Siempre solo (Parte II)

Por Hugo S. Mestizo

Frente a la puerta del bar había un pequeño puesto, que más bien era un cajón amarrado a un teléfono público, atendido por una anciana mal encarada. Compré un cigarro y lo encendí. “Gracias”, dije y la vieja, sin relajar su enfurecido semblante, aventó las monedas con que pagué a un grasiento bote de leche en polvo. Tuve la intención de preguntarle a qué se debía tanto enojo, pero ya no había tiempo. La pelirroja llegaría de un momento a otro, de modo que me alejé a toda velocidad, con la cabeza en alto, echando humo cual chacuaco, entre resuelto y quejumbroso, hacia la cuadra ocupada por un grupo de niños que jugaba fútbol. Recordé aquellos tiempos de infancia, cada vez más parchados de invenciones, en los que mis actos orbitaban alrededor de lo verdaderamente importante, de la vida sin contemplaciones, y donde las mujeres tan sólo evocaban a nuestras madres y servían para copiarles tareas, cuando no para ser molestadas. De pronto, un balonazo en la rodilla interrumpió mi andar. “Perdón, señor”, dijo uno de los niños al tiempo que recogía el balón y se limpiaba el sudor. “¿Señor?”, me pregunté en silencio, extrañado, triste, con ganas de tomar de los hombros al enano e inquirirle: “¿no ves que soy uno de ustedes?”. Pero la realidad, una vez más, abofeteó mis casi siempre tropezadas lucubraciones: vi mi reflejo en la ventana de un carro estacionado y advertí, además de un rostro deteriorado, a una persona falta de entusiasmo, apagada. No me gusté en absoluto. Seguí caminando.

De una calle en construcción, culpable del estruendoso circular de los carros atascados en el tránsito, pasé a otra repleta de negocios ambulantes y con olor a caño. En la esquina di vuelta a la derecha y el paisaje, propio del lado oscuro de una capital, comenzó a tornarse variado y complejo, casi paradójico: árboles secos por aquí, postes inclinados por allá, marañas de cables eléctricos en lo alto, indigentes recostados en las banquetas, basura y caca de perro sobre el pavimento, decolorados grafitis en las paredes, coladeras destapadas, organilleros que piden dinero, comerciantes gritones, prostitutas, peatones dondequiera. Un poco cansado, más del gentío que por la caminata, llegué a la parada del autobús y me dispuse a contar el cambio que traía en mi bolsillo. Cierta moneda cayó al piso y giró y giró y giró hasta que se impactó en la desgastada punta de unas zapatillas de charol rojo.

–¿No me invitas un cigarro? –dijo la mujer de las zapatillas al mismo tiempo en que levantaba la moneda.

–Claro –contesté y no pude evitar ver ese par de nutridas tetas que brotaban desesperadas de su escote.

–Nomás te estoy cotorreando –continuó la mujer entregándome la moneda–. Aunque… podrías invitarme otra cosa –y movió la cabeza en dirección a un hotel que estaba a sus espaldas–. Puedo darte buen precio.

–¿Cuánto? –pregunté sin más y volteé para cerciorarme de que nadie me mirara.

–$550 por 30 minutos. Incluye habitación, desnudo, relación y poses.

Pese a mi larga experiencia en los puteros, y a las memorables lecciones que Henry Miller me dio en su Trópico de Cáncer o Chester Brown en su Pagando por ello, las prostitutas me seguían poniendo nervioso. Nadie avivaba mi timidez tanto como ellas. Nadie cuestionaba mi hombría salvo ellas. Esa extraña combinación hecha a base de perfume barato, maquillaje excesivo, prendas marca parafilia, lenguaje callejero, ilicitud y vergüenza personal me resultaba, desde el primer momento en que decidí comprar caricias, difícil de manejar. Un verdadero reto. Y aquel día no era la excepción: allí estaba, tenso, dudoso, frente a una grotesca pieza femenina apoyada en un par de tacones rojos, con la mente ofuscada por la insospechada transacción de que formaba parte, mientras las luces rosas y azules de la entrada principal del hotel se reflejaban en el suelo. Una misteriosa necesidad de ser común, tranquilo, correcto, sin instantes atípicamente incómodos, tal y como el resto de las personas, recorrió mi cuerpo. Después, recordé la decepción padecida horas antes a causa de mis, que probablemente eran las, mujeres, y me dije: “¿por qué no?”. Llegó el autobús que esperaba. De él descendieron una señora y su pequeño hijo, quien tras percatarse de mi compañía, y sin recato alguno, como sólo los niños saben hacerlo, preguntó en voz alta: “¿por qué esa mujer está vestida así, mamá?”. “Cállate y camina”, replicó la señora lanzándome una mirada en forma de reproche, sin saber que yo era una víctima más de las circunstancias. Dejé escapar una leve risa y, por fin, me volví hacia la damisela para cerrar el trato.

–Necesito que me des la mitad. El resto me lo pagas en la habitación –explicó la prostituta.

–Vale –y le entregué lo solicitado.

–Sígueme…

Entramos a un dizque bungalow. Se trataba de una habitación pequeña con espejos por todas partes y un improvisado tubo frente a la cama. Parecía exento de piojos, así que me conformé con ello y a lo demás no le di importancia. Pagué la otra mitad de sus servicios y la mesalina, con el más natural desinterés que haya conocido, hizo gala del dominio de su oficio y se desvistió por completo. Sin ropa era menos estilizada, pero aún así conservaba lo esencial: tetas y culo enormes. La discreta grasa acumulada en el abdomen y las incipientes estrías en sus muslos, administraban un poco de realidad a la pantomima sexual que acababa de pagarme. “Me llamo Wendy, por cierto”, dijo la mujer en tanto esparcía gel antibacterial en la palma de su mano y yo terminaba de quitarme los calzones. “Mucho gusto, Wendy”, contesté y me tendí sobre la cama en espera de instrucciones.

–A partir de este instante corre tu tiempo –precisó la prostituta tras consultar la hora en su celular.

–Lo tendré en mente –dije contemplando su impúdica desnudez.

–¿Y bien? ¿Cómo quieres estar?

Sabía a qué se refería. A qué más sino a la posición sexual. Sin embargo, aproveché la imprecisión de su pregunta y contesté resignado:

–Solo, Wendy. Quiero estar siempre solo.


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