Sobre literatura

Por Dante Noguez

Cuenta Umberto Eco que mucho del conocimiento de Borges es de segunda mano. No conoce las cosas de su fuente, sino gracias a De Quincey, a Carlyle, o a Emerson. Sobre la verdad de esta sugerencia no nos pronunciaremos, pero, en cambio, sí que podemos sugerir —a manera de lectura borgeana en los términos en que venimos hablando, es decir, una lectura para conocer curiosidades de segunda mano— este libro recientemente publicado por Debolsillo, Sobre literatura, del propio Eco. Tratemos algunas cuestiones que llaman la atención de este feliz compendio de ensayos.

Ya que hablábamos de Borges, ahondemos primero en el ensayo dedicado a él: Borges y mi angustia de la influencia. Es un excelente ensayo para el estudio tanto de la literatura de Borges como de la de Eco. Se habla, principalmente, de cómo influyó el argentino en el italiano, pero de cómo también, a pesar de que Eco ya conocía de antemano ciertas ideas, no supo aprovechar la riqueza de las mismas sino hasta que las vio en Borges.

Destaquemos, de entre lo que dice Eco, tres cuestiones fundamentales y —a juicio de quien escribe para ti, lector— atinadas: en primer lugar, que la prosa de Borges es neoclásica y, con Flaubert, quiere que sea aceptable su lectura en voz alta (a mí han llegado, aunque se encuentre difícil de creer, personas que no entienden los textos de Borges, ni siquiera con esa límpida y clarísima prosa que lo caracteriza); en segundo lugar, que, para Borges —y esto ya lo he sugerido en otros textos— la herencia universal (la sentencia es de Alfonso Reyes) es un juego; y, por último, continuando esta segunda idea, que lo fundamental en Borges es su capacidad de usar los más variados detritos de la enciclopedia para hacer música de ideas. (Tratándose del estilo de Borges —el estilo, escuchemos a Goethe, es la armonía original, cabal e irrepetible de una obra—, una objeción sí me atrevo a hacer: sugiere Eco que Borges crece con el estructuralismo, pues sus textos son meras estructuras conceptuales. Reducirlo a eso parece un poco grosero, y bástenos recordar unos versos que a Borges se le grabaron en la memoria después de escuchar a Daneri: Aqueste da al poema belicosa armadura / De erudición; estotro le da pompas y galas / Ambos baten en vano las ridículas alas / ¡Olvidaron cuitados el factor hermosura!).

Subrayemos: música de ideas. Hay quienes dicen que Borges es un escritor glacial. Piensan —con los egipcios, los hebreos y toda esa tradición que llega a los poetas de nuestros días— que el cerebro no siente porque los sentimientos están en el corazón. Piensan, pues, que en las abstracciones, o en los razonamientos más sistemáticos y analíticos no hay lugar para los sentimientos. Hombres no muy provistos por Minerva, quizá, son incapaces de sentir —como Russell, como Gustavo Bueno— la belleza de la inteligencia, de la Matemática, de la Geometría. No saben de la emoción que hay en presenciar cómo un hombre conceptual y sistemático desarrolla y ordena sus ideas. No son capaces, digámoslo ya, de llorar de belleza con un cuento inteligente.

Pasemos a otro ensayo. Supongo que el lector estará ya al tanto de la lectura colectiva de la Divina Comedia que se está llevando a cabo en Twitter. El hashtag #Dante2018 une a los tuiteros en una masiva exégesis de los cantos dantescos. Bueno, pues por el ensayo Lectura del Paraíso, sabemos que a Eco le hubiera encantado la idea —a pesar de su inoportuno repudio de las redes sociales. En este texto se reivindica precisamente la vigencia que tiene todavía la poesía de Alighieri. (¿No acaso recuerdas, lector, lecturas tan modernas como El Aleph de Borges y Francesca de Lugones?).

Eco destaca cómo Dante, para representar y humanizar el Paraíso (para que podamos concebirlo), lo hace jugando con intensidades de color y de luz. La Edad Media estaba repleta de este amor al color. Isidoro de Sevilla decía que los mármoles son bellos por su blancura, el aire mismo es bello y así se llama porque aes-aeris deriva del aurum. Las piedras preciosas son bellas por su color. Guinizelli e Hildegarda repiten la misma idea. A Dios Dante lo ve como Luz, Fuente Luminosa. Esto entronca con lo anterior: la belleza mental es también, ya lo decíamos, claridad mental. Recordemos aquel lindísimo análisis estético que Alfonso Reyes, con tan solo 20 años, dedicó a la poesía multicolor de Góngora (también de Wilde, de Gautier, de Griffiths), citemos también las palabras que sobre el mismo poeta refiere Menéndez y Pelayo: Góngora hacía versos por el “solo placer de halagar la vista con la suave mezcla de lo blanco y de lo rojo”. ¿Y el más grande poeta, nuestro querido Homero? Inevitable recordar el «vinoso ponto», los «ojos glaucos» y la «negra sangre». (A este respecto cabe recomendar la lectura de los otros textos de Eco sobre estética medieval).

Concluyamos este texto con un postre, y es que en su ensayo Wilde. Paradoja y aforismo, Umberto nos recuerda los interesantes y muy graciosos aforismos de Pitigrilli. El aforismo consiste, según leemos, en enunciar de manera brillante un lugar común o una verdad confirmada. Dejaré algunos aquí para despedirme. Buen provecho:

Gastrónomo: un cocinero que ha superado el bachillerato.

Fragmentos: un providencial recurso para los escritores que escriben fragmentos sin saber reunirlos juntos formando un libro completo.

Dipsomanía: palabra científica tan bella, que se sienten ganas de ponerse a beber.


Bibliografía.

Eco, U. (2017). Sobre literatura. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: Ilustración de Giovanni di Paolo di Grazia para la Divina Comedia

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