Rapsodia lingüística

Por Fernando Rocha

El lenguaje engloba a la lengua y ésta, al habla. El habla es personal y accidental, utiliza el código de la lengua para expresar el pensamiento individual y es voluntaria. Es decir, el habla es una expresión individual, accidental y voluntaria de la lengua. La lengua es un sistema de signos, producto social, que deviene por la facultad del lenguaje. El lenguaje es heteróclito al ser físico, fisiológico y psíquico, y esta complejidad ha ocasionado que diversas ciencias lo reclamen como parte de su objeto de estudio. No obstante, todas sus manifestaciones son materia de la lingüística.

La corchea 

Para Ferdinand Saussure, en Curso de lingüística general, la semiología es el estudio de la vida de los signos dentro del seno social, y el signo es una entidad psíquica compuesta por un significado (una representación, un concepto) y por un significante (una huella psíquica, una imagen acústica). Además, el signo cuenta con cuatro principios, 1) arbitrariedad: el signo deviene por una convención social, por un hábito colectivo, además que la relación entre el significado y el significante no es natural al ser inmotivada, puesto que el significado no posee cualidades del significante ni se relaciona naturalmente con él; 2) linealidad del significado: el significado desenvuelve su extensión espacial y temporalmente; 3) inmutabilidad: el signo no admite un cambio súbito ni modificaciones individuales; 4) mutabilidad: la relación entre significado y significante metamorfosea gradualmente debido a su continuación manifestada en el uso que le da la masa hablante.

Y para Charles Morris, en Fundamento de la teoría de los signos, la semiótica es la ciencia de los signos que estudia la participación de los objetos de la semiosis (proceso en el que algo funge como signo), donde ésta consiste en un vehículo sígnico, un designata, un intérprete y un interpretante.

Era necesario rememorar lo anterior para decir que las particularidades del signo son las siguientes: es una representación, no es per se y es la base de la lengua. Tanto el significante de Saussure como el signo de Morris permiten representaciones de un objeto, el cual es el significado para el primero y el designata para el segundo. No obstante, esta representación es creación de un sujeto ―ya sea colectivo o individual― pues el signo se caracteriza por ser un referente de un ente para un intérprete en la medida en que éste considere al ente en virtud del referente, donde el intérprete crea la semiosis de una cosa, es decir, un individuo o una masa hablante convierten algo en signo para sí mismos, empero, los principios del signo de Saussure, en este caso, corresponden a la masa hablante. Así, el signo, cuando es una convención y se enlaza con demás signos convenidos, constituye una lengua, la cual es un sistema de signos, un producto social.

Por lo tanto, la esencia del signo consiste en ser una representación, en no ser por sí mismo pues es la elaboración de un sujeto, y en ser la base de la lengua y por tanto, de la cultura, pues, según Gilberto Giménez, “la cultura es la organización social de significados, interiorizada en forma relativamente estable por los sujetos que los comparten y objetivados en formas simbólicas, todo ello en contextos específicos y socialmente estructurados”.

El concierto 

Berger y Luckman, en La construcción social de la realidad, plantean que la realidad se construye socialmente, es decir, ciertos conocimientos se establecen como verdades, se convierten socialmente en fenómenos independientes de nuestra voluntad. Los procesos de cómo esto se efectúa es tarea de una sociología del conocimiento replanteada por los autores, siendo el campo de esta disciplina específicamente el de la vida cotidiana.

El mundo es una multiplicidad de realidades pero la realidad de la cotidianidad es la suprema debido a su extensa y necesaria presencia, su magnitud e inmediatez la vuelven el fundamento de las demás. Es por ello que esta realidad influye tan en el individuo que condiciona su cosmovisión con la concepción relativo-natural del mundo de la sociedad, como destacaba Max Scheler.

Pero esta realidad cotidiana es intersubjetiva, es compartida con los demás individuos, por lo que la sociedad es facticidad objetiva y significado subjetivo es decir, es un fundamento objetivo colectivo para las interpretaciones subjetivas individuales que se hacen de ella.

El rol del lenguaje en todo esto es que es el medio que permite que la realidad sea un producto social. Para la conservación, aprehensión, ordenación, construcción y deformación de la realidad de la vida cotidiana, el lenguaje. ¿Y por qué ha de acontecer esto? Porque el lenguaje objetiva toda expresividad humana, porque con él “se inyecta” subjetividad al mundo al ser aquél la forma de cómo aprehender a éste. Es decir, el lenguaje permite significar, por lo que orienta en el mundo.

Para Berger y Luckman la situación cara cara entre los individuos es primordial pues en ella surge un intercambio continuo de subjetividades, las aproxima y permite un muto conocimiento, lo que las vuelve más reales, es decir las adosa con la realidad. Por ello los autores destacan la expresión oral del lenguaje, siendo que hasta lo definen como “un sistema de signos vocales”, como el sistema sígnico más relevante de la sociedad por su capacidad de hacer realidad, ¿Y cómo la hace? Mediante su separatividad, cualidad que permite al lenguaje trascender tiempo y espacio para ser un depósito de conocimiento, de objetivaciones, es decir, la separatividad, la cual “radica en su capacidad de comunicar significados que no son expresiones directas de subjetividad ‘aquí y ahora’”, permite al lenguaje presentar para significar.

De consiguiente, el lenguaje es un depósito presente del pasado sin fronteras semánticas. Las zonas limitas de significado son aquellas realidades con significados y modos de experiencia determinados, tales como las del arte, la ciencia, la religión… En ellas se experimenta y significa circunscritamente.

Signo y símbolo. Berger y Luckman señalan una distinción entre ellos: un signo es una objetivación que sirve exclusivamente a la orientación de significados subjetivos, mientras que un símbolo es aquel que cruza realidades sin salir de ninguna, aquel que, estando en una zona semántica, se refiere a otra. El signo es, pues orientador y el símbolo, conector; el primero objetiva y el otro referencia.

Concluyendo, el lenguaje es un sistema de signos que erige representaciones simbólicas en la construcción de la realidad. El lenguaje es el medio coercitivo de la realidad cotidiana que orienta y ubica a los individuos, el medio que, por su separatividad, trasciende espacio, tiempo y realidades para presentar y significar, el medio que ordena las objetivaciones de la realidad cotidiana, el medio por el que la subjetividad se imprime y se aprehende, es el depósito de conocimientos de la humanidad. El lenguaje permite que la realidad se construya socialmente.


Imagen: http://www.rojosiena.com/revista/oscar-vergara-4-ilustraciones

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