Señor Gato

Por Guillermo Alvarado

 

El señor Gato tomó su sombrero oscuro, que seguramente perteneció a algún muñeco catrín antes de ser posado entre ese par de pequeñas orejas afiladas y me dijo con mesurada voz:

– Como en toda ocasión caballero, ha sido un placer. –

Entonces sus cuatro patas afelpadas y grisáceas, se apoyaron en el sillón y de un salto cayeron gentilmente en la alfombra del estudio, sin el menor ruido, sin la menor turbación del resto del cuerpo felino, el señor Gato, posado grácilmente frente a mi, se despedía extendiendo una de sus patas. Como de costumbre me levante del sillón y le respondí con mi mano, sus pequeños cojinetes que celosamente ocultan sus garras estaban tibios, nos despedíamos con entereza, con firmeza, no mas de tres segundos nuestros extremos permanecían tocándose, finalmente, lo acompañé a la puerta.

De reojo lo observaba caminar, muy seguro de si mismo, vestía un diminuto chaleco negro, que bien combinaba con su curioso sombrero de copa. Al bajar las escaleras, un tintineo proveniente de uno de sus reducidos bolsillos delataba los recatados movimientos del refinado minino. Pese a lo inaudibles que eran sus pasos, la cadena de su reloj de bolsillo, chasqueaba incomodando al silencio y al propio señor Gato.

Nos detuvimos frente a la puerta, me comentó unas últimas precisiones, con aquella voz calmada y llena de sapiencia:

– Como debe ser de su entero conocimiento, mi superior no escatima en gasto alguno, al momento de cumplir con su parte del contrato, de la misma manera, contamos con su apoyo incondicional para nuestra causa. Tenga la seguridad de que sus peticiones excederán sus expectativas –

Con una sonrisa un millón de veces ensayada, giró su diminuta cabeza y me miró con esos  profundos ojos índigo, abrí entonces la puerta, antes de salir, extrajo su reloj del bolsillo y sin siquiera prestarle atención, me notificó:

 – Estaré aquí el jueves próximo. Misma hora. Buen día.-

-Buen día- le respondí de automático. Y caminando por entre el flujo de personas, desapareció.

Mientras regresaba al estudio, recapacitaba “…que curiosos son los emisarios del Diablo…”

 

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