Reticencia al cambio

Por Brandon Ramírez

 

Independientemente del cómo se resuelva el recurso de inconstitucionalidad de la Procuraduría General de la República (PGR) dado a conocer este lunes, la corrupción e impunidad no dejan de ser un tema que interesa cada vez más a los electores (o eso parece) y, aunque muy poco a poco, comenzamos a dar pasos para combatirla. Es difícil pensar que quienes llevan a cabo estos actos, por voluntad propia busquen erradicarla si les resulta redituable, e históricamente no ha sido hasta que comienza a existir una demanda más generalizada por cambios, por parte de sectores con suficiente peso en la sociedad que los cambios comienzan a darse. La liberalización política del régimen presidencialista comenzó a darse en los años 70 del siglo XX, y no fue hasta los 90 que se materializaron en poderes e instituciones que realmente funcionaron como contrapesos al poder que se consolidaron.

Todo lo que rodeó la iniciativa que muchos conocemos como 3 de 3 (quizá incluyendo el sistema nacional anticorrupción), y sus modificaciones antes de aprobarla, son muestra de dos caras de una moneda: por un lado, la demanda de combatir decididamente y de forma real los actos de corrupción en las instituciones; y por el otro, las reservas para no modificar tanto… y poder tener aun margen de maniobra por aquellos que, de una u otra forma, pueden beneficiarse del status quo. Los grandes cambios se dan poco a poco, tardan décadas en apreciarse y en sus inicios suelen enfrentarse a estos problemas.

Esa cara de la moneda reticente ante los cambios, no se encuentra en un solo partido político, ni los actos de corrupción que merecerían ser juzgados como tales. Es algo sintomático y común a más de uno, y corresponde en parte a la dinámica que un concepto como partido cartel (o sistema de partidos cartelizado), propuesto por Richard Katz y Peter Mair nos permite explicar.

La propuesta de estos autores, busca comprender el comportamiento de muchos de los partidos que encontramos en las democracias contemporáneas, y que no han sido abordados de forma profunda por otro tipo de enfoques.

En su análisis, encontraron que anteriormente el partido político era un instrumento para mantener la posición de las élites de ciudadanos, que dominaban, además, las esferas de administración Estatal; a esta etapa de la evolución de los partidos corresponde el primer estadio de los cuatro que identifican hasta ahora. Con el fortalecimiento de la clase obrera producto de la industrialización de algunos países, las demandas de ampliar los derechos políticos fueron cediendo, llegando a la cúspide con la ampliación significativa de capacidad de voto no sólo a las élites de la sociedad. Ello permitió la participación de grandes conglomerados de personas de clases medias en torno a lo que se denomina los partidos de masas: un vínculo entre sociedad civil y el Estado. La clase obrera buscaba, a partir de estos mecanismos, continuar con la ampliación de libertades y derechos políticos. Este tipo partido, contaba con una organización fuerte, que buscaba su fortaleza del gran número de miembros que podía integrar.

Los partidos de élites, debieron adoptar modelos organizativos similares para competir por el acceso a los cargos públicos de administración y gobernación. Al surgimiento y fortalecimiento del partido de masas corresponde el segundo estadio. En este mismo, se gestó el surgimiento del tercero, cuyo modelo es el camino de los partidos de élite, que lejos de conglomerar a ciudadanos en torno a una ideología clara e intereses precisos, buscaban apoyo de todos los sectores en momentos electorales, este modelo es el que Kircheimer denominó partido catch-all (traducido como partido escoba o atrapalatodo); más pronto que tarde, los partidos de masas terminarían por transformarse en organizaciones del mismo estilo, al perder vigencia algunas de sus banderas de lucha y necesitar de un apoyo popular más amplio, traducido en votos.

El proceso se vio marcado, además, por factores como los medios de comunicación masiva, que obligaban a los partidos a dirigir mensajes a la ciudadanía en general y no un sector específico (por ejemplo, los obreros para los partidos de masas); las partidas presupuestales para financiar a los partidos calculadas a partir del número de votos obtenidos, generó incentivos para buscar ampliar el número de los mismos, perdiendo el sentido de representación directa de un sector específico de la sociedad, para buscar abarcar lo más posible.

El proceso evolutivo ha ido alejando a la sociedad civil de los propios partidos y del Estado. Antes, los partidos eran un vínculo entre ambos, y eran utilizados como mecanismos para que los intereses de la sociedad civil penetraran en el Estado y fueran atendidos. La tendencia que Mair y Katz perciben, indica cada vez más la vinculación e identificación entre Estados y partidos (sistema de partidos), dejando fuera los vínculos a la sociedad civil.

En esta idea se apoya la concepción del partido cartel. Las diferencias entre un partido y otro se ha ido disipando (a partir del esquema catch-all), y los sistemas de partidos han tendido a estabilizarse en un número concreto de partidos (aunque bien pueden surgir nuevos partidos, estos terminan acomodándose en los beneficios que supone el arreglo institucional y a formar parte de la cartelización). La subvención estatal a los mismos genera que los partidos que pierden elecciones, no dejen de recibir sus recursos, y sigan operando con normalidad, aguardando las próximas. No hay claros ganadores y perdedores, en alguna medida, todos conforman parte del gobierno (por la representación proporcional en los legislativos, por ejemplo). ¿Para qué atacar a las otros agitando el avispero, si bien dentro de un par de años yo puedo optar a ocupar los puestos que hoy tiene el otro y beneficiarme de éstos?

El sistema de partidos se carteliza, todos los partidos acuerdan en torno a su mantenimiento como tales, por ejemplo, elevando los requisitos para la formación de nuevos partidos, y manteniendo el registro de los actuales no importando el monto de votos obtenidos. O bien, como vimos los años anteriores y el actual, buscar de alguna forma impedir postulaciones independientes. La democracia entonces se estabiliza (o estanca), disminuyendo casi a nada el conflicto que antes mantenía la competencia de los partidos, representantes de agendas distintas. Se genera la percepción en que vivimos pensando que “todos son lo mismo”. Lejos de la diferencia programática, lo que se privilegia es cubrirse las espaldas mutuamente porque, aunque en las elecciones haya ganadores o perdedores, el arreglo actual les resulta benéfico en términos económicos y de intereses.

La presión mediática, de diversos sectores de la sociedad, o de actores públicos o incluso miembros de partidos que presionan para cambiar (porque claro que pueden existir excepciones en los partidos, aunque puedan ser minoritarias, en uno y otro sentido) es lo que históricamente ha obligado a los cambios institucionales, no violentos, aunque nunca de la noche a la mañana. La liberalización del sistema político que ha permitido alternancias fue una lucha ganada por las generaciones que nos precedieron, y ésta quizá sea la nuestra.


Referencias:

Mair, Peter y Katz, Richard, “El partido cartel. La transformación de los modelos de partidos y la democracia de partidos” en: Revista Zona abierta, número 108/109, 2004, pp. 9-39.


Imagen: http://laeducacionquenosune.org/eagles/wp-content/uploads/2015/01/mrp.jpg

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.