(Real)mente

Por Guillermo Alvarado.

 

La idea seguía rebotando en mi cabeza, ni cuenta me había dado que ya había llegado a la entrada del metro, en mi cabeza aún escuchaba la voz un poco ronca de Ximena “…en el cuarto de mi tía abuela Jacinta, hay un teléfono que te comunica directamente con Dios…”, era sin lugar a dudas la idea más alocada que había escuchado en mi vida. Un teléfono con el cual hablar con Dios, se contraponía con mi forma de pensar, si bien me había alejado de la religión desde hace mucho tiempo, no lo había hecho enteramente por mi incapacidad de creer en Dios, si no por mi fundamentado desinterés por el Dios creado, reformulado y vendido por “algunos” muchos, y que constantemente tienden a imponer o justificar con prejuicios y ataques morales. Otras veces, me detenía a pensar si en realidad necesitaba una creencia, por mínima que fuera; el hecho de pensar que existe un plan para todo, que cada movimiento y decisión que tomamos está respaldada por un ser superior arriba de nosotros, muy por encima de nuestras cabezas de piedra, francamente me parece algo ingenuo, pero quizás sí necesario.

 

El ruido del tren al frenar en la estación me hizo salir de mis pensamientos y enfocarme nuevamente en lo que dijo Ximena, “…ayer, mientras esperaba a que llegaran todos, empezó  a sonar el teléfono, pero no era el de la casa, no, el sonido provenía de la recámara de mi tía abuela, sonaba muy bajito y parecía cambiar de melodía, no era un tono fijo, era música, pero como melodías interpuestas, sonando al unísono…”. La verdad, al subir al tren y sacar mi libro, puse en pausa toda cavilación respecto a lo contado por Ximena, la historia que leía, me hizo sumirme por un momento en islas griegas y matrimonios fútiles, amantes y desenlaces programados, al pasar las hojas y las estaciones, el metro llego a mi estación al mismo tiempo en que termine de leer el cuento.

 

Una chica parecida a Ximena encendió la chispa para volver a pensar en aquella idea del “teléfono de Dios”, ahora como si tratara el tema como un hecho real, me preguntaba ¿por qué motivo Dios tendría un teléfono? o más bien ¿por qué Dios tendría una línea directa con la tía abuela de Ximena? ¿de qué serviría poder hablar con él directamente? “…estaba en la sala esperando a que llegaran, y al escuchar, me fui acercando a la habitación, toque la puerta pero yo sabía que no había nadie más que yo en la casa, no recuerdo por qué toque la puerta, quizás fue por miedo, y es que, el teléfono de mi tía abuela, ha estado desconectado desde que le dio por marcar a números al azar y preguntar por mi prima, la que nunca encontraron después de aquel viaje escolar. Las llamadas que hacía nos costaban mucho, además la gente terminaba insultándola o sencillamente veían la ventana abierta para sacarle información a mi pobre tía, lo mejor fue desconectar su teléfono, y por esto mismo es que  estaba aterrada, afuera de su cuarto, escuchando su teléfono desconectado sonando…”

 

Por fin llegué a casa, dejé todo en mi cuarto, el mismo cuarto en el que Ximena y yo pasamos mucho tiempo cuando fuimos novios, el mismo en donde perdimos la virginidad juntos. Ximena y yo nos conocemos desde hace mucho, casi crecimos juntos, éramos vecinos. Pasamos de amigos a novios en la escuela, nos veíamos constantemente en su casa o en la mía, nuestros padres aprobaban la relación, éramos una pareja modelo pero también éramos ingenuos, comenzamos a tener diferentes puntos de vista y sencillamente nos empezamos a distanciar, no fue nada violento ni tan triste, fue como algo normal, poco a poco lo fuimos asimilando, hasta darnos cuenta que en verdad no éramos compatibles, que lo que nos unía no era más que la convivencia diaria. Finalmente ellos se mudaron, la vida continuó su curso, pasaron un par de años y al completar la universidad trabamos comunicaciones nuevamente. Nos reencontramos, ahora éramos otras personas, y aunque diferentes  de cierto modo, reconocí en ella a la chica de voz un poco ronca que miraba al mundo con vista analítica, pero que soñaba con fantasías, aun cuando sus pies no la dejaban seguir volando al despertar de sus sueños, esa chica que pensé que amaba nuevamente estaba frente a mí, convertida en mujer. Supongo que ella reconoció en mí al chico del que se prendió en su adolescencia. Comenzamos a vernos por la tarde-noche cuando nuestros empleos nos lo permitían, salíamos, platicábamos, bebíamos un poco, y si el tiempo lo permitía, íbamos a algún hotel.

