Sobre el origen del lenguaje

 “Language was developed for one endeavour: to woo women.”

Profesor John Keating en La sociedad de los poetas muertos.

 

Por: Fernando Cruz Quintana (@fer_cquintana)

[Este texto es-son en realidad dos textos: uno que habla sobre el mito de los andróginos y el origen del lenguaje, y otro que trata de leer la esencia de esta explicación divina en fragmentos de escritos amorosos de Octavio Paz.]

 

A lo largo de la historia, distintas posturas religiosas, científicas y filosóficas han tratado de dar cuenta del origen y las funciones del lenguaje; todas ellas, a su manera, han tenido que elaborar sus preguntas a través del lenguaje mismo. ¡Hermosa lección metalingüística: sólo se comprende a la lengua con la lengua misma!

Acaso la explicación más poética y mitológica es también la más arriesgada, atrevida y —extrañamente— precisa: “el lenguaje existe para buscar el amor”.

Utilizando el mito como artificio para acceder una verdad, Platón nos recuerda (en El banquete) un famoso discurso de Aristófanes en donde se explicaba, mitológicamente, el origen del lenguaje en los inicios de la historia del hombre.

Aquella primera humanidad —descendiente inmediata de los Dioses— de la que hablaba Aristófanes era protagonizada por seres únicos (llamados andróginos) de características duales: dos caras en una cabeza, cuatro manos, cuatro piernas, cuatro orejas y dos sexos. Estos “bindividuos” constituían creaciones saciadas de perfección y no necesitaban nada (ni si quiera comunicarse entre ellos), además de que llevaban en sus genes la información directa de sus ascendentes y por tanto las mismas aspiraciones divinas de ser los manejadores de los hilos del destino de la existencia. Eventualmente, aquellos impulsos etéreos los harían ambicionar con escalar hasta el cielo e irrumpir en el Monte Olimpo. Preocupados por lo que pareciera ser una anunciada catástrofe freudiana (de dar muerte al padre), Zeus y el resto de las deidades decidieron partir por la mitad a estos esplendorosos, cortando también con ello su arrogante excelsitud.

En esta separación-mandato divino se sustenta el mito fundacional de la expresión del hombre. A los andróginos trozados les fue negada la complitud, pero no la opción de poder recuperarla: la nueva condición de la vida humana exigía la búsqueda de aquella parte faltante que uniera lo que originariamente tenía que estar junto. Los medios seres, entonces, necesitaron expresar su angustia de saberse parciales y, por ende, buscaron cómo reencontrarse con su complemento ausente.

El filósofo Eduardo Nicol comenta en un sentido similar, a propósito de este mismo mito y esta situación de fatalidad de los andróginos:

“La identificación es imposible, porque el ser insuficiente desea reunirse consigo mismo, para completarse, y sólo puede completarse con el otro que le es propio y ajeno a la vez. […] La existencia nos separa, y la distancia sólo puede reducirse expresando. No hay otra manera de “entrar en contacto con el otro”, de llegar a él, de entablar relación y mantenerla, de conocerlo y de “darse a conocer”. La expresión es un modo de darse, el cual invita a la respuesta y solicita la entrega ajena.”

De acuerdo con este mito, el lenguaje es producto de nuestra imperfección o, mejor dicho, de nuestro intento por recuperar la perfección.

Para Octavio Paz (quien en su poesía amorosa pareciera tener entrelíneas una proximidad asombrosa con el mito de los andróginos)  “el mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen”, pero supongo que lo que sostiene esa mirada cuando el silencio del asombro es vencido, son las palabras. El diálogo con el otro yo (ése que me complementa) sirve como puente de enlace que perpetúa el estado de unión entre dos enamorados. Hablando salimos de nosotros y entramos en los demás.

Los momentos inolvidables que se viven al lado del “ajeno yo” tienden a ser tan efusivos y tan cohesionadores que no necesitan de las palabras que nos enlazan: el silencio es la voz de los labios en besos, los abrazos y los momentos epifánicos en compañía. De nuevo recurro a Octavio Paz para explicar con sus ideas mis intenciones en este texto: en su poema “Olvido” dice, como describiendo ese momento supremo de sentir haber alcanzado un punto cumbre junto nuestro complemento:

“Cierra los ojos y a oscuras piérdete/ bajo el follaje rojo de tus párpados […] en tu infinito ser,/ ser que se pierde en otro mar:/ olvídate y olvídame./ En ese olvido sin edad ni fondo,/ labios, besos, amor, todo renace:/ las estrellas son hijas de la noche.”

En el grado máximo de unión, las personas se olvidan a sí mismas y regresan, aunque sea por un momento, a aquella totalidad de la que fueron extirpadas. La expresión nos junta con aquel otro yo ajeno que no soy y cuando eso sucede nos abisma por instantes y nos unifica con todos los espacios y los tiempos posibles. De nuevo Paz, ahora en La llama doble (1993): “El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante”.

Con todo lo dicho, además de reconocer la función localizadora del amor que cumple el lenguaje, me gusta pensar a este último como un espejo del universo: en el sentido de que sólo conocemos aquello que podemos nombrar, reconozcamos que  nuestra existencia será tan grande como vasta sea nuestra capacidad para comprender uno o varios idiomas.

 

 

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