RESERVADO

Por Ana Hurtado

 

¿Existe alguna posibilidad de que exista un lenguaje universal? De ser así ¿cuál sería este lenguaje? Si me pidieran tres opciones, yo diría:

  • El silencio
  • Las matemáticas
  • Las imágenes

Me atrevo a decir que las dos primeras tienen la peculiaridad de ser iguales en todo el mundo, para la tercera habrá que aclarar el tipo de imágenes a las que hago referencia. No podría decir que todas las imágenes son iguales, pero sí afirmo que nuestra capacidad óptica para descifrar mensajes a través de los recursos visuales, en numerosas ocasiones es infalible. Existen imágenes que fueron creadas con un propósito específico, gráficamente son trazos sencillos y tienen colores primarios con combinaciones muy básicas o poseen sólo un par de letras. A diario convivimos con este tipo de imágenes, están presentes en los establecimientos públicos, en las escuelas, las empresas y en un sinfín de espacios; su función es comunicar mediante la dinámica de asociación sujeto-referente. Pongamos sobre la mesa un ejemplo: Si uno viajara a un país del cual se tiene escaso o nulo dominio del idioma, naturalmente la frecuencia de interacción con otras personas sería mínima, y buscar lugares como baños públicos, estacionamientos o saber si están permitidas algunas acciones, representaría un problema a la hora de su búsqueda. Pero para ese tipo de situaciones podemos fiarnos de pequeños salvavidas como son los señalamientos, éstos se clasifican según el espacio y propósito en:

  • Prevención
  • Tránsito
  • Seguridad
  • Restrictivos
  • Caminos
  • Higiene

No es difícil encontrar estas sencillas indicaciones y recomendaciones gráficas, como tampoco lo es encontrar la omisión de las mismas. Para quienes vivimos en una ciudad tan concurrida como el Distrito Federal, sabemos que el transporte público es un escenario plural que permite el contacto con diversos tipos de situaciones; la pluralidad se detecta en todos los sentidos.

Un reto vigente es la convivencia. Convivir es igual de difícil que el transporte de un punto de la ciudad a otro en plena hora pico; es sabernos en un diferencia y sobre esa misma línea propiciar el respeto. El metro, como cualquier otro espacio con seres vivos debe ser incluyente en todos los aspectos, contemplar a sectores que posiblemente no son mayoría pero que finalmente son parte de esa generalización y término tan ambiguo que llamamos “sociedad”. En su estructura, el metro de la Ciudad de México contempla que de sus 12 líneas y casi 20 vagones por tren, 10 mil 584 asientos estén destinados a personas con capacidades diferentes o situaciones riesgosas; cada vagón cuenta con tan solo 4 de estos asientos reservados, y el resto es para la población en general. Arriba de estos asientos exclusivos hay un recuadro con cuatro señalamientos de prevención y seguridad, y abajo del mismo un pequeño mensaje que dice: “Cédalo a quien lo necesite”. El señalamiento muestra a una mujer embarazada, una persona de edad avanzada, una mujer con niño en brazos y uno más en silla de ruedas ¿Por qué representar estos cuatro tipos de personas y reservarles un asiento? La respuesta es sencilla: cada uno está en desventaja con otra persona que no comparta la misma situación. Pensemos en esto: cuando el tren avanza hay momentos en los que se detiene inesperadamente, las personas que no lleven niños en brazos podrán tener más seguridad a la hora del impacto.

Me llama mucho la atención la leyenda “Cédalo a quien lo necesite”, considero que debería cambiarse a una indicación quizá más impositiva, algo así como “¡RESPETA!”, tal cual, con mayúsculas y signos de admiración para ver si de esta manera tiene algún impacto en los usuarios. Al ser un asiento RESERVADO, ninguna persona ajena a las situaciones descritas en el señalamiento debería sentarse, aun cuando al abordar el vagón todos los demás asientos se hayan ocupado y no viajara ninguna persona discapacitada o vulnerable. De presentarse esta situación, lo ideal sería que el vagón viajara con esos cuatro asientos desocupados para que en el momento en que una persona lo requiera, éste se encuentre disponible.

Es realmente triste ver lo difícil que se torna hacer del respeto una parte de nuestras día a día. ¿Cuál es el problema en que ese asiento vaya vacío? Puedo entender que en ocasiones uno viaje demasiado agotado, a tal punto que parezca casi imposible mantenernos de pie por la cantidad de energía perdida durante el día, esto sumado al estrés que provoca la aglutinación de personas en un espacio reducido y el ruido que el comercio informal produce; es indiscutible la perturbación que nuestro cuerpo y mente experimentan, pero ese estado no es algo que nos haga diferentes de los otros, por el contrario, nos pone en una especie de nudo donde convergen cantidad de situaciones similares, pues aun con esa actitud tan distante de lo que puede ser lo positivo, somos capaces de reaccionar a estímulos de alerta.

Sin darnos cuenta, provocamos situaciones más incómodas al no respetar algo tan simple como lo es un asiento.

Pepe Grillo se desanimaba cuando Pinocho mentía, creo que si Pepe Grillo existiera y viajara un día en el metro tendría un cuadro de depresión aguda. Lo infortunado de no respetar los espacios es comprobar que las cosas, al igual que el metro, avanzan en una aparente normalidad continua –tan normal como hacerse el dormido o molestarse cuando alguien pide que ceda el lugar– ¡cuánta normalidad cabe en saber que aun cuando el asiento no nos corresponde, hacemos uso del mismo!

Agrego otra opción a la lista inicial de posibilidades de lenguaje universal: El respeto.

¡Ah! por cierto, la población masculina –joven y adulta– merece las mismas atenciones y actos de respeto que la femenina. Como pastillita para la amnesia: los hombres también cargan bebés y van por sus hijos a la escuela, como también hay quienes por alguna razón usan bastones o muletas. Digo, nada más como nota al pie de página.


REFERENCIAS

Imagen extraída de: http://playrd.mx/radiodigital/?attachment_id=1042

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