Redactando una Constitución

Por Brandon Ramírez

Desde hace unas semanas, en la Ciudad de México, la publicidad sobre las elecciones para las diputaciones que integrarán la Asamblea Constituyente ocupa un buen espacio en los medios. En algunos espacios donde se debaten temas de política, se ha hablado de la conformación de la misma, la posible sobrerrepresentación de algunos partidos, o sobre los integrantes del grupo que redactarán el proyecto. Y es que, las constituciones, aunque sean locales (en el caso de países federales como el nuestro) y aunque en algunos casos son reformadas con relativa frecuencia modificando su contenido de un año a otro, siempre están cubiertas de esa especie de aura que le otorga el ser la ley suprema de una sociedad, aunque en los hechos algunas veces su contenido se toma más como sugerencias que como mandamientos que todos debemos respetar; pero ese es otro tema.

Todo este contexto que rodea el proceso de construir una nueva Constitución, me recuerda a lo que sucedió en Islandia hace unos años, aunque era una situación diametralmente opuesta, y sólo tiene en común con la nuestra la idea de crear un nuevo marco constitucional.

En nuestro caso, la necesidad de redactar una nueva Constitución se dio por una reforma que cambió la conformación política y administrativa de una entidad, el otrora Distrito Federal, al contrario de la inmensa mayoría de contextos que dieron paso a la construcción de constituciones, casi siempre tras guerras, revoluciones o grandes crisis que no dejan otra alternativa que un “nuevo inicio”. Para no ir más lejos, ese fue el caso de nuestra Constitución Federal, tras la revolución, y la serie crisis en que se encontró inmersa Islandia.

Durante esa serie de meses en que explotó la llamada ‘primavera árabe’, el movimiento Occupy Wall Street, los indignados en España y otros más, en Islandia se vivió una fuerte crisis, producto de la quiebra de bancos por el entorno económico internacional iniciado en 2008. Una de las consecuencias, fue que se planteara un nuevo orden constitucional.

Lo que llamó la atención de buena parte del mundo, es que, para plantear esta nueva Constitución, se consultó a los ciudadanos (se eligió un grupo de 25 para redactarlo, pero todo el proceso estuvo abierto a sugerencias de la población en general), que podían opinar a través de internet, para redactar un proyecto en el que no intervinieran solamente los políticos profesionales, a quienes se les atribuía culpa de la situación crítica.

Al final, el proyecto fue puesto a votación entre los ciudadanos, en una consulta no vinculante, aprobado por dos terceras partes, e incluía temas como los derechos de los animales como fundamentales y la nacionalización de los recursos naturales, incluido los pesqueros, en cuya industria se centran distintas empresas privadas y representa un pilar importante de la economía nacional (cerca del 40% de sus exportaciones son pesqueras), aunque fue “congelado” y nunca puesto en marcha como una nueva Constitución vigente.

Sin embargo, se dejó nota de mecanismos que podrían incluir a los ciudadanos, más allá de la emisión de un voto a favor o en contra de un marco jurídico construido por las élites de un país. Es cierto que esto fue posible en parte por el reducido número de islandeses, que es menor al de muchas delegaciones de nuestro viejo Distrito Federal. Aun así, es una muestra de cómo los ciudadanos pueden involucrarse en la construcción de las leyes con las que regirse.

También es cierto que nuestras sociedades son distintas. Las instituciones que hemos construido, y las democracias que hemos desarrollado, son diferentes. En nuestro caso, y por poner un ejemplo, la iniciativa tres de tres tardó más tiempo del que tenían previsto sus impulsores, para juntar las 120 mil firmas que permitió llevarla al Congreso para ser discutida y eventualmente votada. Las candidaturas independientes siguen un poco el mismo camino: por un lado, la necesidad de reunir un número elevado de firmas (si bien es cierto que los tribunales electorales han hecho que muchos estados lo reduzcan), por el otro, la utilización de esta figura por políticos profesionales, y la falta de apoyo de los ciudadanos (muchos aspirantes a candidaturas independientes en las elecciones locales de este año, no lograron juntar las firmas requeridas).

Participar en todos los procesos que influyen en nuestra política, si bien es un derecho, debería ser tomado más en serio por muchos de nosotros. Votar por un representante, ya sea para una Asamblea Constituyente que redactará un documento que regirá nuestras instituciones, es una forma valiosa de participación, pero también lo es el ir más allá, impulsar proyectos ciudadanos que consideremos deseables (como puede ser el 3 de 3), y buscar defender que en este cambio institucional no se pierdan los derechos y las conquistas que muchos grupos han conseguido en nuestra ciudad, es otra.

Y aunque probablemente la participación electoral no será muy elevada, no debemos dejar de insistir en que está bien quejarse, pero es aún mejor involucrarse en la vida política que nos rodea, que al final, queramos o no, y nos importe o no, tiene un impacto en nuestra vida.


Imagen: http://static.adnpolitico.com/media/2014/02/04/grafico-cambios-constitucion.jpg

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