Sobre el origen de la palabra ‘juventud’

Por Fernando Cruz Quintana (@fer_cquintana)

 

Asentados en la cotidianidad en la que nos ha tocado vivir, resulta difícil —o acaso imposible— desanudar todas las cargas de significado presentes en las palabras que utilizamos a diario. El urgido de sentido recurrirá al diccionario y a su pronta y escasa solución; mientras tanto, el paciente, o quizá el más curioso, acudirá a esa divertida rama “arqueológica” del lenguaje llamada ‘Etimología’ para desenterrar las raíces originarias de nuestro léxico.

¿De dónde viene ‘juventud’? Del latín. ¿Cómo?

Nada o casi nada parecen tener en común las palabras ‘juventud’ y ‘ayuda’… sin embargo la tienen. Digamos, en principio, que al menos comparten la raíz de donde provenien. Iuviare es un término (o, mejor dicho, un ‘principio’, ya que de aquí se derivan dos nuevos conceptos) que en latín servían para designar la acción de ayudar, apoyar, o sostener a alguien, y de donde se deriva el vocablo iuvenis, que en español se traduce como joven. Paradoja del lenguaje en la realidad: hasta pareciera un antónimo andante un joven que ayuda.

La confusión de sentidos se suscita en la dispar catalogación de etapas de la vida que existían en la antigua Roma y las que tenemos ahora. De acuerdo con el pedagogo español Jordi Solé Blanch, en aquel añejo entonces, para alcanzar la juventud se transitaba por la vida en el siguiente orden: infans (literalmente: el que no habla en público), del nacimiento a los 7 años; puer (niño),de los 8 a los quince; adulescens (que crece), de los dieciséis a los veintinueve y iuvenis (el que ayuda), que podría comprender de los treinta hasta los cincuenta años. Posteriormente venía la etapa adulta y de senectud.

¿Pero cómo entonces se liga a la acción de ayudar con la juventud? ¿No son los jóvenes los más ensimismados y los menos interesados en socorrer a alguien? El mismo Solé Blanch comenta y posiciona al padre de familia al centro de esta discusión:

<<La excesiva prolongación tanto de la adolescencia como de la juventud se la debía la sociedad romana a una institución típicamente suya, la patria potestas “el poder de los padres”. No es casual que Roma haya sido definida como una “ciudad de padres”: una ciudad donde los padres habían llegado a tener hacia sus hijos el derecho sobre su vida y su muerte.>>

La vida social de la Roma se caracterizó por la centralidad de la familia, y en ésta última la de la autoridad soberana del pater familias. Un romano promedio llegaba a la etapa de la iuventus cuando alcanzaba el grado de madurez física, mental y social para poder engendrar a una familia que —sí— le pertenecía por el derecho de la patria potestad, pero a la que no por eso dejaba de sostener o de “ayudar” (si usamos la palabra latina iuvare).

Esta cosmovisión romana se antoja arcaica y no: ¿jóvenes de cincuenta años? Parece risible. ¿La familia al centro y el padre como el elemento más respetado? Eso pudiera ser aún vigente.

Y ya que se sabe el origen de la palabra, ¿por qué entonces ya no se sigue diciendo “juventud” para hablar del periodo de lo que ahora podría comprenderse como adultez? La Organización Mundial de la Salud incluso resta la clasificación romana de joven hasta los ¡veinticuatro años! ¿Será que sigue reconociendo la autoridad paterna en la familia, pero ahora, más que sustentarse en un derecho, parece sólo una consideración moral y simbólica? ¿Se ha democratizado el sustento de la familia y se han repartido obligaciones entre padres e hijos?

Los derroteros que la palabra ‘juventud’ transitó de Roma hasta nuestros días parecen inciertos, pero en algunos momento “rejuvenecieron” a la palabra, porque ahora más que designar un estado de complitud desde donde surge un apoyo o una ayuda, parece designar una etapa de desarrollo, o un estado temprano que habrá de madurar en algo distinto.

Con ejemplos como el de ‘juventud’, las lenguas se revelan vivas y se rebelan ante un intento sencillo de comprensión; a veces persisten casi tal y como fueron expresadas originariamente y en ocasiones se mantienen sólo como vehículo que se vacía de sentido sólo para llenarse nuevamente. Tal pareciera que el proceso en que esto se lleva a cabo transcurre en miles de años y en millones de veces en que se dicen las cosas, casi como si las palabras, de tanto decirse y tanto usarse, también se gastaran.

 

 

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