Reinterpretando el feminismo

Por Ale Sánchez

Es cierto que el mundo a través de los siglos ha sido configurado para ajustarse a las aspiraciones, preferencias y conveniencias del sexo masculino, moldeando una serie de roles que se condensan en una figura artificial llamada género, por encima y en detrimento de los derechos, garantías, necesidades y aspiraciones del sexo femenino. Es verdad también que, en consecuencia, la mujer (la hembra, la fémina) ha sido relegada a un puesto inferior en una jerarquía biológica de la humanidad, es decir, se le ha etiquetado como ser humano de segunda clase.

Ni mentira ni exageración, mucho menos un malentendido: la vida de la mujer está llena de requisitos, obstáculos, violencia, exclusión, y un sinfín de contrariedades que el sexo opuesto ha visto de lejos, ha propiciado incluso, pero que meramente desconoce porque no los ha sufrido. No hablamos ni de villanos ni de víctimas; una persona no nace ni verdugo ni beato por obra y gracia de su último par de cromosomas. Sencillamente hay hechos, aunque sus causas y contexto van mucho más allá de juicios de valor lanzados al azar.

Independientemente de ello, es necesario darse cuenta de que todo ese mundo falocéntrico se fortalece también, desgraciadamente —en muchos casos—, con ayuda de la mujer.

Tampoco puede criticarse ciegamente este hecho; a fin de cuentas, todas las personas somos bombardeadas con ideas, preceptos y tendencias que no nos pertenecen, con las que no venimos al mundo, con las que quizá jamás estaríamos de acuerdo si no fuera porque nos las transfieren como verdades absolutas cuando aún no hemos forjado un criterio. Sin embargo, para eso existe la conciencia.

Mujeres y hombres conscientes pueden corregir los errores en su conducta o modo de pensar, aún si se trata de un largo y arduo camino a seguir. Y precisamente, si la exigencia constante ha sido que el hombre entienda y tome en cuenta a la mujer percibiéndola como un ser igual en importancia y derechos, también vale exigir a la mujer que deje de ver a sus compañeras de género como una competencia y comience a verlas como aliadas.

Sí, ¡qué difícil!, dejar de odiar a la que —innecesariamente— juzgamos más guapa, más atractiva, más llena de ventajas. ¡Cómo dejar de basar la autoestima en una superioridad ficticia forjada a partir de comparaciones subjetivas!, es decir, abandonar esa tendencia a sentirse satisfechas sólo cuando las mujeres alrededor son “más feas, más infortunadas, más socialmente rechazadas…”.

Cada día que una mujer dice “tengo derechos, respétenlos” y luego mira a otra, cualquier desconocida, por encima del hombro, lo único que hace es traicionarse a sí misma. Cada vez que una mujer conspira y actúa en contra de otra, movida por la envidia y la mezquindad, solamente lanza un boomerang al universo de su género, que más tarde o más temprano le golpeará la nuca.

Pero ¿no ha sido creada para eso la figura de la mujer? ¿Para servir y agradar a los hombres (a toda costa) y tratar de volver invisibles al resto de las mujeres? La vestimenta, el maquillaje, la conducta, pareciera todo encaminado a agradar al sexo opuesto en una carrera tan sangrienta que no permite empates. ¿No es por eso que se crearon los estereotipos de belleza que vuelven tan infelices a quienes no los cumplen? Si lo perfecto es el cabello largo (por decir algo), ¿las mujeres de cabello corto deben sufrir el rechazo social? O si lo deseable, lo bonito, son las cejas depiladas y luego pintadas, ¿las mujeres con cejas naturales son necesariamente feas?

¿Cuándo se volvió vergonzoso ser natural? ¿Cuándo un hombre —y los hombres en su conjunto— aceptaría que se le ordenara torturarse día con día con los mismos rituales de belleza exigidos a la mujer? Algunos hombres quizá adoptan varias de estas prácticas, es verdad, pero de no hacerlo, nadie ejerce coerción sobre ellos. Aunque algunos hombres gusten de depilarse las cejas, las axilas o hasta la entrepierna, ninguno será juzgado y señalado por dejar de hacerlo, simplemente porque esas reglas no fueron diseñadas para restringir a su grupo. Lo mismo con la maternidad, la promiscuidad, etcétera… Esa es la gran diferencia.

Lo sorprendente es que la violencia que sufre la mujer por ser mujer, muchas veces comienza en aquello que permite sobre sí misma. Pero vislumbrarlo y modificarlo es lo más difícil. Las prácticas “femeninas” están tan cultural y psicológicamente arraigadas a TODA LA SOCIEDAD, que muchas veces tendemos a pensar que son intrínsecas, instintivas, casi naturales. En ausencia de un factor de contraste, los detalles pueden pasar desapercibidos. Y lo peor es que, aun percibiéndolos, resulta muy duro tomar la decisión de romper el status quo, porque hacerlo significa dejar de pertenecer, dejar de ajustarse a la tan santificada NORMA social.

Por ende, si tan difícil resulta cambiar en el ámbito individual, ¿cómo podemos aspirar a cambiar con respecto a quienes nos rodean? ¿Cómo puede una mujer sentir simpatía o compasión por otra cuando más de una vez se las ha negado a sí misma con tal de cumplir su rol?

El feminismo, lejos de entenderse como un odio hacia los hombres, lejos de consistir en una venganza o un contraataque, debe ser representado por el fomento de conciencia, justicia y, claro, por una construcción social e individual de actitudes y valores encaminados a que la vida de la mujer quede libre de las opresiones y la violencia que históricamente han sido endilgadas a su sexo. Siempre cabrá demandar hombres decentes y respetuosos que dignifiquen a la mujer; no obstante, es tiempo de clamar porque la mujer también haga lo suyo en este tema: ser cooperativa, solidaria, empática, justa, protectora, consigo misma y con otras mujeres. Requiere un gran esfuerzo, resulta complejo y hasta confuso, pero hay que empezar a intentarlo.


Imagen: http://youaresingledout.com/2015/03/20/battling-twin-sisters-jealousy-envy/

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.