Rafaelo II. El desperdicio del tiempo

por Guillermo Alvarado

 

Rafaelo insistió tanto, en verdad se esforzó en ser exasperante con su voz chillona, no paraba de saltar y decirme lo mismo una y otra vez y al final le resultó su plan. Es increíble como siendo tan sólo un conejo pequeño de apariencia adorable y felpuda, al que nunca pensarías maltratar, termina siendo un ser odioso, irritante y ciertamente convincente, por suerte me considero de carácter tranquilo y de gran paciencia y además está el hecho de que Rafaelo es intangible, así que no podía hacerle nada, salvo seguir sus consejos o enloquecer, lo que ocurriera primero.

Al autoproclamarse mi nuevo Asesor en Administración del Tiempo Libre y conforme nos adaptábamos a la extraña dinámica que tendríamos en casa, Rafaelo sugirió primeramente un diagnostico de mi vida actual, un repaso general, tomando en cuenta mi soltería y mi apatía a intentar cosas nuevas, mis vicios viejos y nuevos, mis gustos y mis gastos, etc. parecía que en verdad sabía de lo que hablaba, o al menos eso aparentaba.

Una mañana, al entrar al baño, me encontré con la peculiaridad que Rafaelo había “trabajado” por la noche, y decidió comenzar por el baño, lo dejó limpio, en el más estricto uso de la palabra, Rafaelo había “tirado” todo producto de higiene y cuidado personal, tal cual, desechó todo lo que uso o mejor dicho usaba, como si se tratase de una broma de mal gusto, decidió dejar el baño como nuevo, como cuando me entregaron el departamento, solamente con la regadera y lavabo, incluso la cortina de baño y el tapete fue removido, lo cual con previo aviso quizás lo hubiese considerado, pero Rafaelo se deshizo de todo un lunes por la mañana, con la premisa de que “para ser alguien nuevo, primero tienes que deshacerte de lo que te hace viejo” mi reacción de incertidumbre pareció no importarle o no interesarle, tuve que remojarme en agua tibia, sin shampoo, sin jabón, sin desodorante, sin crema de afeitar, sin humectante, sin pasta dental, sin talco, sin lociones, sin fijador para el cabello, sin nada de eso; finalmente salí a la calle habiéndome bañado con jabón para trastes, esperando no sudar ni apestar, peinado con jugo de limón y con un poco de bicarbonato en las axilas, corriendo a tomar el metro y llegar a tiempo al trabajo, a tiempo para que me contaran sólo un retardo y no me descontaran el día entero.

A mi regreso Rafaelo me estaba esperando justo al centro de la puerta, en su cara se adivinaba seriedad, su nariz diminuta moviéndose frenéticamente, y una mirada inamovible, su actitud podría confundirse facilmente, podría estar enfadado o hambriento, pero no, él estaba enojado por mi llegada una hora y diez minutos más tarde de lo habitual, le reclamé que de no haber llegado tarde por su culpa, no me hubiera visto obligado a pagar el tiempo que le había “hecho perder a la empresa” según palabras de mi supervisora regional, pero para Rafaelo el tiempo que no estaba aprovechando correctamente para mi sano y bien conducido esparcimiento, también era un tiempo perdido y necesitaba pagárselo divirtiéndome.

Por lo tanto, me castigó, la amonestación era simple: tenía que ver por lo menos tres episodios de alguna serie nueva, me dió a escoger de entre nueve títulos de nuevas series elegidos personalmente por él de acuerdo a mis gustos. Nos sentamos en el único sillón de mi sala, prendimos la tv y nos acompañamos con un par de cervezas y palomitas de maíz, después de aproximadamente dos horas y media, mi castigo había terminado y Rafaelo se había quedado dormido, nunca imagine que un espíritu también tuviese necesidad de descansar ¿con qué soñarán los espíritus? ¿con qué soñarán los espíritus de los conejos?.

Confieso tener algo de ansiedad, Rafaelo, se ha empeñado en llevarme a conocer personas, o como el lo dice a “ampliar mi círculo social”, ha fijado la fecha, este viernes saldremos a beber a algún bar, dice que lo mas importante es proyectar una “buena actitud” presiento que terminará mal. El miércoles cuando me daba a elegir el lugar a dónde ir, le expresé mi inconformidad, esta vez no fue exasperante, quizás vio mi ansiedad o quizás solo quería demonstrar su punto de vista, dio un salto en el aire y cayó en mi cabeza, entró en mi cuerpo y por unos momentos experimenté un terror atroz, pues mis ojos veían como mi cuerpo se movía, pero no controlaba ninguno de esos movimientos, di unos pasos y tomé un vaso con agua que estaba cerca, entonces escuché la voz de Rafaelo tratando de tranquilizarme, saltó fuera de mi y se posó en la mesa, “iremos” me dijo tranquilamente, “será por tu bien” era una amenaza afable, una sugerencia obligatoria, por así decirlo.

Rafaelo desapareció, a menudo hace eso, y me da tiempo para reflexionar, quizás con su ayuda, con su control de la situación, control en un muy amplio sentido, Rafaelo en verdad podría ayudarme a relacionarme, con mas soltura, y vencer mi ansiedad social. O quizás empeorarla.

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