Reflexión personal: activismos y pragmatismos

Sin ser analista de movimientos sociales o políticos, me atrevo a escribir este post, inspirada, como siempre, por una plática entre amigas. Después de varios años de no verlas por no vivir en la misma ciudad, nos reencontramos en un café de la Ciudad de México. Las tres tenemos “antecedentes”, cada quien a su manera, en cooperación internacional para el desarrollo, las ONG, y activismo, y empezamos a hablar de colectivos, participación, marchas. El debate giraba en torno a si la figura del colectivo y la marcha en calle funciona, para qué funciona, y, aunque estamos del mismo lado (queriendo mejorar las cosas), cómo se percibe desde esos frentes nuestro enfoque un tanto pragmático de trabajar desde el sistema en vez de trabajar contra él.

El colectivo (desde mi experiencia), discute (a veces por largo tiempo), consensua, exige, y luego grita. Gritar es necesario. Se necesita gritar cuando nos están matando a defensores de derechos humanos; cuando se desvían recursos; cuando de repente cesan sin respuesta, investigaciones donde claramente hay gato encerrado; cuando despojan a la gente de su tierra, etcétera. Pero creo que el sistema ha aprendido rápidamente que si se espera un par de semanas, habrá otro incidente, algo más por qué gritar. Somos como el meme que quiere todo ahora, y en repetición infinita. El sistema sabe que eventualmente, podrá salir impune sin cumplir sus obligaciones.

Sin alguien que reoriente ese impulso para cambiar procesos, reglamentos, leyes, es decir, que realice cambios estructurales, nos la viviremos gritando. Y lo que yo he visto es que el sistema cambia, sí, por presión, pero desde dentro. Se necesitan aliados dentro del sistema que traduzcan esos clamores en política pública, precedentes legales, reglamentos, para que así, poco a poco tengamos menos por qué gritar. Arbitrariamente llamo a este grupo “los pragmáticos”, cuya consigna es enfocarse en lo que funciona. No es un mundo lindo: se hacen compromisos, se apoyan cambios diluidos porque “es lo que se puede aprobar”, y se es testigo de primera mano de cómo funciona el mundo real. Pero las cosas cambian lentamente, como han estado cambiando desde hace cientos de años, muy lentamente, pero gracias a que revolucionarios y pragmáticos trabajan juntos, cada uno desde su frente.

El problema está cuando estos dos grupos no se hablan, cuando se piensa “o estás conmigo o estás en mi contra”. Que si eres hipster, que si soy artista y tú no, que si tienes tal trabajo. ¿Acaso no todos podemos aportar? Divide y vencerás, dijeron por ahí, y no lograremos nuestras metas mientras permanezcamos divididos e intolerantes. Mi pregunta clave es, ¿por qué no nos enfocamos mejor en conciliar diferencias, encontrar coincidencias y áreas de cooperación? Y al planteármela me doy cuenta que desde la pregunta estoy asumiendo un enfoque pragmático. Tal vez esto sea más difícil de lo que pensé.

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