Sobre el silencio

Por Hugo Sánchez

 

“Aquel que pretenda escuchar y comprender la voz del silencio,
tiene que saber de la perfecta atención de la mente en
asuntos de índole interna”
.
(Proverbio hindú)

 

Hablar de silencio, a primera instancia, parecería ser una indudable confesión de que después de todo, hemos perdido la poca cordura de cuyos dones nos aferramos incesantemente, pues ¿qué interés puede merecer el hablar sobre la ausencia de sonido?; ¿acaso no sería más provechoso reflexionar acerca del sonido mismo? El hablar del silencio, ¿no sería tanto como pensar sobre la nada, sobre la inexistencia de algo que debería ser el verdadero objeto de nuestro estudio?

Durante la invariable, férrea y terca conversación que internamente mantengo con mi ser antes de plasmar por escrito cualquier reflexión, la mente cuestionó: ¿qué es el silencio? A lo cual, el cuerpo, siempre atado a los confines de su finita existencia, respondió temeroso: el silencio es ausencia de sonido. ¿En ese caso –replicó la mente–, si lo que pretendemos es llegar al silencio, no deberíamos hablar del sonido, pues aquél no es sino la ausencia de éste? ¡Tienes razón! –dijo resignado y a manera de queja el cuerpo–, conociendo lo que es el sonido, bastaría con enunciar: lo que no es sonido, entonces es silencio. Y mientras imbuidos de alegría se miraban y asentían al mismo tiempo, el espíritu, que como siempre se había mantenido contemplativo y sonriente, de pronto declaró tajante: ¿a partir de qué turbias impresiones piensan que el sonido es el punto de partida en el tema que discurren?; ¿no es el silencio el presupuesto del sonido?; ¿no es el sonido la ausencia de silencio? Ante los helados rostros de sus interlocutores, el espíritu prosiguió: siendo tan pantanoso el conocimiento humano, ¿acaso no deberíamos reflexionar más a fondo y desentrañar el sentido del silencio? ¿No les gustaría saber por qué ante mis interrogantes ustedes, mente y cuerpo, se han quedado silenciosos? ¿Se han preguntado por qué todos, bien o mal, sabemos hablar, pero pocos sabemos callar?

Fue así, entonces, como decidí saciar la duda para adentrarme en el rotundo silencio, el cual, desde la Escuela de los Misterios Egipcios, pasando por la antigua Cultura Indo, luego por la Antigua Grecia y llegando al Cristianismo occidental, ha sido considerado como una valiosa virtud en el proceso de la ascesis, esto es, en la búsqueda del perfeccionamiento humano.

Así, el silencio (cuyo origen etimológico se encuentra en el sánscrito “mu” y en sus derivaciones “muka”, que significa mudo, y musterion, que se traduce como misterio) ha sido considerado como el don de los sabios que se logra, como todas las virtudes, a través del perfeccionamiento interior, por su búsqueda y aplicación diaria, por más alejado que esto parezca de una realidad donde el barullo absurdo del hablar por hablar es una regla generadora, no de sonido, sino de ruido; no de argumentos, sino de galimatías.

El primer paso hacia la sabiduría, eso es el silencio: estado donde la consciencia actúa, trabaja y crece de acuerdo a nuestros designios más profundos, siempre encaminados a la evolución espiritual y material. Por ello, el silencio es y debe ser una virtud noblemente apetecida. Gracias al silencio, y a la armonía que con el mismo se logra, es posible acceder al saber sin dogmas, sin credos, sin divisiones fanáticas. En otras palabras: a través del silencio nos adentramos en un estado que nos trasporta más allá de lo que perciben nuestros sentidos; nos ayuda a abrir nuestro intelecto, para recibir los mejores frutos de la espiritualidad y del conocimiento.

Por virtud de la práctica del silencio, el sabio hace crecer en su interior la capacidad de escucha, acrecienta su buen juicio y sabe ser justo frente a los defectos de los demás, pues sabe que sólo así será una persona integral, un hombre de bien, un varón probado en el duro, aunque bello, andar de la vida. En función del silencio, los hijos del sol –entiéndase, los más iluminados– adquieren la paciencia necesaria en la resolución de los problemas, dándoles la posibilidad de elegir una respuesta adecuada, inteligente, fraterna, libre de egoísmos, de falacias y de ofensas, pero cargada de sabiduría.

Así como con la llana se toma y esparce el cemento en la hilera de ladrillos, debidamente nivelados y fortificados, para construir la edificación y cubrir con la capa de cemento el sostén que permitirá agregar la próxima hilera, con el silencio extendemos una capa de ecuanimidad sobre los defectos que vemos en nosotros y en los demás, sabiendo que primero debemos ver la viga en nuestro ojo y después la pelusa que se encuentra en el ojo del otro, requisito sin el cual jamás alcanzaremos nuestra ingente misión de vida.

En esta constante práctica del silencio nos enfrentamos a un gran reto: escucharnos a nosotros mismos. Si logramos esto, según pienso, lograremos descubrirnos tal cual somos, encontrando nuestros defectos y faltas, para así definir nuestros deberes para con la humanidad y para con nosotros mismos.

En suma, después de lo reflexionado a lo largo de estas líneas, no puedo sino concluir que a través del silencio hablará nuestra voz interior, esa voz que nos interroga y señala; esa voz que en el silencio con nosotros mismos se expresa como consciencia y nos induce a buscar más luz, a tener más prudencia hacia los defectos personales y ajenos. En la medida en que nuestros sentidos sean silenciosos, escucharemos la voz sabia; sólo si nuestro cerebro es silencioso, comprenderemos; únicamente en el silencio de nuestras pasiones, amaremos.

Hoy no me queda duda de que es mejor callar, cuando no sabemos cómo y cuándo hablar; que es mejor callar hasta en tanto aprendemos la importancia de utilizar la palabra de una forma consciente y sabia; que es mejor no decir nada, cuando podemos utilizar la pasión como detonante de nuestros fonemas; que es mejor callar, cuando no estemos preparados para aceptar nuestra misión; que es mejor guardar silencio, cuando se camina por senderos desconocidos; que es mejor callar para ser, como decía Shakespeare, rey de nuestro silencio y no esclavo de nuestras palabras.

 


Imagen de: yogacrecimiento.blogspot.com

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