Salvar vidas

Por Brandon Ramírez

 

El fin de semana pasado, como cada año, recordamos aquel sismo en 1985 que significó el derrumbe de un sinfín de edificios y miles de vidas. Vino a mi mente que hace algunos años mi papá, por estas mismas fechas, me platicó cómo él junto con sus amigos y hermanos –así como muchísimas personas más– colaboraron en la búsqueda de personas bajo los escombros, lo que permitió que muchos sobrevivieran, ya que de otro modo habrían corrido con otra suerte.

Estas muestras de solidaridad, donde miles de personas se organizan para salvar a otras más que fueron enterradas por edificios y escombros, sin duda son de las cosas que marcan momentos en nuestra vida. Afortunadamente, desgracias de esta magnitud suceden con relativa poca frecuencia, y de ahí que todo en torno a éstas se magnifique.

Sin embargo, no es el único escenario en el que podemos salvar vidas. Me viene a la memoria un evento ocurrido hace aproximadamente un mes: la muerte del piloto Justin Wilson, que cobró mayor relevancia por el hecho de que, tras su fallecimiento, seis personas lograron salvar su vida gracias a la donación de algunos de sus órganos.

Ese es precisamente el tema del que quería escribir esta semana, con el pretexto de que el 25 de septiembre se conmemora el “Día Nacional de la Donación y Trasplante de Órganos y Tejidos”. Es un cliché –que no estoy seguro que siga siendo correspondido con la realidad– preguntar a los niños qué quieren ser de grandes, y que un buen número de ellos elijan profesiones como: bombero, policía, médico o veterinario, que de alguna forma están orientadas a proteger y salvar vidas.

El heroísmo es retratado en muchas obras de arte, incluidas películas donde el sacrificio de alguien para salvar cientos de vidas es aplaudido y vitoreado. Aquellos que dan su vida por una causa como la lucha por derechos civiles o políticos, manifestaciones reivindicativas y un largo etcétera, también suelen gozar de gran reconocimiento por muchas personas.

Sin duda salvar cientos de vidas o dar la vida propia por una causa que consideramos justa es, a toda luz, plausible y un acto de admiración, más si esas personas son desconocidas o si esa lucha podría ser más ajena que propia. Creo que son pocas las personas que han logrado que sus nombres sean escritos y recordados bajo esos escenarios. Sin embargo, está en cada uno de nosotros la decisión, si bien no de salvar cientos de vidas, al menos una o ayudar a que alguien tenga una de mejor calidad.

Respetando las posturas religiosas que impiden la donación de órganos, sangre y tejidos, así como su recepción, quienes no tenemos ese impedimento moral probablemente no dudaríamos mucho en donar un órgano no vital si alguien de nuestra familia lo necesita y somos compatibles, así como nuestra sangre. Quien decida hacer ese tipo de donación en vida con alguien desconocido, sin duda estaría realizando un acto de gran reconocimiento como los citados previamente.

Aun así, la donación después de la muerte es una decisión que para algunos puede ser más sencilla que para otros. Mi posición personal es que, si muero y alguno de mis órganos o tejidos puede salvar o mejorar la calidad de vida de otra persona, quiero que así sea. Si yo estuviera en la situación contraria, es decir, estar en una lista de espera para trasplante, me gustaría que más gente tomará la decisión de ser donador para aumentar la probabilidad de ser receptor y seguir viviendo.

Nuevamente, entiendo y respeto completamente las posturas que ven como prohibitivo el hecho de donar cualquier parte del cuerpo a otro ser humano. Mi intención nunca será hacer cambiar de opinión a las personas que viven con un sistema de creencias distinto al mío. Sin embargo, para quienes no ven esto como algo prohibitivo, es a quienes recomendaría seriamente pensar al respecto. No importa la edad, todos podríamos salvar una vida tras nuestra muerte que, quizá está de más decirlo, puede llegar en cualquier momento.

Si alguien está interesado en expresar su voluntad como donador, se puede hacer por distintos medios: ir al Centro Nacional de Trasplantes directamente por el documento oficial de donación, para lo que sólo requieres llevar una identificación oficial; otra opción es imprimir y llenar el formato de donador por nuestra cuenta (se puede obtener aquí, donde también está disponible el documento para manifestar nuestra voluntad de no ser donantes) y llevarlo ante una autoridad sanitaria para darle validez oficial; también podemos registrarnos en línea aquí  y descargar nuestra tarjeta de donador, que debe ser entregada a alguna persona de nuestra confianza para que haga respetar nuestra voluntad de ser donadores tras la muerte.

Si ha pasado por nuestra cabeza este tema y decidimos que alguien más puede utilizar nuestros órganos y tejidos, nunca es demasiado temprano para expresarlo a nuestros familiares y amigos. Quizá no podamos salvar a miles de personas, pero con que una cambie su vida gracias a nosotros, creo que es suficiente.

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