Sobre el bono demográfico y otras nimiedades

Creo que tendría unos 6 o 7 años de edad (habrá sido por ahí de 1990) cuando la Maestra Bety invitó a una persona del INEGI a platicar con nosotros sobre población. Ya saben, que si éramos casi 100 millones de personas en México, que había más mujeres que hombres y más adultos que niños y cosas del estilo. Me acuerdo que estuvimos como unos tres días coloreando gráficas con dibujitos y que yo me sentía muy pequeñita, estando en el primerísimo escalón de la pirámide poblacional.

Fue justo en esa plática que escuché por primera vez el término “bono demográfico”. El representante de INEGI me lo explicó más o menos así: “Cuando tú seas grande, en México va a haber muchas personas de tu edad, que van a trabajar mucho para que nuestro país salga adelante; es una gran oportunidad que no podemos desperdiciar. Por eso, es urgente que tomemos medidas para preparar muy bien a los niños de tu generación para que puedan tomar las riendas de este país.”

La verdad es que me pareció algo muy padre poder jugar un papel tan importante en la historia de México. Ingenua, como todo mundo es a los 6 años de edad, estuve segura que cuando tan esperado futuro llegase, los niños de mi generación estaríamos listísimos para asumir la responsabilidad y que haríamos un excelente papel. Después de todo, los adultos ya sabían que teníamos el muy afortunado bono demográfico de nuestro lado y tenían muchísimos años para asegurarse de que llegáramos a tiempo a cobrarlo. Esa fue también la primera vez que escuché esa gran mentira de que “los niños son el futuro de México” y debo decir que me la creí todita. Sí, se sentía muy bien saber que algún lejano día, yo sería la adulta que no tendría por qué confiarle los grandes cambios a otra generación, porque México, gracias a la mía, ya sería un país próspero y sin problemas.

Pues bien, resulta que ya pasaron unos 23 largos y felices años desde aquellas épocas y la verdad es que el discurso sigue siendo exactamente el mismo. Así pues, se sigue escuchando por ahí que México debe tomar medidas urgentes para hacer uso del bono demográfico, antes de que se le revierta y no haya vuelta atrás, que los niños (y jóvenes) son el futuro de esta gran nación y que debemos cuidarlos y prepararlos para que puedan asumir esa gran responsabilidad. No sé si es una cuestión de poca originalidad en el discurso, falta de voluntad política, desidia, carencia de inteligencia operacional para las políticas públicas destinadas a lograr el real aprovechamiento del bono demográfico o una muy pura y simple falta de planeación, pero la realidad es que, veintitantos años después, seguimos en el punto cero.

Supongo que los representantes de INEGI siguen explicándole a los niñitos el bono demográfico en los mismos términos y que les siguen contando la mentira de que son el futuro de nuestro país y que cuando sean grandes, el mundo estará preparado para ellos.

Pues bueno, la diferencia que esos niños encontrarán es que, el día de hoy, a falta de medidas lo suficientemente eficaces por parte de los tres niveles de gobierno, existen otros actores que están tomando cartas en este asunto. Tal es el caso de la asociación civil que tengo el gran honor de dirigir. En Ollin, Jóvenes en Movimiento, diseñamos y negociamos las estrategias que les permitirán a los jóvenes de hoy (y a los de mañana) poder – en serio – tomar las riendas de nuestro país. Aún estamos a tiempo de aprovechar el bono demográfico. Los jóvenes no somos el futuro de México; somos su presente.

*Artículo publicado el 18 de julio en el Diario El Nuevo Mexicano. Para ver la entrada original, da click aquí.

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Greta Ríos

En un neverending quest por salvar al mundo, viviendo un día a la vez.