Resiliencia universitaria

Por Noemy Gonzalez G

Hasta hace cuatro años octubre era el mes recordatorio para todos los jóvenes universitarios (los que viven el contexto actual y los de hace cincuenta años) de la barbarie y el uso de la fuerza injustificado en sectores vulnerables de la sociedad; hoy el luto y la alarma se extienden a cada mes del año. Se dice que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla y creo que a más de un funcionario del sexenio de Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón (incluidos ellos) les faltó cursar conscientemente la materia.  

El movimiento de 1968 fue el resultado del descontento social y una fiebre internacional que incitó el cambio y la expresión de libertad. No solo los estudiantes y doctores en México alzaban la voz, en París, Berlín, Francia y otros países cuestionaban el orden político y económico, modificando la vida cotidiana. Contexto que muy rara vez se conocía fuera de las paredes de las universidades a pesar de contar con la televisión como medio por excelencia de comunicación. 

Hasta hace cuatro años parecía (si se ignoran los hechos aislados) imposible una masacre similar a la noche del dos de octubre. Con el internet y las plataformas horizontales como Twitter o Facebook se tenía la ilusión de una colectividad cooperativa informada y que, si esto se vislumbraba de algún modo, los buenos éramos más. A pesar de todas las facilidades que el siglo XXI provee, el 26 de septiembre se agredió a un grupo de normalistas a sangre fría. 

Cincuenta años después de la noche más larga en Tlatelolco se siguen uniendo cabos, no se tienen una versión oficial que concuerde con la de la sociedad civil y todavía no se sabe quién orquestó a los guantes blancos. El olor a putrefacción sigue impregnando las cortinas del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz. 

Cuatro años después, las familias de los 43 normalistas de Ayotzinapa no saben dónde están sus hijos, las versiones de lo que pasó el 2014 en Iguala no tienen un hilo conector unas con otras, las trabas burocráticas funcionan como tapadera de aquel o aquellos que ordenaron el ataque y el presidente responsable está por darle vuelta a la página, poniéndole una raya más a los casos sin respuesta de su sexenio. 

Mucho se dice del contexto de las escuelas públicas, e incluso algunos justifican la violencia con frases como “Ustedes se lo ganaron” “Pónganse a estudiar” “Para qué estaban ahí”. Se lee de manera alarmante en redes sociales comentarios que carecen de empatía, conciencia y sobre todo cuestionamiento, es peor darse cuenta de que sin Jacobo Zabludovsky y su “Hoy es un día soleado” y con la posibilidad de ser autodidacta las personas siguen impregnados de discursos oficiales irreales y como seres apolíticos, usando solo el papel de votantes.

Las escuelas privadas no se salvan de la violencia imperante del país. El Instituto Tecnológico de Monterrey, campus Monterrey en el 2010 pagó las consecuencias en dos de sus alumnos de maestría: Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo Verdugo, después de que el ejército penetrara dentro de las instalaciones y usado sus armas en contra de ambos, para posteriormente manipular la evidencia con el fin de evadir las consecuencias y presentarlos ante los medios como un peligro porque “Iban armados hasta los dientes” 

Ocho años después a los culpables se les sigue sin asignar cara, Margarita Zavala solo usó el hecho de manera mediática, para Rodrigo Medina (Gobernador en turno) solo representó un par de números más, mientras que Jaime Rodríguez Calderón subió de cargo a el jefe militar del operativo Cuauhtémoc Antúnez. 

Los discursos de violencia en general cada vez escalan dimensiones impensables, Ludwing Wittgenstein afirmaba que “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo” y en parte es verdad, no se puede nombrar lo que no se conoce, pero el que no se conozca o no haya una verbalización no significa que no existan, es decir, el que no existiera la palabra “genocidio” no significa que el suceso no existiera y lo preocupante es eso, que cada vez se quedan más cortas las palabras para significar el contexto de violencia en el que estamos sumergidos. 

Un espacio-tiempo donde las armas se están volviendo secundarias para darle paso a los ácidos, como lo que aparentemente sucedió con Daniel Díaz, Marco García y Javier Salomón, estudiantes de cine de la Universidad de Medios Audiovisuales asesinados y disueltos en ácido. Un espacio-tiempo donde los muertos son tantos que se tiene que recurrir a camiones ursurpando el lugar de la morgue. 

Parecía imposible que la delincuencia, el narcotráfico, la violencia, la injusticia, el abuso, la arbitrariedad, la brutalidad, la agresión, la furia, la crueldad y la rabia pintaran las paredes de los oasis de educación, pero esto es una realidad. En el 2018, cincuenta años después parece haber cambiado la realidad por una más fuerte. En donde es posible salir de la Facultad de Contaduría y encontrar dos cadáveres o balaceras, leer en internet que tu compañero próximo odontólogo Víctor Manuel Orihuela “cayó” de un edificio, o que se avientan muertos en las instalaciones de la cantera, cuna del equipo universitario de futbol. -Por mencionar algunos-. 

Muchas cosas como jóvenes nos separan y segmentan, pero la memoria colectiva entendida como los contextos grupales, que son periódicamente reforzados por el contacto con otros que compartieron la experiencia inicial nos unirá siempre. La resiliencia de una generación que intenta seguir adelante, pero que cada día se enfrenta a la pornografía de sentimientos exponencial -La vileza con la que se enfrenta cada vez más la sociedad, creando grupos más permeables y a estímulos más fuertes- se convierte en un motor para erradicar la indiferencia y se adhieren personas con el mismo hartazgo, de diferente contexto, pero por una sola causa. 

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