Sobre narraciones (extra) ordinarias

Por Guillermo Alvarado

 

En la boca promedio hay tres millones de palabras por usar, repartidas equitativamente de la siguiente manera: el primer millón de palabras sirven para generalidades y necesidades básicas, tales como alimentarse, dormir, fornicar, disculparse por un mal entendido, reprochar y chantajear, saquear la poca moral propia, rebajarse a los extremos y convertirse en un distinguido miembro productivo (y mediocre) de la sociedad; como dije, necesidades básicas del hombre. El segundo millón son principalmente usos y costumbres, propias para que los individuos sepan encajar en diversos círculos sociales, como en el espacio familiar, laboral, etc.; allí van las palabras de cortesía, de amabilidad y sumisión; también aquí se inscriben las palabras de amor y devoción para el amante de tu vida o el amor en turno o viceversa. Finalmente, el último millón de palabras están allí única y exclusivamente para ser silenciadas, son todas y cada una de aquellas frases incompletas, aquellas palabras que nunca dijiste, ni dirás, ya sea a alguien especial o durante alguna discusión con cualquiera. Ese millón de palabras se queda guardado para ti, para torturarte o alegrarte, para ayudarte a entender mejor quién eres, quién pudiste ser o en quién no permitiste convertirte, un millón de palabras sin ruido, sin existir.

La oralidad me causa un complejo enorme, por un lado soy consciente de mi “ser comunicativo”, el cual intento ejercitar de vez en vez por escrito primordialmente. Pero cuando subo a un estrado, cuando ese estrado es remplazado por cualquier grupo de personas en una reunión informal o formal, cuando tengo que elevar la voz hasta llegar al ultimo rincón de un salón de clases o de cualquier área de trabajo, mi “ser comunicativo” comete suicidio y pierde la batalla contra el mundo que todo lo escucha, todo lo ve y todo lo juzga.

No obstante, caso contrario a mi poca preparación para expresarme públicamente con mi propia voz, la actividad de escuchar me apetece una actividad de voyeurista auditivo, conforme pasa el tiempo lo he ido definiendo, me considero de aquellos cuyo oído se ha ejercitado en chismes de oficina y cuchicheos de familiares, en gozar de un concierto de cámara tanto como disfrutar de los diálogos en una obra de teatro, de disfrutar el escuchar entrevistas llenas de comentarios personales del entrevistado. Pero nada como el internarse en la narración a viva voz de un texto, en lo personal, disfruto de los cuentos, pues con la imaginación y el interlocutor se logra llegar a mundos distantes en un abrir y cerrar de páginas y ecos.

El narrador; no tengo mucha experiencia escuchando narradores, no en vivo. Confirmo que al igual que en las películas, cuando previo a ver una película uno conoce el material original, al momento de ver la adaptación en pantalla grande, muchos aspectos quedan reducidos a la visión del director y productor, dándonos como resultado una representación de lo que era el material original, es, en muchas de estas veces, lo que imaginamos, queda corto a lo que vimos en las butacas del cine. Situación similar me ha pasado cuando un texto es narrado, el narrador le imprime su sello personal, y aunque no puede cambiar el orden de las palabras, ni las palabras mismas, sí puede modificar el énfasis en ciertas acciones, lo que dota de otro carácter y perspectiva al cuento en cuestión.

La diversidad de voces es francamente muy florida, algunos autores están capacitados para narrar sus obras y las ajenas, otros (me incluyo) tan sólo servimos para empapar de letras el papel, saturar de ideas un artículo, un texto cualquiera, para deleite y distracción de algunos, los menos, para ser franco; pero que al final también somos narradores, pues nuestra voz es silenciosa, nuestra voz es múltiple, es la voz de quien nos lee, de quienes nos reviven con su lectura de estas tristes palabras, y con ello, dan forma y reinterpretan lo escrito, entonces el ciclo reinicia; el que lee influye en el que escucha, el que escucha se convierte en transmisor de una idea, genera ideas nuevas en base a lo escuchado, reinterpreta y genera nuevo contenido en forma de un texto, de una canción, de una opinión, que a su vez alguien mas vuelve a leer, escuchar y comentar. Y la oralidad nos envuelve como una tela de araña que nos conecta (lo queramos o no) con lo que pensamos y vivimos, pues es lo que otros más han pensado, vivido y escuchado/leído de otras personas a su vez. Como reza el cuento de Saramago, “somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada”.

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