Sobre la idea del populismo

Por Brandon Ramírez

Un tema recurrente en cada vez más elecciones en el mundo, es el populismo. Esta se ha vuelto una etiqueta para señalar a determinados candidatos o movimientos tanto de derecha como de izquierda, a los que se quiere tildar como una amenaza para el modelo de democracia liberal, que predomina sobre todo en occidente.

Como fenómeno político, el populismo ha existido hace siglos. La significación que hoy día se le da al término, tiende a señalar al populista como un anti demócrata, en contra de las instituciones establecidas, el marco jurídico de los Derechos Humanos, las libertades asociadas a la democracia liberal, la globalización y la economía de mercado, y en general una amenaza para el statu quo.

Que los populismos de derecha en Europa y Estados Unidos hayan tenido la relevancia actual, en parte, debe ser explicado por las carencias que ha tenido el modelo político y económico predominante en el mundo. Una vez superada la lucha ideológica del siglo XX que conformó la guerra fría, que en buena medida motivaba al bloque capitalista/demócrata liberal a atender muchas de las demandas sociales (recordemos que son los años del auge del Estado de Bienestar en Europa), comenzaron a ser patentes las debilidades y puntos flacos de su estructura interna.

Por un lado, el modelo económico necesita de la desigualdad inherente al mercado, y en sí mismo es una condición estructural que impide abatir la pobreza (si bien extremos de desigualdad en países como el nuestro, con uno de los hombres más ricos del mundo cohabitando con la mitad del país en pobreza, es más la excepción que la regla) en sus distintas facetas. Por el otro, el modelo de democracia liberal, basado en la representación, favorece los intereses mayoritarios, y muchas veces son articulados por las élites tanto políticas como económicas, con la capacidad de influir tanto en la opinión pública como en los mecanismos de toma de decisiones, excluyendo y marginando a distintos sectores sociales.

El populismo, encaja bien en estas contradicciones. Sin embargo, no es necesariamente un fenómeno maligno con consecuencias intrínsecamente nefastas para el mundo. De hecho, para algunos pensadores, como Laclau, son una parte inherente a la política, o incluso, el fenómeno político por excelencia.

Como señala el citado Ernesto Laclau, en su obra “La razón populista”:

“¿Se ha convertido lo político en sinónimo de populismo? Sí, en el sentido en el cual concebimos esta ultima noción: al ser la construcción del pueblo el acto político por excelencia, como oposición a la administración pura dentro un marco institucional estable, los requerimientos sine qua non de lo político son la construcción de políticas antagónicas dentro de lo social y la convocatoria a nuevos sujetos de cambio social, lo cual implica, como sabemos, la producción de significantes vacíos, y cadenas de equivalencia de demandas heterogéneas. Pero éstas constituyen también los rasgos definitorios del populismo. No existe ninguna intervención política que no sea hasta cierto punto populista”

En otros términos: la retórica del populismo busca construir un sujeto político, el pueblo, que se erige contra el sistema al que se señala como causante de las deficiencias y carencias que le afectan de forma directa. Pensemos en el caso mexicano, que puede ayudar a aterrizar más esta idea. Para que un movimiento social tenga unidad, se necesita tener una demanda clara que logre incluir a todas las demás (lo que para Laclau es crear un significante vacío, que sería esa gran demanda que engloba a todas las demás, es decir, la cadena de equivalencia). En el proceso electoral vigente, la idea antagónica o anti sistémica es la del cambio, que dos coaliciones, las encabezadas por Ricardo Anaya y la de Andrés Manuel López Obrador, buscan hegemonizar (es decir, ser el referente empírico que venga a la mente de la gente cuando piensa en la palabra cambio).

Ambos, buscan construir un actor político, Andrés Manuel llamando a la idea del pueblo, y Ricardo a la idea de su Frente, en este caso, contra el gobierno actual, al que buscan dotar de esa carga (otra vez, cadenas de equivalencia a este significante “gobierno”) de los males que aquejan al país: corrupción, inseguridad, desigualdad, pobreza, etcétera. Quizá la diferencia es que discursivamente sí están hablando a ciudadanos distintos, ya que la idea de pueblo es más general que la de ciudadanos que busca reunir el Frente (huelga decir que Anaya, a la vez, busca hegemonizar en los próximos meses el significante anti López Obrador, en otro proceso similar al de la idea de cambio, que parece haber permeado ya en la figura de ambos, y que será la lógica de la contienda en lo que resta de campañas).

En este sentido, ambos utilizan la retórica del populismo y, de hecho, como Laclau afirma, casi cualquier lucha política que busque incluir nuevos sujetos a la lucha política (en este caso electores, pero en movimientos sociales puede ser a cualquier persona) para apoyar su proyecto, construyendo una lucha antagónica contra un enemigo. Y en efecto, este tipo de confrontación de proyectos es la quintaescencia de la política y la democracia.

Populismo no es sinónimo de autoritarismo. Aunque hoy día parece ir muy de la mano. Para que el populismo exista, debe haber capacidad de construir sujetos políticos y una lucha política entre estos. La política en democracia es en un sentido eso, la contrastación de proyectos que compiten entre sí, apelando al respaldo ciudadano. Algunos ya están en el gobierno y buscan mantenerse ahí (y también pueden recurrir a la retórica populista para lograrlo; el populismo tampoco es en esencia anti sistémico, hay evidentemente gobiernos populistas), otros, buscan erigirse como paladines de las reivindicaciones sociales de aquellos grupos marginados sistémicamente y, apelando a ellos y su apoyo, construir su camino a los espacios de poder.


Referencias:

Laclau, Ernesto; La Razón Populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.


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