Siempre solo (Parte I)

Por Hugo S. Mestizo

Mi vigésimo segundo noviazgo había terminado dos semanas atrás y allí estaba de nuevo, en la tambaleante silla de un conocido bar, en espera de mi próxima conquista, a punto de involucrarme, quizá hasta sexualmente, con otra mujer a la que no conocía del todo, pero que me resultaba bastante atractiva, tal vez por su rizada y rojiza cabellera. La extraña calma en las calles de la ciudad, y la emoción que me causaba el flirteo, hicieron posible que, después de un amplio récord de impuntualidades, llegara con treinta minutos de anticipación. Me sentía tranquilo, aunque un poco ajeno al momento, tanto que no sabía qué hacer durante el tiempo de espera. Decidí tomar cerveza y pensar. Era mi especialidad, lo único en lo que me volvía competitivo.

El mesero dejó caer una botella de cerveza sobre la mesa, y tras un sutil gracias, miré el reloj: las manecillas se resistían a caminar. Recordé cuán tediosas y lentas son las esperas. “Es más divertido llegar tarde”, me dije a manera de burda justificación. Después di un trago y con la mirada recorrí las mesas situadas frente a mí. Yo era el único que no estaba acompañado, el único que no alardeaba, disimulaba o trataba de impresionar a otro. El haberme sentado en la mesa del fondo tenía sus ventajas: podía apreciar, sin que nadie me viese, cuanto hombres y mujeres y gais hacían para iniciar o conservar relaciones. Una escena cómica se dibujaba ante mis ojos. Ver cómo los instintos suprimidos por la moral se manifestaban camuflados de falsa civilidad, no constituía la característica más seria que conocía de nuestra especie. Me parecía tanto como ponerle ropita a la caca, como pintar a Eva desnuda sin ombligo o como fabricar a Barbie sin vagina. Me sentí avergonzado, primero por ellos, luego por mí, pues reparé en que mi situación no resultaba diferente. Tan sólo estaba en espera: unos minutos más y me sumaría a los ridículos rituales de apareamiento del hombre moderno. Después de todo, en asuntos de faldas no era tan distinto a los demás.

Apuré mi bebida de un solo trago. Con un prolongado y discreto eructo, que involucró tanto boca como nariz e hizo que mis ojos se inundaran en lágrimas, alivié la hinchazón producida por el gas. Ordené más cerveza, esta vez oscura. Llegó de inmediato. Di un sorbo, después otro y otro más. Una chica sentada mesas más allá, cuyo bebido rostro sobresalía del hombro de su acompañante que se encontraba dándome la espalda, me miró fijamente, lanzando una sutil invitación. Empiné de nuevo mi trago y correspondí la atención y la chica me sonrió. También sonreí. Entonces ella, con singular estilo, comenzó a morderse los labios. Yo mordí los míos de la manera menos ridícula posible. La dinámica resultaba simple: la chica hacía, yo imitaba y me calentaba, y ambos reíamos y bebíamos y confirmábamos que el tipo frente a ella constituía un estorbo, que pese a desconocernos uno al otro, a nuestro accidental encuentro, podríamos pasarla bomba. Era un hecho: deseábamos divertirnos juntos, al menos durante el resto de la noche. Puse la cerveza entre mis manos, y mientras veía con atención la espuma que coronaba el remanente del espiritual líquido amarillento, reí ante lo absurdo de la situación, aunque no por mucho tiempo: al volver la mirada hacia la zona de coqueteo, en lugar de la chica ahora fue su acompañante quien atrapó mi atención. El individuo al que sólo le conocía la espalda se encontraba arrodillado, a punto de romper en llanto, suplicante, ridiculizado, a un costado de nuestra chica, buscando su perdón, su aceptación o su compromiso. No lo sé. Era un tipo blanco, gordo y peludo, acaso tres años menor que yo, acaso tres dígitos más rico que yo, para quien su entorno había desaparecido. Nada le importaba más que la chica y la respuesta de ésta. Estaba dispuesto a todo, incluso a soportar burlas y vejaciones que, por cierto, no se hicieron esperar entre la concurrencia. Jamás había entendido a ese tipo de sujetos: desprovistos hasta de sí mismos a causa de una criatura con falda; perdidos en medio de una descarga de feromonas; anclados a uno de los placeres más fútiles de la vida. Experimenté pena por él y odio por nuestra chica. La burbuja de ilusión se había reventado: no fue la atracción, sino el causar daño a un de por sí patético sujeto, lo que aligeró los cascos de aquella fémina. Otra vez un baño de realidad tornaba gris el panorama, así que opté por olvidar el asunto y abortar cualquier peripecia donjuanesca. Volví a hundirme en la aburrida espera.

Despojado de toda esperanza, con las intenciones vacías, vuelto en sí, como quien despierta sin haber estado dormido, terminé mi segunda cerveza. El mesero me hizo una seña y pude leer en sus mímicos labios: “¿Otra?”. Le pedí que aguardara, pues no tenía intención de emborracharme, al menos allí. Consulté de nuevo la hora: el minutero gritaba que aún podía ponerme a salvo. En serio, me habló desesperado, por lo que apoyé mis manos sobre la orilla de la mesa y me impulsé hacia atrás. El rechinido de la silla, más molesto de lo que habría previsto, atrajo algunas miradas. Me sentí incómodo, desesperado, estúpido, cobarde. ¿Debía salir corriendo? El comportamiento de una mujer era insuficiente para descalificar a todas las de su género. No podía generalizar. Además, las mujeres me fascinaban. Lo tenía claro desde el jardín de niños, época en la que una morena desdentada, cuyo penetrante olor a salsa valentina quedó grabado en mi mente, me frotaba la entrepierna por debajo de las bancas con singular religiosidad. Sin duda, las mujeres eran mi afición. Y aún así las sospechas negativas no cesaban. Más de dos decenas de infructuosos noviazgos me incitaban a retirarme. En el fondo, mi cita, mi puerta al frenesí, sólo se distinguiría por su encendida melena. El resto, estaba seguro, sería idéntico: zalamería, salidas sin sentido, diversión, relaciones sexuales hasta el hastío, rutina, gusto por terceras personas, conflicto, horas llenas de indiferencia, ruptura, esfuerzos por retomar el camino. Una verdadera porquería, propia de estoicos, masoquistas y víctimas de la autofobia. ¿Por qué debería ser de otra forma? Hacía tiempo que los dioses me habían dado la espalda. El falso coqueteo del que fui partícipe, así como mi ridícula presencia en el bar, tan sólo reconocida por un mesero en busca de propina, daban cuenta de esa fatalidad. Así que no tardé en tomar la mejor decisión y me marché del lugar. Claro, después de pagar dos cervezas y un ridículo cargo por servicio.


Imagen: https://quienmatoalaurapalmer.com/noticias/twin-peaks-trailer-esta-ocurriendo-de-nuevo/)

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