Que lo que ya no te sirve, que tampoco te estorbe. ¡SIGUIENTE!

Por María Fosado

En casa solíamos acumular cajas llenas de cosas que alguna vez utilizamos y siempre teníamos un cuarto especial para todo eso.

Mi madre guardaba todas las libretas que utilicé durante mis años de educación, sí, desde el jardín de niños. En la universidad gastaba menos porque sólo hacía apuntes en carpetas y ya no llevaba la mochila de rueditas de la primaria o el uniforme escolar que para algunos era horrible pero para mí no tanto -o la verdad es que sí pero en realidad no me importaba-.

En fin, ya se podrán imaginar un cuarto lleno de cajas con cuadernos, libros escolares y uniformes que dejé de usar. Un cuarto exclusivo para todo ello y además, también juguetes. Mi infancia en una habitación.

Después de muchos años de coleccionar tantas cosas, un buen día se le ocurrió a mi familia deshacerse de TODO. Como si en realidad nos fuésemos a mudar de casa.

Una decisión que nos llevó un mes para sacar todo aquello que ya no nos servía; cosas que estuvieron guardadas más de diez años y que jamás volvimos a utilizar.

Cuando comenzamos a abrir las cajas para saber su contenido y clasificarlo, encontramos papeles importantes, fotografías, cuadernos y sobre todo, desenterramos muchos recuerdos; ante eso soy sensible.

Cuando comenzamos a separar todo en bolsas de plástico, no podía creer cuánto habíamos acumulado y lo  más importante para mí, era saber qué íbamos a hacer con todo eso, ¿a dónde iba a terminar?, la verdad no pensábamos en tirarlo a la basura. Obviamente habían cosas que ya estaban destinadas a ser desechadas, pero ¿qué pasaría con todo lo demás que aún servía?.

Con todo lo que acontece en la actualidad, ya sabes, el calentamiento global, la pobreza extrema de los países en menor desarrollo, incluso sin ir muy lejos, los niños de la calle y de las comunidades marginadas… Pero claro, no todas las personas que viven en buenas condiciones e incluso con lujos y excesos, piensan en los menos afortunados; y luego son los mismos que se quejan de por qué el mundo está como está.

En fin, pocas personas nos preocupamos por los que menos tienen y también por el daño que hacemos al planeta al contaminarlo, ya sea directa o indirectamente.

Como en casa teníamos muchas cosas que jamás volveríamos a usar y sólo seguíamos acumulando, decidimos tomar conciencia y hacer de todo ello un mejor uso.

Los cuadernos que utilicé durante mi educación y que con el paso del tiempo terminaron guardadas en cajas, junto con libros escolares, decidí llevarlos a una recicladora de papel en vez de tirarlos a la basura y gracias a que actualmente el papel se puede reutilizar, ¿por qué no hacer de mis libros y cuadernos algo reutilizable? ¿no crees?
Durante mi adolescencia solía comprar revistas, de esas que te daban la “pócima mágica” para conquistar en 10 segundos  al niño que te gustaba y que en realidad era un sapo sin gracia. O esas revistas que te daban los 385 secretos para ser como la súper estrella del momento y que obvio nunca ibas a lograr tal perfección.

Y hablando de perfecciones, en lo personal no creo que existan, o como diría Sandra Bullock: “La belleza es silenciosa”.

Pues cuando me di cuenta de que había gastado mis ahorros en comprar revistas que terminaron olvidadas en un cajón, decidí que era tiempo de mandarlas también a la recicladora.

No es como que diga que toda revista que compro termine destruida, sino que esas revistas jamás las volví a leer y sólo permanecieron olvidadas. Tampoco las quería echar a la basura porque éstas representaban mi dinero, simplemente preferí darles un mejor uso.

También tenía una montaña de juguetes que representaban parte importante de mi infancia y que si me preguntan con cuántos de éstos volví a jugar en los últimos meses, la respuesta sería que con ninguno.

Frente a mis ojos tenía la película de mi infancia, recuerdos de todas esas veces que de pequeña solía a jugar a las  muñecas, la comida y que ahora estaban en un rincón. Todos los juguetes que el supuesto Santa Claus y los Reyes Magos me habían regalado y también los que me dieron en mi cumpleaños.

Y lo único que me preguntaba era: ¿ahora qué voy a hacer con todo esto? tampoco podían ir a la basura y menos ser destruidos.

Así que pensé en los niños de los orfanatos y de las comunidades pobres, no como si sintiera “lástima” por ellos, sino porque soy consciente de que debía ser agradecida por lo que mis padres me habían dado y que no todo niño en el mundo era afortunado de tener lo que yo tenía.

Esos juguetes también tendrían un mejor uso, los hemos regalado a los orfanatos y a las iglesias para los niños menos afortunados.

¿Qué aprendí de todo esto? pues que definitivamente lo que ya no te sirve, que tampoco te estorbe y dar un mejor uso a lo que ya no utilizas.

Así como mi historia, tú también puedes contribuir a hacer cosas buenas por el mundo.

Tal vez no tenemos en estos momentos la posibilidad de visitar a los países pobres para llevarles alimento personalmente o incluso adoptar a los niños de otros países como lo hacen las grandes celebridades; pero sí  podemos hacer cambios en nuestro país.

Existen asociaciones sin fines de lucro que se dedican a recolectar ropa, juguetes y todo aquello que ya no nos sirve pero que seguramente sí le servirán a alguien más.

Puedes buscar asociaciones cerca de tu ciudad que reciban donaciones, incluso las escuelas e iglesias lo hacen.

Si puedes ayudar a mejorar al planeta, tu país, ciudad o comunidad ¡AYUDA, DONA Y RECICLA!

La vida se encargará de recompensarte por tus buenas acciones.


Imagen de: https://www.flickr.com/photos/dimitricastrique/

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