 

Concretamente, no había nada entre nosotros, tan sólo mucha historia juntos, días de estar abrazados en casa de sus padres, o viendo películas en la mía, horas de pláticas, intimidades y confesiones, no había nada entre nosotros, nada que pudiéramos ocultarnos. Ella trabajaba como analista de sistemas, yo recién conseguía empleo en una editorial. Mi carrera laboral tenía muchos altibajos y contaba en mi haber con un par de empleos de medio tiempo que no me enorgullece enlistar, la de ella en cambio, había sido estable y con menos de medio año en la empresa la habían ascendido. Por lo mismo de su personalidad y manera de conducirse en la vida, me parecía disparatada la confesión que me hizo, ella realmente no era así, después de beber un par de cervezas y platicar como siempre lo hacíamos, besarnos un poco y tratar de olvidar el estrés del trabajo.

 

Esa noche no había sido en nada diferente, de pronto Ximena enmudeció, era como si estuviera parada frente al mar, descalza frente a las olas rompiendo; la música new wave, para ella era como el rumor de la brisa marina, de repente me lo dijo “…tengo que decirte algo, algo que no he podido olvidar desde que me pasó…” noté la seriedad de sus palabras y le pregunté si deseaba que nos fuéramos, ella negó con su cabeza, “…estaba en casa, habían salido todos y le tocaba consulta a mi tía abuela, era tarde, ese día llegué temprano y estaba en mi cuarto, de pronto, como si mi oído lo hubiese querido, empecé a escuchar una melodía, pero no era una en concreto, eran como partes de diferentes canciones, pensé que era el teléfono, salí a contestar y noté que el sonido no provenía de la sala…”  Sus labios parecían temblar, pagué las bebidas y salimos del bar, agarré sus cosas y la tomé de la mano, ella continuaba platicando en voz baja, y aunque el ruido de la música y de los autos no me dejaba escucharla del todo, entendí el concepto general de lo que me decía, “…hablé con Dios, Carlos, escuché su voz, debes estar pensando que estoy loca, o borracha, pero tú bien sabes cómo soy, cómo pienso, me conoces y sabes que no soy supersticiosa, que no profeso ninguna religión, que veo con reserva todo, pero al escuchar por el teléfono de mi tía, lo supe, simplemente lo supe, era Dios, el verdadero…”

 

Caminamos hacia su casa, ella no dijo más, quizás por mi reacción, o porque en verdad no había más que decir, su cuerpo me parecía cada vez más ligero, como si algo la levantara. Caminamos por la calle oscura con ella recargada en mi brazo, no dijimos palabra hasta despedirnos en la puerta del edificio donde vivía, nos dimos un beso y un abrazo, después ella me miró como viendo al mar, viendo a lo lejos dentro de la inmensidad, entró al edificio y desapareció entre las sombras.
Después de esa noche no la volví a ver, no volvimos a contactarnos, ni ella a mí ni yo a ella, aún sigo pensando en su historia, ¿en verdad habló con Dios? ¿qué pudo haberle dicho? ¿qué pasó aquella noche en el bar cuando me confesó todo eso? Últimamente dudo en si realmente contacté a Ximena y nos estuvimos viendo, yendo a beber y a tener sexo, si en realidad la volví a ver o no. Quizás  yo también he hablado con Dios, respondiendo desde un teléfono desconectado en alguna habitación de alguna tía abuela y sigo allí, escuchando su voz divina.

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