Renovaciones

Por Brandon Ramírez

Casi siempre el comienzo de un nuevo ciclo, como puede ser un año en el calendario supone oportunidades simbólicas para realizar cambios en nuestras vidas. En nuestro país, este 2018 coincide con la oportunidad de elegir continuidad u optar por alguna de las distintas opciones de cambio. Basta ver cualquier medio de comunicación estos días para notar que la lógica de la vida pública de nuestro país ya comenzó a girar en torno a dicho proceso.

Por un lado, ciudadanos juntando sus firmas para aspirar a estar en las distintas boletas, por otro, precandidatos que todos sabemos que en realidad son ya candidatos elegidos por sus partidos pero que utilizan esa figura para tener más exposición mediática y recursos públicos para publicitarse, y también las autoridades electorales recordándonos lo importante de nuestra participación, por más que siempre estamos tentados a minimizarlas bajo los mismos tópicos de siempre.

Muchos propósitos y buenas intenciones se quedan en eso, porque usualmente apuntamos muy alto y lejos, sin considerar pequeños esfuerzos o cambios que pueden ser fácilmente realizables a nivel personal sin ser tan espectaculares pero que pueden significar un gran beneficio o pasos en el camino correcto. Para el tema político puede pasar algo similar: todos nos quejamos de lo mal que va todo, a menos que seas de los pocos privilegiados que siempre existen y se benefician del status quo, y esperamos que algo exógeno casi mágicamente cambie la situación sin cambiar uno mismo su participación en la corrupción, la desigualdad, o problemas más cotidianos como la basura en las calles y contaminación en los que podemos contribuir. Votar es un poco de lo mismo, hacer lo tuyo y en la suma de acciones esperar que todo vaya por un mejor camino, incluso si tu candidato favorito no gana, tu voto en otras boletas puede darle a su partido un escaño más en el Congreso y esperar que funcionen los contrapesos, o exigir que lo hagan.

En el imaginario, la idea del “buen ciudadano” supone que todos nos informemos sobre propuestas de los candidatos, ver cuáles nos parecen mejores, revisar sus trayectorias, escuchar sus presentaciones, discursos, participaciones en debates, etcétera, para tomar una decisión sobre a quién votar. La realidad es que poquísimas personas harán todo este ejercicio, que supone un compromiso que no todos pueden tener, ya que se necesita mucho tiempo del que no todos disponen, y un involucramiento que puede ser tedioso. En última instancia, cada uno vota por las razones que sean, y lo ideal es que sea en total libertad y sin que haya coerción de ningún tipo para hacerlo de tal o cual forma. En mi familia, algunos votan basándose en el sexo del candidato, apoyando siempre a mujeres sobre hombres sin ningún otro criterio particular; otras personas que aun tienen muy interiorizada su identidad partidista votan por el partido sin saber si quiera qué candidatos están postulando, otros pueden hacerlo por el eslogan o canción usado en su publicidad, por cuestiones ideológicas, por azar, etcétera, y aunque está lejos del ideal, todas ellas son razones igual de válidas. El problema es cuando compran o coaccionan tu derecho a votar por quien quieras.

Seguramente casi nadie (por no decir nadie) utilizó una de sus uvas en las campanadas de noche vieja para proponerse ser un “mejor ciudadano”, pero no está de más considerarlo, por lo menos, votando en las elecciones que vienen, que no supone más que unos minutos de un día de los 365 que componen el año.

Si fuera cierto eso de que todos los partidos y políticos son iguales, estamos dando por supuesto que es imposible transformar al país por esa vía; pero aún nos quedaría la sociedad civil, de la que también formamos parte, para impulsar cambios en México y el mundo. Es fácil señalar culpables, pero no tanto asumir nuestro papel como actores importantes que, si bien como votantes podemos influir, también como ciudadanos parte de este Estado. Aplica para política como para la vida, o todos cumplirían cada uno de sus propósitos de año nuevo, pero usualmente nos falta ese grado de compromiso que se requiere, y es más fácil seguir quejándose de esas cosas que queremos cambiar, ante las que no hacemos nada…


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