somos eternos, ni indestructibles y ciertamente todos poseemos un punto de quiebre al que llegamos bien tarde o temprano. Pero, ¿qué pasa cuando de verdad seguimos esta corriente y nos desprendemos de la rutina o aquello que en general nos mantiene tan ocupados?

Podemos estrellarnos contra uno de los tantos muros que la vida nos pone en frente. Y, académicamente, estos suelen ser abundantes.

Estoy a dos semanas de empezar mi tercer, y último, año de preparatoria. Las cosas están por cambiar más que nunca e incluso cuando digo que no dejaré que se sienta en mi, sé que el segundo en el que ponga un pie dentro del aula escolar todo será diferente. Sin embargo, mientras me preparo para dichos cambios abismales me he dado cuenta de que uno como estudiante ciertamente no se puede dejar ir precisamente mucho, incluso si esto es contrario a la opinión popular.

Porque cuando lo hacemos, nos damos de topes con exámenes extraordinarios, escuela de verano y tareas y trabajos que al parecer no nos dejarán ir en ningún momento del futuro próximo. Es cierto que está en nuestra responsabilidad el ser organizados, puntuales y cumplidos pero hay un momento en el que tocamos fondo y no hacemos nada por volver a subir a la superficie. Esto es lo que nos termina por hacer más daño.

Hay muchas maneras de interpretarlo, inclusive es posible que no sea necesario el terminar debiendo una materia para sentirse como que ha confiado de más en uno mismo. Y no sucede únicamente en la escuela, en la preparatoria o en la universidad.

El bachilleraro ha logrado enseñarme cientos de cosas de las que no me libraré con facilidad en ningún momento de mi vida, desde el contenido de las clases hasta lo que sucede más allá de los pasillos de las instalaciones, he llegado a aprender cosas que simplemente no aprendería en otros lugares. Como el asumir mis errores y responsabilizarme por ellos.

Es simple, una cuestión de mera y breve reflexión en el que uno se da cuenta de que no hay otro lugar en donde de verdad nos demuestren lo que es ser responsables en todos los aspectos, y no solo hablo de entregas de tareas y proyectos o el estudiar para un examen. No, es mucho más que eso. En casa siempre tendremos a alguien a quién echarle la culpa por lo que hacemos, o con suerte nuestros padres o algún otro familiar cercano nos absolverá o nos protegerá de lo que sea que hayamos hecho, nuestros amigos no suelen echarnos en cara lo que hacemos y por nosotros mismos no nos daremos cuenta  de lo que hacemos o no, a veces somos un poco inconscientes.

La escuela, sin embargo, es otra cosa.

Independientemente de los maestros, los compañeros y las clases, las faltas o las asistencias, tareas y exámenes, cuando arruinas algo sabes que lo hiciste porque se ve reflejado en tu calificación. Unas décimas menos, ese punto que te faltó para pasar la unidad o la falta que de no haber tenido te habría absuelto de muchos más problemas son grandes marcas de nuestros errores que desafortunadamente terminan registradas en un sistema que no olvida ni perdona. No nos queda más que ver esos números y saber que, invariablemente, hemos tenido la culpa de dicho declive en nuestro desarrollo personal. Es innegable, sencillamente.

Lo bueno es que no es el fin del mundo, incluso cuando el semestre terminó y dices haber hecho todo lo que pudiste haber hecho. Porque una vez que se aprende, una vez que se entiende, se sabe como proceder en el futuro.

El inicio del semestre siempre es agotador, se le drenan las emociones y la energía a uno en cuestión de segundos pero hay algo que rara vez se acaba, y es la determinación. Pero aquella que acogimos en nuestros interiores cuando nos dimos cuenta de que, nos guste o no, tenemos mucho que mejorar aún.

Hablando con mis compañeros, me he dado cuenta de         que todos tenemos alguno que otro arrepentimiento que conservamos hasta la fecha con relación a la escuela, y que permanece en el fondo de nuestra mente para brillar instantánea y velozmente con frecuencia para recordarnos que no debemos volver a cometer los mismos errores que en el pasado nos dejaron en el suelo. Es como una señal intermitente que solo vuelve a nuestras vidas cuando estamos a punto de dejarnos ir una vez más. Porque, de una manera, aparece cuando más la necesitamos.

Aceptar nuestras faltas nos permite mejorar, es ver las cosas desde la perspectiva del resultado que nos ha arrojado nuestra negligencia y las actitudes que creímos adecuadas hasta que la vida termina por demostrarnos lo contrario de maneras muy eficientes, justo de las que no nos olvidamos porque si hay algo que nos presiona, ocupa y preocupa en la actualidad es la escuela. Cuando abrimos los ojos y somos críticos, conscientes, vemos que no somos tan eficientes como creíamos y la posibilidad de poder cambiar esto no es solo alentadora si no desafiante en sí.

Aprender de los errores es crecer, madurar, asumir la responsabilidad de aquello que en un momento nos arruinó un poco pero que actualmente nos hace pensar en como podemos mejorar. El ser conscientes de que siempre hay trabajo por hacer es un gran paso hacia la adultez. Y, hasta donde tengo entendido, el bachilleraro no es solo para prepararnos para la universidad si no para ayudarnos a dejar la adolescencia atrás. Por muy difícil que lo sea.

Pero si podemos admitir nuestras fallas, incluso cuando más nos cuesta y nos molesta, siento que lo otro no será tan complicado. Al menos no en comparación.


Imagen: http://sabrinstudies.co.vu/post/157295766554/bookmrk-august-9-21100-days-of-productivity

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