Quijotismo

Por Dante Noguez

En este texto trataré brevemente sobre el ensayo de título homónimo escrito por Simon Leys, el famoso crítico literario y sinólogo que murió hace apenas tres años. El Sr. Leys, en su colección de ensayos titulado The Hall of Uselessness (título que de hecho tiene un origen bastante interesante, así que recomiendo a mis lectores investigarlo), escribió lo siguiente:

«We tend to forget that until recently most literary masterpieces were designed as popular entertainment. From Rabelais, Shakespeare and Molière in the classical age, down to the literary giants of the nineteenth century—Balzac, Dumas, Hugo, Dickens, Thackeray—the main concern of the great literary creators was not so much to win the approval of the sophisticated connoisseurs (which, after all, is still a relatively easy trick) as to touch the man in the street, to make him laugh, to make him cry, which is a much more difficult task».

Cuando leí este fragmento, me recordó por qué se dice que Shakespeare no le llega ni a los talones a Cervantes. Mientras que Shakespeare es todo magia, fantasmas, brujas, magos, hechizos, profecías y, en fin, circo para el vulgo, Cervantes, por otro lado, y durante todas sus obras, no hace otra cosa que burlarse de los más mediocres e ignorantes. Los locos de quienes hace uso para ilustrar sus historias, muestran de manera bastante graciosa las patologías de los idealistas. El Quijote, por ejemplo, no es un elogio al idealismo —como los críticos a quienes alude Simon Leys en su ensayo creen—, sino que es, en cambio, una sátira del idealismo: es una enérgica crítica a quienes adoptan posturas idealistas y escapistas. En la obra de Cervantes fallan miserablemente aquellos que no son capaces de adaptarse a los criterios racionales de la realidad.

Como ya mencioné anteriormente, Leys no se muestra muy partidario de Cervantes, pues los cuatro críticos literarios que cita en su texto hicieron una lectura bastante opuesta al autor —aunque también, de manera muy rara y como ya iré explicando, es al mismo tiempo una postura que tiende a ensalzar al personaje don Quijote—. Primero llega a citar al pobre infortunado de Nabokov —de quien incluso Eichmann llegó a decir que era repugnante—. Nabokov se enamoró de don Quijote y odió a Cervantes por haber sido tan cruel con él:

[Don Quixote] has ridden for three hundred and fifty years through the jungles and tundras of human thought—and he has gained in vitality and stature. We do not laugh at him any longer. His blazon is pity, his banner is beauty. He stands for everything that is gentle, forlorn, pure, unselfish, and gallant.

Nótese la jerga idealista y romántica de Nabokov. El tontuelo de Nabokov nunca se dio cuenta de que todo era una burla, de que el libro fue escrito para insultar a los pobres hombres insuficientemente provistos por Minerva. Muy probablemente al ruso le gustaba Shakespeare.

El texto continúa con las chorradas de otros críticos que solo proyectaron sus traumas personales e ilusiones en el libro y lo tergivesaron a su conveniencia: Montherlant, Unamuno y van Doren. Un análisis bastante pobre si es que se espera objetividad del crítico literario. La crítica y el análisis literario, por difícil que les sea entender, no consiste en hacer de los escritores una fulana que todos pueden maniatar a su conveniencia, sino de, como dice Chesterton, llevar al público aquella idea que el autor tenía en mente pero no comunicó explícitamente en el texto.

Resulta, pues, curioso que estos cuatro ingenuos se hayan enamorado del presunto heroísmo de don Quijote y hayan repudiado la violencia de Cervantes, pues sus juicios, más que decir algo esclarecedor sobre el genio español, nos hace que descubramos de qué pie cojean.

Al respecto, cito un prudente fragmento de Leys:

«What infuriates the critics of Cervantes is precisely the main strength of his art: the secret of its lifelikeness. Flaubert (who, by the way, worshipped Don Quixote) said that a great writer should stand in his novel like God in his creation. He created everything and yet is nowhere to be seen, nowhere to be heard. He is everywhere and yet invisible, silent, seemingly absent and indifferent».

Y quizá no haya sido tanto el realismo de Cervantes lo que les molestó, sino el recuerdo de cómo una realidad que opera racionalmente es incompatible con los beatos e ilusos.

Lo bueno de leer a Leys es que se aprende bastante porque ha leído bastante, pero, tristemente, no se tomó la molestia de leer a Cervantes antes de hablar de él: llega a escribir, en el mismo texto, que sus demás obras son bastante dispensables, y que Cervantes estaba anclado en el misticismo católico. Cito textualmente: “Cervantes’s masterpiece is anchored in Christianity—more specifically, in Spanish Catholicism, with its strong mystical drive”. Pues vaya burrada que solo confirma que jamás leyó otra cosa de Cervantes que no haya sido El Quijote (si acaso), pues si hubiera leído las novelas ejemplares se daría cuenta de cuán alejado estaba de los círculos devotos y cuán cercano estuvo al ateísmo (era tan ateo como se podía ser en 1613, junto con Benito de Espinosa —quien, de hecho, tenía en su biblioteca personal un ejemplar del libro que mencioné—).


Imagen de Salvador Dalí para El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

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